jueves. 18.04.2024
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Fran Nieto | 

Es muy triste encarar la reseña de este nuevo álbum de Mortadelo y Filemón a sabiendas de que Francisco Ibáñez falleció el pasado 15 de julio a la edad de 87 años. No vamos a detenernos en elogios hacia su persona y su obra porque todos saben de su maestría a la hora de haber divertido a generaciones y generaciones de lectores que disfrutaron de lo lindo de sus viñetas y por ende de las locas aventuras de los personajes que alumbró.

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Francisco Ibáñez

Su última historieta abraza como otras muchas publicadas un evento deportivo de próxima celebración. Nos referimos al Mundial de Baloncesto que tendrá lugar conjuntamente en Filipinas, Japón e Indonesia entre el 25 de agosto y el 10 de septiembre de este mismo año.

A lo largo de toda su trayectoria Ibáñez se ocupó de Olimpiadas, Mundiales de fútbol, pruebas de fórmula 1, deportes extremos, y también de dos mundiales del deporte de la canasta: el de 2019, en el que por cierto la selección española ganó contra pronóstico la medalla de oro, y el que ahora nos ocupa.

De entrada vale la pena advertir que nuestros agentes preferidos no van a viajar mucho, ya que estamos ante una aventura bastante de estar por casa. Sí que es cierto que el caso ocurre en el ámbito baloncestísitico, y que la excusa perfecta es el evento venidero, pero la acción se centra en los entrenos previos al viaje de la selección y en algún guiño a uno de los países organizadores, que anda por aquí jugando algunos partidos de exhibición, y por supuesto también se verán envueltos en el desastre general garantizado. Aquí el asunto se centra en un misterioso suceso en el que los jugadores de baloncesto, altos como espigas, van encogiéndose quedando en posición enana. Mortadelo y Filemón deberán investigar qué oscura trama hay detrás de ese fenómeno contra natura, y por supuesto sus pesquisas vendrán acompañadas de multitud de equívocos, mamporros mil y chistes en plan ametralladora que seguro nos harán soltar más de una carcajada.

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Salvando las distancias, a quien esto escribe le ha recordado en algunos pasajes a la irrepetible y maravillosa película El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), sobre todo en aquellos momentos en los que algunos de los personajes afectados por el achicamiento se las ven y se las desean para poder esconderse y no ser chafados por los que todavía mantienen su tamaño normal. También en las primeras diez u once páginas del cómic uno de los protagonistas sufre la misma suerte, lo que da pie a algunos de los instantes más descacharrantes en los que será machacado, golpeado, triturado e incluso planchado. Y por supuesto por allí andará el siempre imprevisible Doctor Bacterio para acabar de desarreglar el desaguisado.

No nos vamos a engañar: la aventura se nos queda muy corta. Vas entrando en calor y cuando te das cuenta el álbum toca a su fin. El ritmo es tan frenético y los distintos tomas y dacas son tan trepidantes y delirantes que su lectura pasa en un suspiro. La mala suerte es que a partir de ahora nos vamos a tener que conformar con ir revisando de vez en cuando la vasta obra de un autor al que vamos a echar mucho de menos. Eso, o que vuelvan a aparecer algunos autores apócrifos (con prácticas editoriales menos inquisitoriales que las que se solían llevar a cabo en épocas pasadas) se atrevan a poner en marcha nuevos tomos. Sería un buen homenaje y además ahora mismo necesitamos de voces irreverentes que nos alejen un poco del conformismo imperante y del miedo a decir algo que pueda molestar a unos u otros.

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