miércoles. 21.02.2024

Arturo Prins

Es interesante ver como directores de cines orientales, en este caso, el vietnamita Tran Anh Hung, con su nuevo film A fuego lento, vuelve su mirada hacia Occidente para tratar de encajar sus visiones y estéticas más contemplativas en un mundo veloz, occidental, con unos ritmos vertiginosos.

Según nos cuentan los orientales en libros de metafísica, cada sentido tiene una correspondencia superior según en qué plano se encuentren. Por ejemplo, el gusto y el olfato, que pertenecen al plano físico, al ser desarrollados en el plano emocional, generan la imaginación y el idealismo emotivo. En el plano mental, la discriminación y discernimiento espiritual, y en planos superiores: intuición e idealismo, perfección y conocimiento total. El gusto es el gran sentido que comienza a regir durante el proceso discriminador. El olfato es la equivalencia espiritual del sentido que, en el animal, en la paloma mensajera y en otras aves, permite que vuelvan inequívocamente al punto de partida. Es la aprehensión de la vibración al alma de las cosas y el rápido retorno por medio de ese instinto, a la fuente de origen. A fuego lento, habla de estos dos grandes sentidos físicos, que permiten al hombre crecer, desarrollar finezas y percepciones cada vez más sutiles.

La destacada calidad visual del film en su comienzo, se asemeja de forma previsible a una publicidad del tipo, "Ven a comer a Francia, nada mejor en el mundo que nuestra cocina" con secuencias propias de un anuncio de "haute gastronomie", o de trailers harto vistos en televisión, como Top Chef o Chef's Table. La decisión de crear una película sobre alta cocina y un gourmet enamorado de su cocinera, fue un acierto para el director vietnamita, que ha conseguido que su film, A fuego lento, sea seleccionada para competir por el Oscar a Mejor película internacional en 2024. La película nos sumerge en una experiencia visual deslumbrante de alta gastronomía, con una fotografía pictorialista, filmada con elegancia y delicadeza.

La película nos sumerge en una experiencia visual deslumbrante de alta gastronomía, con una fotografía pictorialista, filmada con elegancia y delicadeza

El sentido del olfato, el gusto y el tacto visual se fusionan a la perfección con miradas sutiles, un guión exquisito y la inconfundible sensualidad del director vietnamita. Estos elementos están cuidadosamente enmarcados en una inteligencia y refinamiento francés, matizados por leves silencios de inspiración oriental. Este enfoque, característico del cine asiático, evoca recuerdos de obras memorables como "Comer, beber, amar" (Ang Lee, 1994) o "El cocinero de los últimos deseos" (Jojiro Takita, 2017). Asimismo, la obra anterior de Tran Anh Hung, "El olor de la papaya verde"(1993), capturó magistralmente la esencia del cine asiático al explorar temas de amor y desamor, todo ello aderezado de una deliciosa muestra de gastronomía en un entorno cálido de selva tropical y monzón perpetuo.

Tran Anh Hung
Tran Anh Hung

A fuego lento tiene varias capas de lectura, la principal es evidentemente la comida, la cocina, sus intimidades, secretos ocultos, recetas antiguas, menciones de grandes gastrónomos como Marie-Antoine Carême, considerado como un pionero de la alta cocina francesa y Auguste Escoffier, que junto a César Ritz y sus grandes hoteles, construyeron un imperio del arte culinario en Europa. El origen de los gorros de los cocineros; la crudeza de la carne muerta de la caza y pesca, cuerpos abiertos, despellejados, vaciados de casquería, descamados; película no recomendable para veganos y vegetarianos o sensibles hacia los animales. El film también nos habla de una relación de amor entre un chef y su cocinera en los albores de los menús degustación, de los chefs del siglo XIX y comienzo del siglo XX. 

En un castillo rústico y cálido, un gourmet llamado Dodin Bouffant (Benoît Magimel), encarna una bestia sofisticada del alimento, tiene en su amada y bella cocinera Eugénie (Juliette Binoche), quién le baje a tierra todos los platos que él tiene en su mente. Entre ambos, existe una relación profesional y afectiva, un enamoramiento constante. A pesar de trabajar juntos 20 años, el chef no tiene el sí total de su cocinera para convertirse en su esposa, por ello, él la deslumbra y encanta con sus platillos. Mientras, pernoctan en habitaciones separadas, Dodin hace visitas furtivas a Eugénie, que no siempre encuentra su puerta abierta.

Tuve una pareja que es chef y dueña de un restaurante persa; y fui testigo de sus esfuerzos por hacer que cada plato luzca y sepa aún mejor; obsesivos con su trabajo, cocinan con devoción absoluta. Sumergidos en una investigación constante, exploraban químicamente las complejidades de cada ingrediente y su interacción, adentrándose en un mundo de sabores inagotables y en presentaciones de sus platos como cuadros. La búsqueda constante de nuevas expresiones gastronómicas, texturas innovadoras y llamativas reposterías. Su dedicación es un endemoniado esfuerzo por elevar el paladar a nuevas alturas. Complacer a un gourmet no es tarea fácil, como veremos en el film: Dodin recibe la invitación de un príncipe de Eurasia para impresionarlo con su cocinero, que lo satura con un menú interminable y barroco; y es que a veces, la sencillez de las comidas tradicionales de campo o provincias, se transforma en la mayor sofisticación en manos expertas. 

El sentido del olfato, el gusto y el tacto visual se fusionan a la perfección con miradas sutiles, un guión exquisito y la inconfundible sensualidad del director vietnamita

Ya lo decía Jean-Luc Godard"Creo que filmar a gente leyendo es una de las cosas más extraordinarias. ¿Por qué ningún cineasta lo hace?"; bien, pues esta es una película de gente comiendo y cocinando, poco más. Lo cual despierta apetitos cercanos a concursos de cocinas mundiales, de estrellas Michelin, todo un negocio para bolsillos muy pudientes. Chefs para reyes y príncipes, presidentes, actores y empresarios. Restaurantes de alto standing que dan a sus clientes, por elevados precios, una comida de dioses, pero detrás de toda esa parafernalia exquisita y creativa, se esconden muchas horas de trabajo, sacrificio, explotación de ayudantes de cocina, y esfuerzos matadores que aparecen reflejados en una magnífica Juliette Binoche, que lleva todo el peso de la cocina de Dodin. Contenida,apimentada, alegre, infatigable y agotada, pícara; manteniendo siempre una dietética de las distancias con su chef, porque en lo profundo de su ser, sabe que, de ser alcanzada su mano por él, no obtendría todo el deseo que alimenta y cocina la pasión que entre ambos se cuece.

Desde los primeros minutos de la película, el director vietnamita desata un juego hipnótico y sensual que se manifiesta a través del montaje, utilizando la comida y la cocina como elementos centrales. Aunque el comienzo podría percibirse como un spot publicitario, la película gradualmente se sumerge en las complejidades de sus dos protagonistas y amigos, revelando su hondura. La cocina es la hoguera del film, la pasión de Eugénie y Dodin se va desarrollando entre hornos y fuegos, con amigos que practican el arte de la conversación, y una pequeña aprendiz de cocinera de nueve años, Pauline, que mide las fuerzas del gourmet Dodin asintiendo o rechazando sus platos, de una precocidad en el paladar extraordinaria y la madurez de una adulta al recitar y diseccionar el contenido de un plato, recordando más de 15 sabores distintos, ante la mirada atenta del chef.

A fuego lento también enseña momentos primitivos en donde el hombre solo aspira a oler, comer, beber, degustar y tragar, como cuando todos los amigos de Dodin, cubren sus cabezas con servilletas para apreciar al máximo los aromas y vapores de los pajaritos cebados y ahogados en armagnac (brandy). Algunos dicen que es para esconderse de Dios y evitarle esa visión de crueldad y gula. Más terrenal, Maïté, la célebre chef que enseñó a los franceses a cocinar en los 80 y 90, apuntaba a una cuestión práctica: más que a Dios, la servilleta sirve para ocultar el espectáculo de una barbilla chorreante de grasa a los otros comensales. Se empieza por la cabeza, que se come de un bocado y se mastica lentamente, triturando los huesecillos ayudados por una buena copa de burdeos o borgoña. Así comienza la degustación del Escribano hortelano, el plato prohibido de la gastronomía francesa con el que aún fantasean algunos de sus más célebres cocineros. Considerado como el caviar de la caza, un manjar de reyes desde la época romana, el misticismo que rodea a esta pequeña ave migratoria y la caza furtiva la han empujado hasta el borde de la extinción, a pesar de estar vetada de las cartas de los restaurantes desde 1999.

Una de las pulsiones más fuertes de la existencia, como Jung corregiría a Freud, en eso de que no todo es deseo sexual, dado que la pulsión por comer es aún mayor, me lleva al recuerdo de una peculiar anécdota de un piloto que, casado y en el otoño de su vida, soltó una frase en la cabina del avión, en pleno vuelo sobre el Atlántico, que no olvido: "Yo ya no tengo sexo en mi vida conyugal; lo he sustituido por algo mucho mejor, la comida. Ahora, a mí sólo me interesa comer." Algo básico que se ha ido sofisticando de tal manera que nos hace olvidar el origen, como lo manifiesta Dodin en el film, que sueña en ser el primer cocinero de la humanidad, y no por estrellas Michelin; habla probablemente de un cazador que ha traído su presa a la cueva, desollándola, asándola al fuego, sazonando la carne con hierbas, evitando que se pudra con sales. Dar de comer a su familia. Este acto inicial es donde comienza la subsistencia de la cocina y la sexualidad. Probablemente éste sea el origen de la seducción a una mujer, o de ellas a un hombre, porque llevamos siglos repitiéndolo. Al invitar a cenar a alguien afuera, o cocinarle, inconscientemente, nos volvemos cazadores y potenciales proveedores, y ellas las que dan comienzo a la cocina (es curioso que actualmente haya tan pocas mujeres chefs), una lectura esencial, primitiva. Quizás, la prehistoria del amor sea la historia de la comida, de hecho, no en vano la frase: Por el estómago te conquistaré.

La fugacidad del alimento que perdura en la memoria y trasciende de generación en generación, el refinamiento del alimento se vuelve un acto cultural de la civilización

El film evoca que el comer es una fuerza que conmueve y lleva a todo el mundo a reuniones, ágapes, tentempiés, meriendas, asados, parrilladas; dialogar con amigos en cenas y almuerzos, donde nacen debates políticos, se cierran acuerdos. Confrontaciones de ideas a la guarnición de la amistad, la salsa de la seducción acompañada de caldos, al diálogo abierto y franco cuando los vinos hacen su aparición; de esto trata la película, ni más ni menos que de los buenos amigos, a los que quieres, esos que están en la mesa, y que todo amor que se pueda desarrollar en la vida, necesita un fuego continuo, brasas.

Un hogar se construye alrededor del fuego, de hecho, las casas primitivas como las tiendas de los mongoles, en el centro de sus yurtas, tienen la estufa cocina siempre encendida, un calor que mantiene caliente toda la habitación y se utiliza para calentar carnes, freír verduras. La comida no se esconde, está colgada como los abrigos de un perchero. Sí, cabritos colgados, carne cruda desollada para luego ser cocinada, igual que en el Chateau de la película, la cocina es el espacio real, mágico y locomotora de toda vida. Es allí donde siempre acaban las fiestas.

Así también, A fuego lento habla de la construcción de una profesión que entra en categoría de artistas, ¿los son realmente? ¿son poetas culinarios?, ¿Napoleones gastronómicos? es una duda que el film plantea. De ahí la fugacidad del alimento que perdura en la memoria y trasciende de generación en generación, el refinamiento del alimento se vuelve un acto cultural de la civilización, un aumento de poderes sobre la materia prima alimenticia, elevándola a nuevos lugares.

Tran Anh Hung
Tran Anh Hung

 ¿Y cómo cocina Eugénie a Dodin?, durmiendo en habitaciones separadas, generando el deseo de Dodin, movilizándolo hacia ella, que la busca en otra alcoba. ¿Acaso no se dice, entró hasta la cocina, para hablar de penetrar intimidades? Eugénie, de dar la mano al matrimonio, perdería su libertad, y las pulsiones principales del deseo saltarían por la ventana. Así, Tran Anh Hung, dibuja una relación sofisticada e inteligente, en donde los que se aman, son responsables de una cocina que Eugénie, citando a San Agustín, cuando tiene el anillo de compromiso de su gourmet, explica: “La clave de la felicidad es desear lo que se tiene”. Una despensa del amor, con una distancia dietética, que mantiene siempre a fuego lento el apetito.

A fuego lento: mantener el deseo por lo que se tiene