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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
Jean-Luc Godard afirmaba que un travelling es una cuestión moral: cada movimiento de cámara o encuadre representa una decisión que moldea el desarrollo y la interpretación de una obra. Bajo esta premisa, surge una pregunta crucial: ¿qué responsabilidad moral tiene un director al abordar una historia? Este interrogante me asalta continuamente mientras veo Al Margen, la más reciente obra de Eduardo Casanova.
Tras las controvertidas Pieles y La Piedad, Casanova se estrena en el documental para narrar la historia de Moisés, un hombre que, años atrás, se prendió fuego en Madrid y desde entonces vive en los márgenes de la sociedad. Su rostro, marcado por el fuego, es conocido entre los usuarios del metro madrileño, donde Moisés solía pedir dinero para sobrevivir. Fue en uno de esos momentos cuando Casanova se acercó, le pidió su número de teléfono y comenzó a explorar la posibilidad de llevar su historia al cine.
Al Margen pretendía dar visibilidad a los problemas de salud mental, pero termina siendo un ejercicio desmedido de egocentrismo
Así nació Al Margen, un documental grabado en secreto durante cinco años con cámaras ocultas, que relata la vida de un hombre que en 2010 se inmoló frente a la mirada atónita de los transeúntes. Estos lograron apagar las llamas y trasladarlo al Hospital Universitario La Paz de Madrid, donde inició un arduo proceso de recuperación física y psicológica que aún no concluye. Sin embargo, la cámara de Casanova no se detiene en la tragedia personal ni en las cicatrices visibles e invisibles de Moisés, sino en una crónica de su exclusión social y los brotes psicóticos que lo ponen en peligro constante.
El problema central del documental radica en que Casanova parece limitarse a observar a Moisés, sin ofrecerle ayuda ni un acompañamiento real. En ocasiones, incluso, parece deleitarse en su autodestrucción. Escenas como la de Moisés consumiendo cocaína frente a una cámara que permanece impasible levantan interrogantes éticas inquietantes: ¿provocó el director estas conductas para obtener "la toma perfecta"? ¿debió evitarlo? Estas preguntas, aunque incómodas, resultan inevitables para el espectador.
Casanova ha explicado que su intención era "situar a las personas marginadas en el centro de la historia". No obstante, en Al Margen, su interés parece recaer más en la deformidad física de Moisés que en su humanidad. La atracción de Casanova por lo grotesco y extravagante, que funcionó en ficciones como Eat My Shit y Pieles, resulta aquí inapropiada y contraproducente.
Aunque no era obligación del director ofrecer un tratamiento médico a Moisés, habría sido deseable un enfoque que reflejara mayor sensibilidad. En lugar de ello, el documental se percibe como un ejercicio de ego, más preocupado por impactar que por reflexionar. Moisés queda relegado a un segundo plano, reducido a un objeto de fascinación mórbida.
Eduardo Casanova pierde la oportunidad de ofrecer una mirada serena y reflexiva, entregando en su lugar un trabajo vacío, diseñado para provocar más que para ayudar
La ética narrativa no es el único problema de Al Margen. Las decisiones estéticas agravan sus carencias. El uso de cámaras ocultas con lentes ojo de pez deforma aún más una realidad que demandaba un enfoque respetuoso y reflexivo. Además, las recreaciones teatrales—de estética bizarra y saturada de colores—incluyen extraterrestres monstruos que simbolizan los delirios de Moisés sobre el control mental y la opresión. Estas escenas, protagonizadas por el propio Moisés, no solo carecen de sentido, sino que rozan lo ofensivo y difícilmente serían aprobadas por expertos en salud mental.
Si algo nos enseñaron cineastas como Jonas Mekas, Chris Marker o Agnès Varda, es que la humildad es esencial para retratar la realidad. Casanova, en cambio, opta por una grandilocuencia innecesaria que socava el potencial del relato.
El documental también fracasa en abordar la historia de Moisés y su entorno familiar de manera sustancial. Aunque su hermana, su expareja y su hija intentan explicar quién es Moisés y cómo la esquizofrenia fue destruyéndolo poco a poco, el tratamiento narrativo es tan superficial y frívolo que muchos momentos derivan en una comedia involuntaria. Esta desconexión se evidenció durante la proyección inaugural en el Festival Rizoma, donde las risas de algunos asistentes contrastaron dolorosamente con la tragedia que debería haber prevalecido.
Al Margen pretendía dar visibilidad a los problemas de salud mental, pero termina siendo un ejercicio desmedido de egocentrismo. Eduardo Casanova pierde la oportunidad de ofrecer una mirada serena y reflexiva, entregando en su lugar un trabajo vacío, diseñado para provocar más que para ayudar. Es decir, ego, ego y más ego.



