sábado. 24.02.2024
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La muerte ha obsesionado al ser humano desde su primer aliento consciente. Decir restos humanos en un yacimiento arqueológico es prácticamente igual a decir ritual de enterramiento; decir muerte es decir escalofrío, miedo, inseguridad; es buscar elementos conocidos que nos transfieran calma. Con lo muertos se encuentran los objetos con los que los vivos pretendían dar al muerto esa cotidianeidad imposible, con los muertos se encuentra el deseo de permanencia en la vida, la imposible permanencia sobre la que se edificaron religiones y culturas.

Al hombre le cuesta aceptar la necesidad de la muerte y le cuesta  aún más aceptar que la muerte, además de necesaria, puede ser deseada como se desea la cama y el descanso. La muerte, por segura, debería tener muchas connotaciones, pero nunca la del miedo. Pase lo que pase, hagamos lo que hagamos y vivamos lo que vivamos, la muerte es el resumen de todo y lo que devuelve nuestra materia a la materia de la que nacerán muchas cosas.

El destino de la muerte es formar parte de la inmensa eternidad cambiante del universo que habitamos, ser polvo de estrellas en palabras de Carl Sagán y me parece que no hay mejor destino que ese. La muerte es el final de la conciencia y la continuación de un ciclo casi eterno; la muerte da paso a la nada de la que no se vuelve; la muerte nos libera de la maldición de la vida, de esa vida que no es sino el resultado del capricho de una molécula traviesa que quiso hacerse una foto de si misma para perdurar.

marmol-de-muertebbbNo, la muerte no debería asustarnos, pero ese gen que nos puso en marcha era listo y nos implantó el miedo para que nadie pudiera escapar de la condena de intentar reproducirlo. La muerte es el fracaso de ese mandamiento, de manera que una vez muertos, el gen nos abandona como envoltorios gastados pero el mal ya está hecho: obedientes, dejamos una nueva generación con sus copias para perpetuar la maldición de la vida esclava del gen.

Todos seremos borrados del libro de Azrael, ese ángel de la muerte que lleva cuenta de los vivos y que  nos ayuda en el camino, así que tranquilos que no, que la muerte no es el final; es el principio de la renovada libertad, lo que pasa es que no lo sabemos; no es más que el lecho donde descansa la vida. Disfrutar del descanso cuando toquen el último silencio, ese que no tiene diana.

El lecho sobre el que la vida descansa