PENSAMIENTO

Las llagas del alma

El Púgil en reposo. (Wikipedia).
El púgil de las termas o Púgil en reposo, de imponente grandeza, es el retrato de un perdedor.

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Tópicos adheridos como lapas a épocas, tendencias o estilos de la historia del arte homogeneizan hasta la indistinción productos diferentes. Un ejemplo clásico lo constituye el retrato escultórico romano, o más bien grecorromano. La representación estatuaria de personas fue asunto de extrema seriedad en aquel mundo. En tiempos republicanos existía una ley, el jus imaginum, que restringía ese derecho a quienes habían cumplido servicios públicos en los cargos curules. Luego fue derogada o postergada, y encontramos efigies de emperadores y poderosos, de próceres y sabios, pero igualmente de gentes más o menos comunes. Su detallismo y sinceridad llaman inmediatamente la atención, induciendo con frecuencia a encerrarlos bajo la denominación de realistas. Si se usa la palabra naturalismo, debe ser para oponerla a idealismo. Lo que se plasma es verosímil, cotidiano, humano; no habita en el limbo de las ideas ni allende el horizonte, sino a nuestro lado.

Un bronce hallado a fines del siglo XIX, El púgil de las termas o Púgil en reposo, es una muestra mayor de la maestría de esos artistas. Poco se sabe de él. Se le han asignado fechas que oscilan entre el siglo II a. C. y el I d. C. Ignoramos si fue realizado en Roma, procede del universo helenístico o de la propia Grecia. Lo que está claro es la honda impresión que produce, no solo debida a su rostro magullado y cansado, marcado por las huellas de pasados combates. Es verdad que esa nariz torcida, los lóbulos de las orejas hinchados o las heridas que se aprecian en los pómulos son majestuosos e impactantes. Pero eso lo hemos visto en esculturas coetáneas, así la cabeza de boxeador de la colección Dutuit. Aquí hay algo que va más allá, también de los guerreros derrotados, cuyo máximo exponente es el Gálata moribundo del templo de Atenea Polias en Pérgamo, del que existían copias romanas. Aquellos están nimbados por el aura del héroe, de quienes pelean y caen en defensa de los suyos, de la tierra natal o incluso del mero honor.

El púgil de las termas o Púgil en reposo, de imponente grandeza, es el retrato de un perdedor

Por el contrario, lo que tenemos ahora es el retrato, de imponente grandeza, de un perdedor. Sentado, agotado, con los guantes aún calzados, nos niega orgullosamente la mirada. Su cuerpo todavía robusto evidencia que, si en otro tiempo debió de ser un atleta de élite, los años no han perdonado. Pese a no tener ya edad para una profesión tan dura, no le queda más remedio que seguir. Su gesto lo entronca con la estirpe de los hermosos vencidos, de los outsiders y losers característicos de cierta novela o cine modernos. El verdadero logro del escultor no es la reproducción de las lesiones de una faz devastada o la decadencia cercana de una musculatura de deportista, sino hacernos visibles las llagas del alma. En el sentido literal de la frase, este hombre ha tenido que ganarse la vida a mamporros. Eso deja cicatrices, a veces profundas y penosas, pero que constituyen la prueba irrefutable de que se ha luchado.

Comparemos esta figura con otra, no de la misma época, aunque sí de idéntico contexto histórico cultural. Mientras el Púgil revela en el bronce la palpitación de la carne y la sangre, el mármol de la Dama vestida de Ónfale aparece triste y mortuorio. No se trata de los diferentes materiales ni tampoco de su realismo, que es similar. El tema es otro: una estatua vive y la otra no. El electrocardiograma del Púgil rebosa de espléndidas ondas QRS. El de la rica señora luciendo palmito es plano. Reparemos en que la exhibición desinhibida del cuerpo, mejorado gracias a las últimas actualizaciones del Escultoshop, no responde a la coquetería de la modelo. Antes sería un encargo del marido destinado a presentar los encantos de su esposa como uno más de sus bienes terrenales. Muy atareado con operaciones dedicadas a aumentar fortuna y posición, seguramente no habría tenido tiempo de meditar sobre la anécdota que Heródoto cuenta al principio de sus Nueve libros de la historia.

Candaules, rey de Lidia, es poderoso, rico y feliz. Considera a su mujer la más bella del mundo, y quiere persuadir de ello a su favorito. Aunque Giges está dispuesto a admitirlo bajo palabra, el rey insiste, obligándole a ocultarse en la alcoba cuando la real pareja va a acostarse. A pesar de las precauciones, ella alcanza a ver al voyeur que abandona sigilosamente la habitación. Le da a escoger entre morir por haber visto lo que no debía y matar al rey, haciéndose con el trono y con ella misma. La ofendida tiene claro que alguien ha de pagar la violación de su intimidad. No hay que leer al padre de la historia para adivinar la elección de Giges. Valorar como una posesión o un objeto de lujo a otra persona acarrea consecuencias graves cuando esta toma conciencia de la forma en que es tratada. Aviso para navegantes.

El Púgil en reposo es un monumento a la dignidad y el orgullo del superviviente

El Púgil en reposo.

El Púgil en reposo es un monumento a la dignidad y el orgullo del superviviente. No estamos ante una representación del declive de un antiguo ídolo, al estilo de ciertas películas de boxeo. De este hombre ignoramos si fue alguna vez un campeón o siempre ha sido un luchador del montón. Quizás en su momento enardeció por igual a potentados y menesterosos, como ocurría con los reyes del ring durante unas décadas del siglo XX. Puede que nunca sobrepasara el estadio de las atracciones de feria, de la diversión para masas sedientas de sangre y sufrimiento. Nos es indiferente. Para nosotros es uno de los más grandes atletas de la Antigüedad, pues sabe mantener la cabeza alta y enfrentar con entereza las tempestades. Y por ello, encarna la nobleza de espíritu al mismo nivel que el Auriga de Delfos.