CINE

'La Grazia': ya no hay divos, solo humanos

La Grazia es un estimable paso de Sorrentino para no estancarse y probar variaciones dentro de su particular y reconocible estilo, cristalizando en una obra imperfecta y reposada

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

Después de sus periplos napolitanos en los que evocaba a su infancia y adolescencia en Fue la mano de Dios (2021) u homenajeaba el espíritu de la ciudad que le vio crecer en Parthenope (2024), Paolo Sorrentino regresa a la política. Pero en lugar del tono satírico de esa aproximación a Berlusconi en el díptico Loro (2018) o la épica con la que abordó a Giulio Andreotti en Il divo (2008), esta vez el italiano apuesta por un matiz contenido y melancólico que casi emparenta más a la figura que retrata con el Jepp Gambardella de La gran belleza (2013) que con los animales célebres mencionados.

La Grazia toma a un presidente de la República ficticio –aunque posiblemente inspirado en el actual, Sergio Mattarella-, Mariano de Santis, que se encuentra en una encrucijada vital al término de su mandato. Por un lado, la aprobación de una polémica ley sobre la Eutanasia (que, como hemos visto estos días, de rabiosa actualidad no importa el país), mediante la cual puede facilitar la existencia a muchos ciudadanos, pero irritar a los sectores más conservadores y poderosos. Al mismo tiempo, está en su mano conceder unos indultos a ciertas personas que han matado a sus cónyuges por no estar bajo el amparo de esta ley. Por otro lado, pesa la ausencia de su mujer fallecida en estos momentos de meditación. Sorrentino despoja de cinismo y de la atracción por lo grotesco al film, manteniendo ciertas señas de identidad como la fuga onírica y mágica con mayor depuración. Con ello, compone su título más crepuscular en el que mira a la política desde un prisma más humano, modesto y comprensivo como ejercicio de servicio público, dejando arrinconado el retrato ambicioso y voraz del poder en sus títulos precedentes.

Compone su título más crepuscular en el que mira a la política desde un prisma más humano, modesto y comprensivo como ejercicio de servicio público

Esta nueva versión más sosegada del cineasta resulta en una obra más pausada y contemplativa en la que, a pesar de bascular entre la calidez en algunas secuencias y la frialdad en otras, logra espacios para la conmoción (magnífica la entrevista con Vogue Italia). Sin embargo, es cierto que se echa de menos mayor nervio en la propuesta y su desarrollo, así como más concreción en un metraje a todas luces extendido. Pese a ello, Sorrentino conserva su carácter hipnótico en la creación de imágenes y estados, al que contribuye notablemente la complicidad de él y su cámara con su actor fetiche, un Toni Servillo perfectamente mimetizado para la causa, como de costumbre. El actor, en esa simbiosis portentosa con el director, eleva y da organicidad a un material que podría desestabilizarse sin su templanza y coherencia interpretativa.

Siendo la propuesta más invernal y grisácea del napolitano, La Grazia es un estimable paso de Sorrentino para no estancarse y probar variaciones dentro de su particular y reconocible estilo, cristalizando en una obra imperfecta y reposada, pero con la que mira a sus temas recurrentes con unos ojos más cercanos, limpios y benévolos, sin caer en lo remilgado.