jueves. 04.06.2026
CINE

‘Memorias de un caracol’: reclusión en el caparazón

Memorias de un caracol brinda un puñado de poderosas enseñanzas de manera orgánica, poniendo sobre la mesa cuestiones como la salud mental.

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

En su obra, el australiano Adam Elliot siempre ha tenido el compromiso de poner en pantalla a todas aquellas personas que se desmarcan de lo socialmente admirable, sea por voluntad propia o por cuestiones inevitables, construyendo un particular mundo poblado de tonos grisáceos, ambientes decadentes y un poco de luz entre tanto desgarro. Desde sus cortometrajes, la mirada del cineasta ha sido compasiva con sus criaturas marginadas, llegando a su cúspide en la magistral Mary and Max, la bonita relación epistolar entre un judío de Nueva York autista y una solitaria niña criada en un entorno poco favorable en Melbourne. Se ha hecho esperar, pero quince años más tarde llega la nueva propuesta de Elliot, con la que sigue explorando su mundo grotesco pero lleno de corazón.

Memorias de un caracol es una fábula de espíritu dickensiano y una estética digna del Tim Burton de La melancólica muerte del niño ostra, tan dolorosa como simpática, tan naíf como perspicaz

El característico stop motion, algo así como el reverso oscuro de la factoría Aardman, se pone en Memorias de un caracol al servicio de la dura y cruel, como la vida misma, historia de la separación forzosa de dos hermanos -niño y niña- en la Australia de los 70, a causa de la muerte de sus humildes padres en distintas circunstancias, con las que denunciar la precariedad de aquello conocido como el “cuarto mundo”. Focalizándose en ella, Grace Pudel, la película narra los distintos pasajes de su vida a partir de viñetas con las que realiza algunas digresiones deliciosas para presentar a los diversos personajes con los que se encuentra -mención especial merece la carismática y divertidísima Pinky, una de las almas del film-, mientras que paulatinamente la acción, a veces de forma fortuita, avanza en un tempo más lento, como lo son muchas veces las esperas y los objetivos vitales. La progresión (o desviación) gradual es compensada por un ritmo ágil en el devenir de las distintas situaciones y personajes que se van sucediendo, imposibilitando ningún minuto desperdiciado.

Pero más allá de las ocurrencias de Elliot, que acaban casando entre ellas sin dejar ningún detalle al azar, Memorias de un caracol brinda un puñado de poderosas enseñanzas de manera orgánica, poniendo sobre la mesa cuestiones como la salud mental, la ansiedad, el desencaje en la sociedad o la reclusión frente a la hostilidad de la gente. Y aunque tal vez Elliot pueda tantear el espectáculo de la miseria (en el que en algún momento puede caer), lo cierto es que la empatía y ternura que despierta su artesanal y sincero relato cura cualquier herida.

Balanceando con soltura el elemento lacrimógeno, que brota con naturalidad sin trucos ni efectismos de ningún tipo, y con golpes de humor negro que destensan el relato, Memorias de un caracol es una fábula de espíritu dickensiano y una estética digna del Tim Burton de La melancólica muerte del niño ostra, tan dolorosa como simpática, tan naíf como perspicaz, tan deprimente como optimista que, en medio de la amargura, te abraza, acaricia y reconforta transmitiendo fuerzas suficientes para salir del caparazón. Sin duda alguna, uno de los films imprescindibles e inmaculados de la cosecha anual.

‘Memorias de un caracol’: reclusión en el caparazón