sábado. 02.03.2024
MASONERIA

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@Montagut5

El presbítero Niceto Alonso Perujo (1841-1890), doctor en Teología y en Derecho Canónico, canónigo en distintos cabildos y un activo publicista sacó en el año 1884 un libro titulado, El Papa y las logias: exposición literal y comentarios interesantes de la encíclica Humanum genus de S. S. León XIII sobre la francmasonería. En el mismo se explicaba, y este es el objeto de la presente pieza, los remedios que se podían emplear para combatir a la masonería.

Después de plantear las supuestas graves consecuencias generadas por la Masonería el papa León XIII había propuesto los remedios para evitar tanto mal o para contrarrestar sus proyectos porque había muchas personas que como no conocían las interioridades de la Masonería podían ser instrumentos inconscientes de sus “inicuos planes”.

En primer lugar, para dar un impulso general a la acción colectiva contra la Masonería los pueblos y los reyes debían unirse entre sí para ayudar a la Iglesia para quebrar la fuerza de los masones. Esta idea de la unión convendría a las cabezas de los Estados y sus tronos se reforzarían, pero también sería para los pueblos porque encontrarían en los gobiernos los defensores de sus intereses contra los enemigos que en la sombra conspiraban contra ellos. Y, por fin, parecía evidente que era fundamental para la acción de la Iglesia.

Pero también el papado era consciente que esta unión era muy difícil de lograr, por lo que ofrecía los remedios que tenía a mano. Así se renovaban las excomuniones y censuras contra los masones, con prohibiciones taxativas a los católicos para unirse a los mismos, además de mandar a los ya afiliados a que abandonasen las sociedades secretas. El papa avisaba, en este sentido, a los monarcas que eran instrumentos de la masonería estando cerca de la misma creyendo que con eso conseguían controlarla. Bien es cierto que a finales del siglo XIX mucha gente tomaba a burla las excomuniones, pero para muchos católicos no habían perdido su eficacia, por lo que podía retraer a muchos a la hora de intentar entrar en la Masonería. Así pues, la represión eclesiástica debía seguir porque todavía tendría un valor, aunque se reconociese explícitamente que no tanto como en el pasado.

El papa avisaba a los monarcas que eran instrumentos de la masonería estando cerca de la misma y creyendo que con eso conseguían controlarla

Luego le tocaba a los prelados en las diócesis con el fin de que se empleasen, según las circunstancias de cada zona, para quitar la máscara a los masones para que todo el mundo supiera quiénes eran, es decir, hacer público los nombres de los que pertenecían a la orden. Se consideraba un método eficaz porque nadie querría pertenecer a una sociedad de malos. Pensamos que esta medida pretendía también ser disuasoria, aunque también es evidente que a fines del siglo XIX en muchos países eso no importaba ya, aunque en la misma medida de lo que contábamos sobre las excomuniones.

Además de la labor de denuncia los prelados debían empeñarse en propagar el conocimiento de la religión.

Un recurso también pasaba por el acercamiento a los obreros, vinculándose, en cierta medida, con los planteamientos o premisas del catolicismo social, para formar asociaciones que amparasen a los mismos, porque su falta de educación y cultura les convertían, supuestamente, en fáciles presas de la Masonería. Serían el ejército de reserva y, de ese modo, impedir que la Masonería y la Internacional, a la que se consideraba su ahijada, pudieran hacerse con los obreros. La creación de sociedades obreras católicas se convertía no sólo en una posible manera de evitar el conflicto social y que los trabajadores no fueran socialistas o anarquistas, sino también para intentar impedir una supuesta contaminación masónica. Se consideraba que los obreros solamente sucumbían a los halagos de esas fuerzas por necesidad, por su falta de recursos. Si se conseguía que tuvieran cubiertas sus necesidades no serían ni socialistas, ni comunistas, ni masones. Los obreros, por lo tanto, como vemos, son tratados desde un acusado paternalismo.

La educación católica de la juventud se convertía, por fin, en un remedio fundamental porque los masones tendrían una especial preocupación por la educación. La Iglesia tenía que hacerse con la educación.

Formas de combatir a la Masonería según la Iglesia a fines del XIX