‘Subsuelo’: Franco se viste de Hitchcock
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
La filmografía de Fernando Franco está atravesada por la valentía de hablar de temas tabúes tales como la depresión, las adicciones, la enfermedad, la discapacidad o la sexualidad, haciéndolo desde un drama con tintes sociales pero de tono áspero. Desde este cine directo, el cineasta muestra la integración de estas cuestiones en la intimidad de unos personajes en mayor o menor medida atormentados, con los que situarlos en puntos donde la moralidad es puesta en duda, trasladando los dilemas de la ficción a un debate con el espectador. En Subsuelo, el director andaluz utiliza el mismo modo de interpelación al público y reúne muchos de los tópicos que han conformado sus historias previas, aunque disponiéndolos al servicio de un thriller psicológico de resonancias hitchcockianas, mientras mantiene sus señas de identidad como autor.
Franco logra construir uno de los ambientes más sórdidos del año a base de reposados planos secuencia
Adaptación de la novela homónima del argentino Marcelo Luján -la segunda traslación a la pantalla de un texto ajeno que realiza Franco tras Morir (2017)-, Subsuelo narra la perturbadora relación entre dos mellizos después de un trágico accidente, a partir del cual entrarán en una tensa dinámica de chantaje y subyugación. Utilizando la fragmentación temporal para intensificar el misterio y la sordidez de la trama, eso sí, en algún punto creyéndose algo más lista de lo que acaba siendo, Franco logra construir uno de los ambientes más sórdidos del año a base de reposados planos secuencia, mediante los cuales muestra una estilización superior en comparación con sus títulos anteriores. Lo malsano de un entorno marcado por la culpa, el remordimiento y la opresión queda plasmado acertadamente en una puesta en escena donde se hace patente, además de la influencia del maestro del suspense, la estela de Michael Powell. También juega a favor el recurso que emplea de las conversaciones de WhatsApp, en la que se omiten las respuestas para fomentar la inquietud de unas réplicas aisladas.
La propuesta tiene un empaque más que suficiente y está defendida interpretativamente con convicción por los noveles Diego Garisa y, sobre todo, Julia Martínez, que se lleva la parte más complicada de su rol descompuesto, así como un plantel de secundarios donde destaca Nacho Sánchez. Su Talón de Aquiles, sin embargo, es un guión que, precisamente, dedica demasiado tiempo a contribuir a la construcción de esa atmósfera a base del desconcierto para, finalmente, descuidar ciertos matices, terminar simplificándose y derivar en un desenlace pujante pero un tanto atropellado. Y, aunque forma parte de la ambigüedad que proponen Franco y Begoña Arostegui, se echa en falta un tratamiento psicológico más profundo de la situación de los personajes, ya que ciertos aspectos que resultan alarmantes son vistos de puntillas y restan un poco de verosimilitud. Ante todo, Subsuelo no deja indiferente a nadie por la gran turbiedad de lo que cuenta y la angustia latente que Franco erige solventemente, demostrando que puede adentrarse en nuevos registros con pericia sin renunciar a sus formas.