TEATRO

'La gaviota'. Chejov entre tinieblas

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Carlos Valades | 

Ay Chejov! tantas veces llevado a escena, tantas Ninas, Vanias, Kostias, tanta pasión reprimida…

Si la temporada pasada Pablo Remón asombraba con su montaje doble de “Tío Vania”, y la directora y actriz Fernanda Orazi sorprendía con el monólogo “La persistencia” ahora le llega el turno a Chela de Ferrari, directora peruana, con “La gaviota”. El montaje, que ya pasó con éxito por el Festival de Avignon, cuenta con una inmensa mayoría de actores y actrices invidentes o con graves problemas de visión.

La escenografía inicial, un salón de una dacha rusa con todo lujo de detalles. Una alfombra persa, un sofá y dos sillones, cuadros y un escritorio, lámparas e incluso un ordenador portátil desaparecen en el primer minuto para dejar el espacio libre y despejado para que los intérpretes invidentes puedan moverse libremente por el espacio con la única ayuda de unas marcas con relieve que recorren de manera longitudinal el suelo, sirviendo de referencia a los actores. En la pared del fondo, un cielo cubierto de nubes al atardecer que se irán oscureciendo a medida que transcurre el tiempo hasta dar paso a la oscuridad total, una oscuridad con la que la mayoría de los integrantes de la compañía viven día a día.

“La gaviota” cuenta una historia de amor no correspondido entre Konstantin, aspirante a dramaturgo, y Nina, una joven lugareña que sueña con ser actriz. Nina, a su vez está enamorada de Boris Trigorin, un papichulo que vive como el amante mantenido de Arkadina, actriz ya en decadencia y madre de Konstantin. Una asistente guía a la mayoría de los actores a que ocupen las butacas desde donde empezarán la función. La regidora, la actriz Macarena Sanz, les describirá al público y les conducirá al lugar que deben ocupar en escena a medida que vayan interviniendo, muchos de ellos con bastones plegables.

Las interpretaciones son excelentes y la apuesta es arriesgada, pero termina conquistando al público. La función brilla especialmente en el momento del karaoke con la canción de Camilo Sesto, “vivir así es morir de amor”, que es el alfa y el omega de “La gaviota”, personas que siempre se enamoran de quién de ellas no se enamoran, y es por eso que su alma llora. Esa y otras decisiones son acertadísimas, así como la ronda final, casi más una lectura dramatizada que una puesta en escena tradicional, a la manera de la maravillosa película “Vania en la calle 42”. El nivel de todos es deslumbrante y la dramaturgia de Luis Alberto León y Melanie Werder sabe reírse de una manera muy inteligente de la discapacidad visual de los actores, que no dudan en quitarle peso a base de las toneladas de humo negro que destilan.

Tal vez destacar a Patty Bonet encarnando a la sarcástica Mascha, a la que saca todo el jugo que ofrece el personaje, reverso tenebroso vistiendo de negro de la luminosa Nina, en un resplandeciente blanco.

Todo el plantel está increíble. Todos se merecen cada uno de los aplausos que atronaron el patio de butacas. Yo de ustedes no me la perdería.