domingo. 03.03.2024

A mi corta edad me era difícil comprender la complejidad de la situación que vivía, porque en ese preciso instante parecía que mi mente solo me invitaba a soñar y a jugar, en un mundo que parecía tan real como ficticio que ya no lograba distinguir mi propia realidad.

En ciertos días lloraba, por caídas, golpes y rasguños causados por mí poca prudencia y cuidado, en otros era por los regaños, castigos y maltratos en el hogar; eran esas lágrimas las que más dolían, porque se sentían plenamente en el alma y alimentaba mi irá, mi dolor y sed de desquite.

Parecía realmente absurdo, porque, qué podría hacer una mocosa larguirucha, débil e indefensa como yo, si mis armas más letales eran la muñeca de trapo que me hice para tener con que jugar y mi llanto ruidoso e incómodo para los de mi alrededor. Estaba plenamente pérdida mi causa.

Con total convencimiento, me atrevería a decir que eso construyo a mí yo del presente; una mujer desconfiada, pero fuerte, callada, más siempre pensante, joven y aun así madura, con muchas ansias de libertad.

Capítulo 1: introducción a mi vida.

Marzo 17 del 1987, Rouse, mi más fiel amiga de la infancia llegó con su Barbie Malibú nueva, se encontraba muy feliz por su regalo del día del niño(a) y me convidó a jugar. No sabía si sacar mi juguete, porque me daba pena que se burlara de mí o que decidiera no juntarse más conmigo al verle el aspecto de mi muñeca. Al final de tanta insistencia de su parte, tomé impulso y entre mi ropa la saqué. Tenía más remiendos que Frankenstein y más colores que un arcoíris.

Cuando Rouse la vio, soltó una carcajada fuerte que me hizo sentir un apretón en lo más profundo de mi ser, ya que pensaba que se burlaba de mí, y eso dolía suponerlo. Me di la espalda, apreté la muñeca a mi pecho y dejé caer un par de lágrimas de decepción. En breve sentí como mi amiga me abrazaba desde el espaldar con mucha fuerza y de repente dijo: “muy divertida tu muñeca, ¿dónde la compraste? Quiero una”.

Sin dudarlo me ofrecí a hacerle una para su pronto cumpleaños. Al terminar la frase, no dio tiempo de que ella me respondiera cuando entro ese señor de mal aspecto, con pasos débiles, ojos rojos y un tono altanero, a gritarme que saliera de la habitación, porque él iba a dormir. Y solo se me ocurrió responder: ya me voy papi.

Salimos de rapidez y Rouse me invitó a jugar a su casa. Me fui sin pedir permiso para evitar ver a mi padre en su estado actual, me daba miedo; miedo a que me golpeara como la última vez o me echará nuevamente la culpa de la muerte de madre en mi parto. O, simplemente que no me dejará salir.

Caminamos rápido hasta la casa de mi amiga y nos entramos a su cuarto a jugar. Fue tanta nuestra diversión que se me pasó la hora en que pretendía regresar a mi casa. Cuando escuché los fuertes gritos del borracho de mi padre discutiendo con la mamá de Rouse, porque su hija supuestamente me estaba acostumbrando a ser callejera. Acusación que a la señora Milena no le gustó, así que me llamo y delante de mí le prohibió a su hija juntarse conmigo.

Ambas, al escuchar esa mala noticias, gritamos: ¡no queremos!

Milena: ya está decidido, no andarán más juntas, porque a mi hija no la tratarán mal.

Mientras mi padre me arrastraba fuertemente del brazo no podía dejar de mirar a Rouse y se crecían mis ganas de soltarme y salir corriendo a abrazarla, ayudarla a qué no llorara por nosotras, porque de alguna manera nos veríamos.

Al llegar a casa de un tirón me hizo caer al suelo sin ninguna compasión, no importaba cuál llanto fuerte desprendiera de mí, para él simplemente debía aprender una lección a punta de golpes e insultos.

Le dije que no volvería a salir sin autorización y eso no importó, él se limitó a decir que era lo peor que le pasaba en la vida, mientras sus puños daban a mi cuerpo.

¡No le pegues más, la matarás a golpes! Gritó una vecina que al llegar vio mi desgracia. Sin vacilar se lanzó hacia mí y me abrazo, y justo allí pensé que por esa vez me había salvado de un final aún más triste del que vivía.

La vecina Dirley decidió llamar a la policía y comentarle lo sucedido. Mi padre al verse acusado decidió subir a la habitación, tomar unas cosas y huir. Mientras, yo aún seguía derramando lágrimas y deseando que todo fuese diferente.

No había un día en que no quisiera tener a mi madre conmigo, que me consintiera y protegiera del mal que vivía, que a veces deseaba haber ocupado su lugar el día en que nací. No alcancé a conocerla, pero por comentarios de muchos vecinos, en especial la Sra. Dirley, logré saber que era una gran mujer, fuerte, optimista, alegre, cariñosa y noble, todo lo contrario a mi padre. Supe que ellos dos se casaron y vivían muy felices, según versiones de la gente, la dulzura de ella había opacado la insensibilidad, crueldad y vastedad de mi padre. En verdad, ellos se amaban, se apoyaban en el bar que sacaron a flote juntos y el cual se había convertido en su cantina personalizada al fallecer mi madre con mi parto.

Luego de esa tragedia, una tía materna llamada Carmín me cuidó y me crío hasta los 13 años, porque justo 2 días después de mi cumpleaños le tocó irse de la ciudad hacia otro país llamado Sinaí a trabajar, ella es psicóloga. En eso, entonces, empezó mi lucha por supervivencia.

Me imagino que se estarán preguntando, ¿Quién soy yo? Y ¿Qué edad tengo? Pues resulta difícil creer que una niña logrará entender la situación que vivía con mi padre, ser consiente de tantos problemas y desear la “muerte” a cambio de la existencia de su madre. Y, sí, tienen razón, es difícil para una joven a esa edad comprender todo eso. Ahora sí, me presento, soy Katie Slate, actualmente tengo 30 años y está es mi historia de vida.

Cuando joven mi tía Carmín me inculcó el hábito de la lectura y me tenía matriculada en un buen colegio llamado instituto franciscano en el que aprendía mucho y siempre ocupaba el primer lugar, hecho por el cual mis compañeras me hacían bullying, además de mi aspecto físico poco atractivo para muchas personas. Era delgada, con 1.70 cm de estatura, estaba llena de pecas, tenía el cabello corto y crespo, ojos grandes y nariz añatada.

Recuerdo que era muy tímida para hacer amistades, por eso me la pasaba sola hasta que un día por equivocación tropecé a Rouse por ir caminando mirando hacia el suelo por timidez a los demás. No me atrevía a mirarle a la cara, solo me limité a disculparme más de 10 veces porque realmente estaba apena con ella, pero ella de una forma muy tranquila y sonriente me dijo que no había pasado nada, que estuviese tranquila. Logré levantar la mirada y ahí estaba ella riéndose de mí por mi forma extraña y exagerada de disculparme.

A pocos segundos de eso, se presentó.

Rouse: mucho gusto, mi nombre es Rouse, ¿y el tuyo?

Me llamo Katie Slate, respondí.

Rouse: bonito nombre, pero te diré Kat. ¿En qué grado estás?

Katie: en 6to, ¿y tú?

Rouse: estoy en 8vo, ¿cuántos años tienes?

Katie: tengo 11 años, ¿y tú?

Rouse: tengo 13 años.

En ese instante, se despidió y me dijo para vernos algún día para jugar. Le quise pedir su número, dirección de casa o algo para encontrarla, pero mi pena no me lo permitió. Justo ahí se apagó la ilusión de volverla a ver, porque sería muy complicado que por casualidad nos volviéramos a tropezar como en ese día.

El día siguiente, mi padre me mandó a la tienda a comprarle unos cigarrillos, tenía tanta pereza de ir, pero sabía que si no lo hacía probablemente me pegaría. Al llegar, la vi, era ella, era Katie. No sabía si acercármele y saludarla o solo quedarme mirándola.

Cuando el tiendero me dijo: ¿Qué necesitas? De repente ella miró hacía donde estaba y me sonrió, yo reaccioné de la misma forma y esperé a que se me acercara.

Katie: ¡qué casualidad! ¿Vives cerca?

Rouse: sí, ¿y tú?

Katie: también, ¿quieres ir a mi casa?

Moría de ganas por conocer su casa, pero sabía que, si me demoraba más, mi padre podría venir por mí y si no me ve, se enojaría mucho.

Así que, lo más razonable que encontré fue decir: “no puedo, tengo mucha tarea pendiente”

Le pedí su número de teléfono y me fui.

El día siguiente de camino al colegio en compañía de mi tía Carmín, la vi junto a su madre en un carro lujoso marca matuord, mientras a mí me tocaba coger el autobús.

Deseaba tanto llegar al tiempo con ella para poder hablarle, y lo logré.

Mantuve una conversación cercana con Rouse durante varias semanas hasta volverme su mejor amiga. Andábamos siempre juntas y ella me ayudaba a defenderme del bullying de los demás.

Capítulo 2: Adiós Katie

Efectivamente, duré toda una semana sin volver a ver a Katie, mis problemas se habían empeorado con la huida de mi padre, ya que me internaron en un orfanato y cada vez me hacían más bullying en el colegio, hasta tal punto, en qué decidí no ir más.

Todos los días a eso de las 6 am, cuando me mandaban para el colegio, decidía irme a una casa abandonada que veía de camino al instituto, me acostaba en el suelo, miraba para el techo e intentaba imaginar una vida diferente; era realmente una buena estrategia del cerebro para mantenerme en equilibrio.

A cierto punto quisiera detenerme, porque no aguanto más, pero es en vano este mi esfuerzo. Quisiera dormir un sueño eterno y así no pensar, o tal vez, perder la razón y caer en el vacío de la locura; mi única amiga. Ahora mismo, una sola palabra recoge mi sentir: impotencia, que me mantiene en esta oscuridad existencial, convertida en mi cárcel eterna. Pensando que cruel suele ser la vida en ocasiones, y yo tan débil, permitiéndome caer en este coraje que me entorpece mis sentidos y me hace suplicar piedad de mí.

Retornar día tras día al mismo lugar, a la misma rutina, se volvía deprimente. Sentir como me abrazaba la soledad tan fría y asfixiante me hacía buscar con locura un cambio, no podía dejarme morir así; siendo nadie, no teniendo a nadie y sufriendo por un don nadie.

En ese preciso momento, decidí confesar a las hermanas del orfanato mis escapadas del colegio, aún sabiendo del castigo que recibiría (tres meses lavando el plato de los 105 niños resguardados en ese, mi nuevo hogar).

Regresé al colegio y aun cuando todo se volvía difícil entre el bullying y mis necesidades básicas, decidí estudiar con dedicación, una y otra vez repasar los temas que daba, aprender nuevas habilidades: tocar piano, bailar danza moderna, aprender una segunda lengua y escribir libros.

A mis 18 años cumplidos, busque empleo en una editorial Colombiana llamada ramé, empecé escribiendo la columna de historias cortas, luego complemente con poesía y así poco a poco me fui preparando para sacar mi primer libro. Algo realmente difícil, porque no supe cómo hacer conectar a los lectores cómo mi pensamiento, por lo que no tuvo muy buena acogida.

Pero, con el tiempo me fui haciendo reconocer de buena manera, hasta este mi actual libro en delatar mis recuerdos más profundos, en “mi historia de vida “.

Biografía.

Ana Gabriela Banquez Maturana es administradora industrial de la Universidad de Cartagena, con experiencia en control de calidad estadístico y consultorías académicas de pregrado, como también árbitro experta en International Journal of Lean Six Sigma y autora de artículos científicos con indexación múltiple (DOAJ, Dialnet, Google académico, biblioteca de Stanford...), y obra literaria (Amazon, booktopia y otros), y participa en varios encuentros literarios a nivel nacional e internacional (Rumanía, México, Perú, Colombia, etc.).Redes sociales y contacto.Facebook: Ana Gabriela Banquez Maturana.Instagram: @rame_maturana

Mi historia de vida