jueves. 04.06.2026
CINE

‘Voy a pasármelo mejor’: devuélveme a mi chica

David Serrano cede la batuta de la dirección a la debutante en el largometraje Ana de Alva, competente en su labor, y él se mantiene en la escritura junto a Luz Cipriota.

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

Hace 3 años irrumpió con simpatía en medio del panorama veraniego colonizado por el blockbuster americano Voy a pasármelo bien, musical de fórmula jukebox, que tan bien ha funcionado internacionalmente con artistas como ABBA (y que aquí poco se ha explotado), a partir de las canciones de Hombres G y que marcaba el regreso al género de David Serrano tras la fallida Una hora más en Canarias (2010). Conquistando a crítica y público por el corazón puro que entrañaba, la verosímil captura de esos ochenta de walkman y chascarrillos deformadores del inglés, unos personajes definidos y con los que es fácil empatizar, y el buenrollismo que destilaba, había potencial en seguir a ese carismático grupo de preadolescentes compuesto de retales que demostraba que, juntos, sumaban. Los Pitus vuelven ahora ya en plena adolescencia, terminando el curso escolar y adentrándose en lo que es, como diría Guille Milkyway, “el verano del amor” en un campamento.

Voy a pasármelo mejor logra mantener la esencia de sus personajes, que son el puntal para que la película desprenda sensibilidad y ternura

En esta ocasión, Serrano cede la batuta de la dirección a la debutante en el largometraje Ana de Alva, competente en su labor, y él se mantiene en la escritura junto a Luz Cipriota, desde donde exploran el crecimiento de los chavales, brindando un resultado más descafeinado que su predecesora, con algunas novedades que le restan en comparación. En primer lugar, la música de Hombres G ya no aparece prácticamente por ningún lado y se apuesta por números con canciones originales cumplidoras pero olvidables. No hay ninguna composición que contenga la fuerza suficiente como para devenir un hit dentro del imaginario cinéfilo o para configurar un número musical memorable mientras que, al amparo de canciones preexistentes populares, el colchón sobre el que sostener una actuación es más grueso. La fórmula del jukebox, apoyándose en temazos de la época de Duncan Dhu, Nacha Pop, Seguridad Social o Miguel Bosé, es empleada de manera diegética, es decir, cuando un personaje agarra un instrumento o escuchando un tema en la radio, haciéndolas partícipes de una escena, pero sin el peso significativo en la narración que tenían las canciones de Hombres G y, en este caso, los temas originales expresamente compuestos, relegando la estrategia a un plano secundario que no hace brillar como debería la breve selección de éxitos que han reclutado para la ocasión. El apartado musical, pues, se desdice en parte de una de las claves que llevaron al éxito Voy a pasármelo bien para ejecutar un híbrido que no impulsa ni la vertiente prestada de solvencia contrastada –por no darles el lucimiento ni el plano que merecen-, ni la original, al jugar con unas canciones básicas y flojillas.

En cuanto al relato, la primera entrega oscilaba en dos líneas temporales. La del pasado, ambientada en los ochenta, que constituía el núcleo principal; y la del presente, que marcaba el reencuentro de los amigos y el balance de sus vidas hasta entonces, con la que se reforzaba el cariz nostálgico que entrañaba la propuesta de Serrano y permitía el contraste entre unos personajes en construcción y los hombres que acabarían siendo. Aquí se fía todo al pasado y el presente únicamente es una coda final, con lo cual se pierde también este juego temporal y el seguimiento de los adultos, que también suponía una contribución agradecida. Aunque, afortunadamente, su ausencia no se nota mucho ya que el elenco joven es capaz de sostener y cargarse los 90 minutos a sus espaldas, otra vez con el Luis que encarna Rodrigo Gibaja llevándose la película.

Y llegamos a la trama que, planteada como una secuela veraniega, resulta más endeble que en la primera. La gravedad y trascendencia de las situaciones que conformaban Voy a pasármelo bien, como podían ser la marginalidad en el seno del instituto, la odisea por conquistar el primer amor, el hacer frente a la muerte de un ser querido, ese inicio de autodescubrimiento sexual, o la idoneidad del momento vital para entrelazar el camino con una persona, aquí son más escasas. El carácter heroico romántico se repite pero, si antes era conquista, ahora es recuperación / confirmación del amor, creando un plan tan divertido como rebuscado para rizar el rizo. Voy a pasármelo mejor apunta bien a subtramas como el desarrollo homosexual de Paco o la de Luís con una chica mayor, pero no las mima lo suficiente y las finaliza abruptamente, dejando una sensación de descuido en buena parte de la película que la hace palidecer ante su predecesora. 

Voy a pasármelo mejor logra mantener la esencia de sus personajes, que son el puntal para que la película desprenda sensibilidad y ternura, mientras continúa ofreciendo gags y diversión como cantaban los Hombres G. Sin embargo, aquí no se cumple la máxima del título, ya que el conjunto no supera a su referente, aumentando en liviandad y desaprovechando las posibilidades de sus temas y puliendo menos las aristas. Una cara B que se escucha con facilidad, pero cara B, a fin de cuentas.

‘Voy a pasármelo mejor’: devuélveme a mi chica