viernes. 01.03.2024
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Ainhoa Mela | @ainhoacriticas

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, el maestro de cine japonés Yasujori Ozu ya era un director que conocía lo que era el éxito. Comedias ligeras de contenido social eran la seña de identidad de un director a quien la guerra llamó a su puerta, obligándole a cambiar las cámaras por los campos de batalla. Con el fin de la contienda y después de seis meses retenido como prisionero de guerra en un campo de Vietnam, el director regresó a su Japón natal. En medio de un país derrotado y devastado, Ozu rodaría en 1947 la particular historia de un vecindario que, tras su restauración, vuelve a pasar por las salas de cine.

Marcado por la calamidad en la que la guerra había sumido a su país, Ozu sitúa su relato en el Tokio de la posguerra donde la vida aparentemente plácida de una mujer viuda se verá sacudida cuando uno de sus vecinos le pide que acoja a un niño que creía abandonado. Será este joven personaje el que sirva al director para adentrar al espectador en la vida de unos vecinos que con sus escenas cotidianas dejan descubrir la dramática realidad en la que la guerra dejó sumida a toda una nación.

Con unos planos muy cuidados y transiciones que muestran la maestría del director, Ozu nos recuerda que el tiempo y el espacio son igual de protagonistas que sus dos actores principales. Entre las ruinas de Tokio y escenas de pueblos costeros que se ven abandonados, Japón aparece como una víctima mas de una guerra que ha llenado el país de historias de supervivencia. Abocados al más primitivo de los trueques para sobrevivir, no son pocas las escenas en las que los vecinos de este particular vecindario recurren a la ironía, la sabiduría japonesa y su propia solidaridad y compañía para sobrellevar una realidad dramática que el director deja vislumbrar al espectador de manera tan sutil que no ensombrece, sino que acompaña la historia de sus protagonistas.

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Recurriendo de nuevo a Iida Choko con quien ya había trabajado en la película “El hijo único” de 1936, Ozu sitúa como eje de su historia a una mujer huraña que, asumiendo su soledad, reniega de vivir acompañada de un joven desconocido. Ambos, dos almas perdidas y solitarias que, como tantas marcadas por la desgracia del conflicto anhelan sin saberlo una figura materna que les proteja y el substituto de uno de esos hijos que la guerra les arrebató, verán unidas sus vidas por un destino que les enseña y nos traslada importantes lecciones vitales.

Como una oda a la supervivencia colectiva y a la complejidad de la naturaleza humana, regresa a nuestros cines una obra maestra que rezuma ternura y melancolía, pero con la esperanza siempre presente y la convicción de que el futuro siempre podrá ser mejor.

Y es que poco más de setenta minutos le bastan a Yasujori Ozu para trasladarnos una historia llena de detalles y sutilezas narrada a través de unos planos maestros que confirman por qué, aun no siendo esta su mejor obra, situó para siempre al director japonés en el olimpo de los directores.

'Historia de un vecindario': el regreso a los cines de una oda a la esperanza