lunes. 20.05.2024

Estamos tan acostumbrados a circular por las autopistas que hasta hemos olvidado conocimientos básicos para conducir por carreteras secundarias. Saberes que no nos convierten en inmunes, pero al menos sí en algo más conscientes de que la vida no es un camino recto de dos carriles de ida y dos de vuelta, vallados y aislados del exterior. Así hemos construido nuestras vidas, nuestras ciudades y nuestras carreteras. 

No hace mucho tiempo, sentado en la mesa de un restaurante de montaña oí comentar lo peligroso que eran los jabalíes por la noche, porque a diferencia de los ciervos o los gamos no les brillan los ojos y no puedes verlos en la carretera. En los largos trayectos de verano por las montañas he acabado acostumbrándome a verlos cruzar la carretera, a que caminen confundidos por las luces buscando una salida de la carretera o, simplemente, ver decenas de ojos que miran desde la cuneta tratando de calcular el momento idóneo para saltar al otro lado a beber agua del río. 

Sin embargo, el jabalí, animal de hábitos nocturnos, es como un torpedo que irrumpe en la carretera sin avisar, sin que hayamos sido avisados por unos ojos brillantes en la oscuridad, por lo que hay que andar precavidos para conocer aquellos lugares donde es más probable que crucen. 

En la vida cotidiana también existen estos torpedos que se cruzan sin avisar cambiando drásticamente el acontecer cotidiano. Sin embargo, seguimos conduciendo a toda velocidad pensando que en nuestro ordenado mundo civilizado estos fenómenos disruptivos son absolutamente imposibles, como si el COVID no hubiera servido absolutamente para nada. Ni precaución, ni freno. Como si la sociedad de bienestar y la democracia fueran elementos evolutivos naturales y de imposible retroceso jugueteamos con estos torpedos a la línea de flotación como si fuéramos un patito de goma que siempre va a salir a flote. 

Leo durante estos últimos días, El primate que cambió el mundo. Nuestra relación con la Naturaleza desde las cavernas hasta hoy, de Alex Richter-Boix, un magnífico y revelador trabajo que arranca con un párrafo absolutamente demoledor, “Se nos está escapando la biodiversidad sin que apenas seamos conscientes. Lo que se extingue, lo que desaparece, pasa al olvido en menos de una generación”, poniendo sobre la mesa el concepto de “gran amnesia ecológica” e innumerables ejemplos de ello. 

Richter-Boix, a lo largo de las páginas de su trabajo, expone cómo no fue hasta bien avanzado el siglo XIX, cuando el geólogo británico Charles Lyell demostró como la responsabilidad de la especie humana en la extinción de otras especies como el dodo, pues para nuestras profundas convicciones religiosas era impensable que el ser humano fuera capaz de extinguir otras especies de creación divina. 

Una retahíla de abusos sobre la Naturaleza, de soberbia y codicia que a lo largo de los siglos que han esquilmado los recursos naturales, valga como ejemplo cómo se pasó de una población de entre 30 y 60 millones de búfalos en las praderas americanas a apenas 300 ejemplares en menos de veinticinco años. Ahora es cuando podemos pensar que bueno, que hemos cambiado, que el ser humano ha evolucionado y es capaz de poner freno a su propia avaricia, a su deseo irrefrenable de acaparar o a la locura de imponer sus absolutos deseos sobre el resto de la humanidad y de la Naturaleza. 

Retomo las páginas de Colapso, de Jared Diamond donde trata “de explicar la desaparición de sociedades del pasado y se pregunta si podemos aprender la lección y evitar desastres parecidos en el futuro”. Sin embargo, seguiremos cortando hasta el último árbol mientras preguntamos “¿Por qué algunas sociedades toman decisiones catastróficas?”. Pues eso. A los jabalíes no les brillan los ojos en la carretera. 

A los jabalíes no les brillan los ojos en la carretera