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Stefan Zweig es uno de mis autores favoritos. He leído con fruición sus excelentes biografías, que me han servido para viajar en el tiempo y trasladarme a épocas pretéritas. A través del personaje biografiado, Zweig recrea una determinada situación político social. Esto lo hace con absoluta maestría en “El mundo de ayer”. Utilizando sus propias vivencias como hilo conductor, Zweig retrata el fin de una época y los inicios de otra. Todo cuanto conoció en su despreocupada juventud dio un giro radical con la Gran Guerra. Se desmembraron imperios y eso conllevó un cambio sustancial de las convenciones más elementales. Conviene releerlo de vez en cuando para comprender mejor lo que nos está pasando ahora.
En este primer cuarto de siglo del tercer milenio asistimos a cambios vertiginosos desde los atentados contra las Torres gemelas. Un rosario de conflictos bélicos van jalonando sus lustros. Una pandemia supuso un paréntesis en esa vorágine del que no aprendimos absolutamente nada. En lugar de haber echado el freno, hemos apretado el acelerador hacia ninguna parte. La brecha generacional que se ha dado siempre, alcanza unas cotas desconocidas. Las generaciones más veteranas tienen una percepción de la realidad más pausada. Todavía leen prensa escrita y escuchan la radio para informarse. Los más bisoños van asomándose al mundo a través de Tik-Tok y ni siquiera se molestan en mirar a su alrededor.
Las relaciones personales han experimentado una transformación inaudita. Preferimos comunicarnos con telegramas instantáneos, en lugar de hablar telefónicamente o quedar para compartir una sobremesa. Charlar paseando y mantener una deliciosa tertulia son cosas que se cultivan cada vez menos. Por las calles y en los transportes públicos, la mayoría va mirando su móvil sin reparar en lo que sucede alrededor. Alguien puede morirse a sus pies o requerir algún auxilio en medio de la más absoluta indiferencia. La mala educación y una muy desagradable falta de respeto cunden por doquier, sobre todo en los grandes núcleos urbanos, donde por cierto las extremas desigualdades generan un ambiente más inseguro.
Cuánto mejoraría nuestro modo de vivir el cambiar de costumbres y dedicar más tiempo a las cosas que realmente importan, en vez de perderlo con distracciones inútiles que nos impiden pensar por nuestra cuenta, formarnos un criterio propio y desplegar nuestra imaginación charlando con los demás, escuchando atentamente lo que nos dicen antes de mantener absurdos monólogos cruzados. Necesitamos desintoxicarnos de nuestras múltiples adiciones digitales, tomarnos un respiro y disfrutar las amistades, relacionándonos con la gente como si fueran personas y no estorbos a los que ignorar o despreciar.
Estas reflexiones me las ha sugerido una deliciosa representación que he visto esta semana en la Staatsoper de Berlín y recomiendo vivamente. Su estreno tuvo lugar en 1935, pero a Hitler y Goebbels no les gustó, lo que la condenó al ostracismo y lo cierto es que no se ha representado en muchas ocasiones. El compositor es nada menos que Richard Strauss y el texto se debe al gran Stefan Zweig. El célebre novelista se inspira en una obra de teatro inglesa titulada “La mujer silenciosa”. Tiene tres actos y dura casi cuatro horas, que se pasan volando. La puesta en escena es un acierto, los intérpretes lo bordan y el tema es inmortal. Se nos habla de la soledad y los modos de afrontarla sobre todo en la vejez.
Aquí Zweig nos habla del mundo de ayer y de pasado mañana, con unos cautivadores e ingeniosos diálogos cantados. La obra no tiene desperdicio y resulta muy instructiva para una sociedad que parece olvidar lo que da sentido a la vida, el sentirnos acompañados y comprendidos por quienes nos rodean. Estamos aislándonos cada vez más y nos perdemos compartir nuestras alegrías o tristezas, como si esto no fuese la vida misma. No se pierdan esta ópera por favor. Es muy divertida y encima da que pensar.




