sábado. 02.03.2024
Javier Calderón (CulturPlaza)

Cristina Rosales García | @cristinagaros_

El pasado mayo, el autor alicantino Javier Calderón (Benidorm, 1995) publicaba su cuarto poemario Los cuartos por la noche, bajo el sello de la editorial independiente ‘ediciones en el mar’. Tras Ángulo muertoLos adioses del trigo, que le mereció el reconocimiento del XXIII Premio de Poesía Joven «Antonio Carvajal», y Variaciones de la espera, con el que consiguió el Premio Federico García Lorca en 2021, Calderón vuelve con este pequeño homenaje al (des)amor, entendido este como un esquema, amor/espacio-cuerpo-tiempo/muerte, cuyos extremos más que oponerse, se complementan. Aquí el amor y la muerte, así como todos los elementos que el ser amado y el ser amante experimentan, son sinónimos. Por otro lado, la doble articulación de la obra, bastante irregular en cuanto a extensión, da buena cuenta de la enorme calidad estilística del poeta, tanto en forma como en fondo. Finalmente, el cierre del libro corre a cargo de la poeta Paula Melchor que, con un precioso epílogo titulado «Iluminar los cuartos por la noche», narra cómo vivió desde fuera el proceso de creación de Los cuartos por la noche.

El poema que sirve como punto de partida, previo a esa doble articulación que mencionaba, se encuentra precedido por un verso de Louise Glück —«Una vez creí en ti; planté una higuera»—, de quien se distinguen reminiscencias en el lenguaje poético del autor. A partir de este poema, intitulado (como la mayoría de los que conforman el libro), el lector es capaz de intuir la profundidad temática que atraviesa las páginas del poemario, es decir, actúa como motor vital de este. Además, con este primer poema, Javier Calderón le otorga un sentido trascendental a la palabra, al tiempo y a la mirada del ser amado, que serán los temas más recurrentes en su poética.

Aquí el amor y la muerte, así como todos los elementos que el ser amado y el ser amante experimentan, son sinónimos

La primera sección, «Antes Después», la conforman tan solo siete poemas. En ellos, el tiempo y la espera se confunden, ¿dónde empieza uno? ¿Dónde acaba la otra? Los límites desaparecen, todo es líquido y nada puede atraparse con las manos, ni siquiera el ser amado, que yace tranquilamente tumbado junto al yo poético. La muerte atraviesa los versos igual que atraviesa los cuerpos igual que atraviesa el tiempo igual que atraviesa la espera. La muerte indica el final: de la infancia, del tiempo, de las primeras cosas, del paisaje, también del amor. Señala el poeta: «la muerte me define, me advierte del fin de las cosas, produce el / [tiempo que me invento / contigo, / la ansiedad por aprovecharlo todo, por hacer / que todo valga la pena porque, claro, todo se acaba porque / muero, / porque mueres».

En «Los cuartos», la segunda sección, el lector asiste a la pérdida progresiva del amor. Perdón, me corrijo: el lector asiste a la pérdida progresiva de la relación amorosa. El amor, sin embargo, sigue ahí, aunque poco a poco la rutina vaya ocupando los huecos del hogar compartido como la luz de la mañana que entra por la ventana del salón y avanza, impasible, hasta inundarlo al completo. Aquí la cotidianidad, lejos de ofrecer un espacio seguro en el que descansar, es un síntoma del paso del tiempo para el que no existe remedio. La distancia emocional acaba manifestándose, irremediablemente, en la distancia de los cuerpos que un día se amaron con urgencia —que es la forma en la que se aman los cuerpos cuando aún son un misterio para el otro—.

La cotidianidad, lejos de ofrecer un espacio seguro en el que descansar, es un síntoma del paso del tiempo para el que no existe remedio

¿Qué sucede cuando la distancia se instala entre los amantes? Que el lenguaje compartido desaparece, se olvidan primero los sustantivos, luego los adjetivos, dejan de existir los pronombres y se extinguen los verbos. El lenguaje de los amantes se convierte en una lengua muerta y en su lugar solo queda el silencio. Ese tipo de silencio que sobreviene cuando ya no hay nada nuevo que contar, o peor, cuando ya no interesa lo que contamos. El silencio hace que dos cuerpos que un día fueron uno desaparezcan, se acaben perdiendo en la memoria del otro. Dice Javier Calderón:

El humor también se degenera en la costumbre,
y eso es tierno.
Dejas el libro a un lado —¿estabas, entonces, leyendo
o has empezado hace poco?—
y te levantas a por el parchís o la baraja española.
Después de unas partidas en silencio,
con algún que otro quejido por hábito de convivencia,
tumbados en el sofá desordenadamente,
comprendemos que somos unos bárbaros y que esto no puede ser,
que no estamos en la edad, y todo esto y aquello,
y nos vamos a la cama sin darnos un beso,
y caemos dormidos hablando de la compra de mañana.

La luz, por cierto, la habías apagado.

Los cuartos por la noche es un intento de acortar esa distancia que los separa, aunque no lo consiga, aunque nada pueda salvar ya a los amantes de la muerte. Y lo único que sobreviva sea el amor que queda cuando la relación se acaba. El yo poético, aun siendo consciente del final de la misma forma que lo es el sujeto amado, necesita llenar esa espera de palabras en las que reconocerse y reconocer al otro una última vez.

Los cuartos por la noche (2023), de Javier Calderón