'Por todo lo alto': otro triunfo popular más
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
Dada la triunfal acogida, valga la redundancia, que tuvo entre el público (y un beneplácito más que decente por parte de la prensa) su anterior película, El triunfo (2020), el ya experimentado guionista y director Emmanuel Courcol repite la fórmula en esta Por todo lo alto, con la que está recogiendo aún mayores frutos que con su predecesora: colándose entre las cinco nominadas a mejor película en los Premios César, llevándose el Premio del Público en el Festival de San Sebastián con récord de puntuación (¡9,32 puntos!, un tanto desmesurados para la esencia del conjunto) y haciendo estupendas cifras, recaudando el triple de su presupuesto (y sumando). Courcol filma de nuevo una dramedia de clara vocación popular en la que, entre risas y alguna lágrima, brotan esos buenos sentimientos en la cotidianidad que hacen de ella una feel-good movie de manual que tan bien dominan los galos.
Lo más importante es la conciencia de lo que es y va a por ello sin complejos, siendo honesta consigo mismo
El teatro era en El triunfo la intersección en la que unir a su protagonista y al resto de personajes, ejerciendo también de motor de la trama en un contexto carcelario. Aquí el arte integrador es la música, la cual acaba uniendo a sus dos personajes principales: dos hermanos que se acaban de conocer. Thibault (conmovedor y afinado Benjamin Lavernhe) es un director de orquestra al que diagnostican leucemia y, a raíz de los antecedentes familiares, descubre que es adoptado. Esta revelación lo lleva a encontrar a su hermano biológico Jimmy (Pierre Lottin), un empleado de comedor escolar que toca el trombón en una banda municipal en un pueblo cerca de Lille. Al percatarse de las habilidades musicales de Jimmy, Thibault decide ir a fondo con ello y entregarse en cuerpo y alma la dirección de la banda municipal con el fin de mejorar su desempeño. Partiendo, como es habitual, de una premisa un tanto estrambótica, resultona y ligeramente forzada, la película se mueve en unos parámetros cómodos y orgánicos que llevan a buen puerto su cometido.
Con el telón de fondo de un pueblo deprimido por la reconversión industrial de la zona, los códigos del cine social obrero, especialmente el británico, entran en juego en esa comunión tan efectiva con el humor, al estilo de Full Monty (Peter Cattaneo, 1997) o Pride (Matthew Warchus, 2014), mediante la cual condimentar un contenido algo formulaico pero eficiente. Es muy loable el gran equilibrio que Courcol y compañía mantienen entre lo sensible y la sensiblería, atravesando un mar de emotividad sorteando el exceso y el maniqueísmo barato, resultando en un film de fácil digestión sin empalagos. Potenciada por su dedicado reparto, Por todo lo alto cumple con su misión sin aportar nada nuevo, y tampoco le hace mucha falta. Porque lo más importante es la conciencia de lo que es y va a por ello sin complejos, siendo honesta consigo mismo. Por eso, probablemente consiga derribar las armaduras que recubren los corazones más de piedra en una escena final tremendamente bonita que, como reza su título, hace culminar el film por todo lo alto.