El debut novelístico de Fidel Moreno: 'Mejor que muerto' no es una tragicomedia
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Ensayo | JOSÉ LUIS IBÁÑEZ SALAS | @ibanezsalas
La primera novela del escritor español Fidel Moreno, publicada en 2025, se titula Mejor que muerto. Músico y periodista también, Moreno es el autor del espléndido libro ¿Qué me estás cantando?, un extenso ensayo sobre las canciones populares en España que yo disfrutaba a medida que leía su debut narrativo.
En Mejor que muerto hay también música, pero no mucha, lo que encontramos sobre todo es la indolencia propia de un personaje, el protagonista, Julio, una despreocupación contumaz y casi científica que se nos muestra de una manera natural (siempre deseoso del “gusto por jugar con alegría”); hay todo eso que atañe a la vida matrimonial (la de Julio y su esposa Casilda: “los hijos de la democracia española, los adolescentes del 92, eran ahora una generación de adultos cansados”), la paternidad, la maternidad (cuando los días se hacen “interminables pero los meses pasan muy rápido”), por ejemplo; hay sexo, drogas bajo control (no en vano, Moreno es director de Cáñamo, que su subtitula a sí misma como ‘La revista de la cultura del Cannabis’, aunque en la novela, además de otorgar un protagonismo que casi hace toser a los porros, se hace una apología literaria del uso consecuente de… la heroína); está algo del Madrid durante la Gran Pandemia reciente (un fenómeno de “aceleración histórica” que al protagonista parece traerle muy sin cuidado desde el principio y que le hacía escuchar “aquella algarabía con la misma distancia con la que escuchaba el parte meteorológico”). Hay en la novela mucho hoy español, mucho hoy madrileño (aunque no exista una calle Luis Rosales, como sí existe en la novela, que dé al parque del Oeste). Mucho hoy occidental. Y todo eso que hay en la novela brota desde una literatura conveniente que es incapaz de deslumbrar porque seguramente no lo pretende. Una literatura correcta, indiscutible, suficiente. Porque Fidel Moreno sabe narrar, tiene un ritmo más que aceptable contando lo que quiere contar al que quizás le atasque un poco alguno de sus diálogos demasiado correctos, como interpretados por actores preocupados no por la perfección interpretativa sino por la perfección gramatical. Y eso que quiere contar a mí me resulta de interés más porque en realidad lo es que por el hecho de que para contarlo se use un artificio moderadamente artístico, diferencial, singular, deslumbrante, ya digo.
La música que suena en la novela: Como una ola, en el arranque del noviazgo de los protagonistas; Alegría de vivir de Ray Heredia, Lucha de gigantes de Nacha Pop, Maneras de vivir de Leño, Una noche sin ti de Burning, El agua en tus cabellos de Hilario Camacho, o El tonto Simón de Radio Futura, tan de Julio y sus amigos, como él, eternamente jóvenes (diríase); Lágrimas negras, Ojalá que llueva café en el campo; Fiesta de Raffaella Carrá; también el muy reconocible dúo de La traviata de Verdi titulado Libiamo ne'lieti calici; el clásico de aquellos tiempos de la Covid-19 (los de la pandemia, que para el protagonista “era una gran obra de teatro protagonizada por malos actores”), el Resistiré del Dúo Dinámico; la canción Pueblos del mundo, extinguíos de Siniestro Total; dos de Luis Eduardo Aute: Sin tu latido y Las cuatro y diez; La Flaca de Jarabe de Palo; una canción de Barbara, Dis, quand reviendras-tu?, en la versión adaptada al español por Chicho Sánchez Ferlosio; la pieza musical de Arvo Pärt Spiegel im Spiegel o la primera de las Gymnopedies de Erik Satie y, en la voz de Maria Callas, el aria Come per me sereno de la ópera La sonnambula de Bellini; Maria Bethânia interpretando Três apitos de Noel Rosa o el tango de Carlos Gardel Sus ojos se cerraron y Magic shop de Franco Battiato; Muerte en Hawái de Calle 13; la Suzanne de Cohen cantada por Fabrizio De André, de quien también escuchamos su Canzone dell’amore perduto; Redemption song de Bob Marley y el reguetón Gasolina de Daddy Yankee.
Julio, en la cuarentena y repleto de natural pereza, es de los que creen que todos queremos, como él, “volver atrás con la malicia adquirida”. Alguien “cuyo verdadero logro en la vida consistía en haber aprendido a desperdiciar sus horas sin sentimiento de culpa”. Todo un personaje con una manera propia de dejarse llevar por los acontecimientos que no es más que “un acomodo en la decepción”, sin exponerse “al vértigo de las ilusiones o a las consecuencias del fracaso”.
“Atención y distracción, concentración y extravío, un pie dentro y otro fuera. La sobriedad y la ebriedad, el trabajo y el esparcimiento. Un hijo y un suegro. Una esposa y una amante. Y, ¡alerta!, que no te coma el tigre”.
También es alguien a quien le gusta tomar heroína porque le hace sentirse como flotando “en una agradable insolación” y decirse a sí mismo: “no estoy muerto, estoy mejor que muerto”. O cómo él mismo escribe:
“Cada droga impone sus formas; acostumbrados a estimulantes nerviosos tardamos en identificar la calma eufórica, el estímulo tranquilo del caballo”.
Calma eufórica. Estímulo tranquilo. Caballo. ¿Blanqueando la heroína?
“El nombre de heroína está bien elegido, pues infunde, al menos en pequeñas dosis, el valor de la concordia con uno mismo, tan difícil de sentir en circunstancias normales”.
Julio hace hincapié, Fidel Moreno hace hincapié, en el hecho de que no seamos capaces de distinguir “entre el abuso de un yonqui y el uso razonable y esporádico de la mayoría de los que consumen heroína”. Los dos agradecerían “que alguna vez se hable del caballo apartándose del relato típico del adicto que pasa del cielo al infierno y acaba, si salva el pellejo, en el purgatorio de una existencia sin brillo”. Como en Mejor que muerto. Misión cumplida.
Por cierto, en el recorrido por lo que suena en la novela falta la canción que de alguna manera le da título: Heroin, cantada por Lou Reed en su grupo The Velvet Underground (“una de sus canciones más pesadas y melodramáticas”), donde se dice aquello de mejor que muerto.
Heroína, sé mi muerte. / La heroína es mi esposa y mi vida. / Porque una dosis en mi vena / llega a un centro en mi cabeza / y entonces estoy mejor que muerto.
El ámbito de la Gran Pandemia, ya mencionada, en la novela de Moreno tiene una presencia muy destacable, con momentos de literatura convincentes. Como éste:
“Entre los adoquines había crecido la hierba y todavía, las horas en las que la gente debía permanecer en casa, llegaba desde la calle un rumor de aldea perdida. Sentado al sol junto a la ventana abierta de la cocina, Julio cerraba los ojos y escuchaba con una atención difusa aquella sonoridad impropia de una capital como Madrid. El canto de los pájaros, el ladrido de un perro lejano contestado sin prisa por otro perro más lejano, el silbido de un transeúnte, una moto tan estridente como pasajera…
[…].
Las épocas de aceleración histórica se viven como una sucesión de momentos en los que el tiempo parece detenerse. El futuro se vuelve incierto y el instante, a fuerza de hacerse presente, tiene un encanto de nostalgia adelantada. La hierba entre los adoquines, el trino de los pájaros, aquel cielo de un azul amplio y vivo, eran tan reales ante sus sentidos que parecían ya ser un recuerdo”.
Fidel Moreno juega con fuego, arriesga, mejor dicho, cuando le hace decir a uno de los personajes que la historia de Julio (lo que estamos leyendo, vaya) “parece la sinopsis de una novela barata: cuarentón casado a la espera de su primer hijo y empleado a las órdenes de su suegro y su mujer, mantiene una relación adúltera con una vecina okupa que lo inicia en la heroína. Todo estalla cuando una plaga de chinches llega al hogar familiar”. Pero Mejor que muerto es mucho más que eso. Y esa es la razón de que su autor se atreva a tanto.
Pues nada, a sentirse suspendido, colocado, “como flotando entre la eternidad y la nada”. Y estar mejor que muerto.
“Y que todo acabara así, de una manera tan aburrida”.
Menudo final. Hay que estar muy seguro de sí mismo, y el autor, se nota, lo está. Un autor valiente a quien habrá que seguir sus pasos como escritor de ficción. Yo ya se los sigo como ensayista.
Lo que no es Mejor que muerto, aunque se la venda así, es una novela tragicómica. Ni falta que le hace.
Mejor que muerto. FIDEL MORENO. Editorial Random House. 2025. COMPRA ONLINE
CRÍTICO LITERARIO Y EDITOR