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Aleix Sales | @Aleix_Sales
A la hora de concebir una secuela es siempre bueno no acomodarse y que su existencia aporte algo, más que la necesidad de estirar el chicle a base de una repetición de la jugada sin ningún elemento diferenciador de su predecesora. En este sentido, M3GAN 2.0 no pone el piloto automático y hace un esfuerzo para escribir un párrafo nuevo, en lugar de continuar con la misma frase. Hace 2 años y medio, M3GAN supuso un pequeño soplo de aire que mutó en un hitazo para la compañía Blumhouse, al efectuar una revisión del espíritu de Muñeco Diabólico (Tom Holland, 1988), asimismo siendo la paradigmática temática de la creación rebelada contra su creador, adaptada a los tiempos de una hegemonía tecnológica que va ganando terreno a la fuerza de los humanos. Parte de su éxito correspondió a una estupenda campaña de marketing que luego se cumplía con un film disfrutón, deliciosamente malévolo, que entregaba más de un momento icónico a base de bailes y cantos.
Ahora, en esta segunda entrega quedan parte de estos elementos que conformaron la M3GAN original, pero salpicado por el mantra del “más es más” que parece que tiene que imperar en toda continuación con más presupuesto. En este afán de no querer caer en lo mismo, la película se aleja del género terrorífico para abrazar la ciencia-ficción revestida de acción. Como una captura del momento paranoico actual de la tecnología como arma de guerra y la inteligencia artificial como potente amenaza dependiendo de su uso, M3GAN 2.0 lleva el universo a una suerte de Teminator 2: el juicio final (James Cameron, 1991) e incluso Terminator 3: la rebelión de las máquinas (Jonathan Mostow, 2003), pasando la muñeca original al lado de los buenos para luchar contra una criatura letalmente superior, perdiendo buena cantidad de su descaro y de los rasgos infantiles que la hicieron brillar.
Es de agradecer la voluntad de ofrecer un volumen distinto, pero el conjunto no resulta del todo bien hilvanado, cayendo en incoherencias y contagiándose de demasiados lugares comunes de otras propuestas que, sinceramente, resultan poco sorprendentes y argumentalmente ya dan síntomas de saturación. Es, precisamente, en la referencia al terror o en esas citas al mainstream comercial de acción de los 80 y 90 donde se respira más gracia porque se empapa de aquella despreocupación e insolencia que llevaron la primera a buen puerto. También le afecta la mala tendencia hollywoodiense al exceso de metraje y a esos clímax de más de media hora que abruman y dejan exhausto. En resumen, un loable intento de cambio de género ejecutado regularmente, relegando a su estrella a un rol menos lucido y con un desarrollo más largo y menos fluido. Nos puede molar ver a M3GAN como un sucedáneo de Ethan Hunt, pero donde está la esencia que verdaderamente amamos es cuando actúa como Chucky. Es entonces cuando surge la pregunta: ¿merecía la pena una secuela que quitara la semilla del éxito en favor de ofrecer una experiencia desemejante, pero menos satisfactoria? ¿De haber seguido enmarcándose en el mismo terror, había material sustancioso que contar sobre M3GAN para sostener una secuela? La respuesta os la dejo a vosotros.



