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Jaime Polo Mínguez | @lovacaine
Dirigida por Josh Safdie, Marty Supreme llega como una de las propuestas más audaces y divisivas del año. Ambientada en la Nueva York de los años 50, pero con una estética y un pulso que gritan década de los 80, la película toma como punto de partida la vida del legendario jugador de ping-pong Marty Reisman. Lo hace de forma tan libre que es más una ficción inspirada que un biopic convencional. Todo para marcar la pregunta central en la que pivota la pelicula: ¿Qué estás dispuesto a sacrificar por cumplir un sueño que nadie más cree posible?
Timothée Chalamet interpreta a Marty Mauser, un vendedor de zapatos judío de clase baja, nervioso, engreído y poseído por una convicción casi mesiánica de que está destinado a ser el mejor del mundo en un deporte que, en esa época y en ese contexto, era visto como un pasatiempo marginal. Chalamet se marca aquí, sin duda, su mejor actuación hasta la fecha. Con el pelo engominado, gafas gruesas, ceja unida y una fealdad asumida que contrasta con su habitual belleza etérea, el actor canaliza una mezcla explosiva de Barton Fink y el Howard Ratner de Uncut Gems. Es un nerd alfa con complejo de inferioridad que se cree Superman, y Chalamet lo sostiene durante más de dos horas.
Marty Supreme es cine puro en estado salvaje: ambicioso, incómodo, hilarante por momentos
Safdie, fiel a su estilo, transforma lo que podría haber sido una típica película de superación deportiva en algo mucho más cercano a un thriller de atracos o a una comedia negra sobre el ego desbocado. Hay pinceladas de Rocky y The Karate Kid en la estructura, pero el tono es mucho más cínico, caótico y acelerado, casi como si Safdie hubiera decidido rodar una versión de Succession ambientada en salones de ping-pong de los 50.
La banda sonora es uno de los grandes aciertos: anacrónica a propósito, llena de temas ochenteros que chocan con la época retratada y potencian esa sensación de descolocación temporal. La música no acompaña, empuja; convierte cada montaje en una adrenalina constante. Es, sin exagerar, una de las mejores selecciones musicales de lo que llevamos de año.
El reparto secundario aporta texturas interesantes: Gwyneth Paltrow como una exestrella de cine decadente, Odessa A'zion en un rol que destaca por su naturalidad y profundidad emocional (es uno de los pocos personajes que logra humanizar a Marty), Fran Drescher en un papel que se queda algo corto pero que deja ganas de más, y apariciones sorpresivas como Kevin O'Leary, Tyler, The Creator y Abel Ferrara que añaden capas de excentricidad al universo.
Sin embargo, no todo es perfecto. El ritmo caótico y la repetición de ciertos patrones (Marty humillando rivales, Marty metiéndose en problemas, Marty saliendo con discursos grandilocuentes) pueden resultar agotadores para algunos espectadores. La película prioriza la inmersión sensorial y la experiencia visceral sobre una narrativa lineal o un desarrollo profundo de personajes secundarios. En ese sentido, es más un viaje maníaco que una historia redonda: efectiva como experiencia, pero a veces vacía como reflexión.
Aun así, Marty Supreme es cine puro en estado salvaje: ambicioso, incómodo, hilarante por momentos. No es una película de deportes tradicional, sino un retrato brutal de la ambición estadounidense llevada al extremo, envuelto en el microcosmos absurdo y fascinante del ping-pong. Chalamet se come la pantalla, Safdie demuestra que sigue siendo uno de los directores más impredecibles de su generación y el resultado es, para quien conecte con su frecuencia, inolvidable.



