FESTIVAL DE CINE DE SEVILLA

'Al otro barrio': lo importante no es el salto, sino el intento de cruzar

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Jaime Polo | @lovacaine

En un pase de prensa en el Festival de Cine de Sevilla, la sala rebosaba de curiosidad y un leve escepticismo: ¿Otra comedia española con moraleja social? Mar Olid, la directora de “Al otro barrio”, defendió la importancia de romper prejuicios, una intención loable, pero no siempre fácil de trasladar al lenguaje del humor.

La historia nos lleva desde el frío mármol de una agencia de comunicación de élite en el corazón de Madrid hasta un barrio del extrarradio donde la vida tiene otros ritmos, otras reglas. Allí, los protagonistas, liderados por un sólido Quim Gutiérrez, acompañados de una hilarante Sara Sálamo, intentan encajar mientras sus privilegios, prejuicios y miedos se tambalean.

“Al otro barrio” no cambia las reglas del juego, pero crea unas nuevas, unas que nos recuerdan que, a veces, lo importante no es el salto, sino el intento de cruzar

Lo que “Al otro barrio” ofrece no es precisamente sutileza. Los gags funcionan a veces, con momentos de ingenio que sacan carcajadas sinceras, pero también caen en el trazo grueso que caracteriza a tantas comedias españolas modernas. El guion, una adaptación del éxito francés “Jusqu'ici tout va bien”, no siempre logra equilibrar el choque cultural con la reflexión que promete. Hay chistes que, aunque efectivos, refuerzan clichés que la película intenta criticar. Es una contradicción incómoda que uno no puede evitar notar.

Dicho esto, la película brilla en sus mejores momentos gracias a su reparto. Javier Herrera y Hamza Zaidi aportan un contraste natural y honesto, alejándose del arquetipo para ofrecer personajes que, sin profundizar demasiado, resultan humanos.

La historia nos lleva desde el frío mármol de una agencia de comunicación de élite en el corazón de Madrid hasta un barrio del extrarradio donde la vida tiene otros ritmos, otras reglas

No todo es negativo, ni mucho menos. Mar Olid habla de prejuicios con valentía. Hay momentos de lucidez, de humor universal y de ternura que recuerdan la capacidad de las comedias para conectar. Pero tampoco es un golpe maestro. Como tantos intentos recientes de mezclar humor con crítica social, “Al otro barrio” se queda en el término medio: simpática, funcional, pero incapaz de dejar una huella imborrable.

Cuando salí del cine, pensé en mis propios prejuicios. En cómo esperamos siempre algo diferente, algo rompedor, y cómo eso a veces nos hace pasar por alto los placeres más modestos. “Al otro barrio” no cambia las reglas del juego, pero crea unas nuevas, unas que nos recuerdan que, a veces, lo importante no es el salto, sino el intento de cruzar.