martes. 05.03.2024
Fotograma ‘Días Perfectos’
Fotograma ‘Días Perfectos’
 

A pesar de serme recomendada por un amigo cinéfilo, la dejé pasar en el festival de San Sebastián, donde figuraba entre sus perlas de otros festivales, al haber sido galardonada en el de Cannes. Creo que incluso llegué a tener una entrada que anulé para seleccionar el pase de otra. Confieso que la sinopsis no lograba tentarme demasiado y el caso es que no la vi gracias al Zinemaldi. Recién estrenada en salas, mi pareja me dejo muy claro que no quería perdérsela. Podía recordarnos nuestro viaje a Japón y el impacto que nos produjo su peculiar entramado social. Esa mixtura que aúna un urbanismo de lo más vanguardista con tradiciones milenarias y un envidiable respeto de la naturaleza.

Me refiero a los Días Perfectos de Win Wenders. Esta película nos familiariza con la cultura japonesa, tal como lo hace Junichiro Tanizaki con su Elogio de la sombra. La estética nipona juega con los claroscuros y es muy consciente del papel jugado por ese contrapunto de la luz que menospreciamos en Occidente. Nos encontramos ante un canto de lo cotidiano, con sus gestos reiterativos y el descubrimiento de la belleza en lo más aparentemente trivial. Admirar desde la ventana de tu dormitorio las ramas del árbol cercano. Regar cada mañana los brotes recogidos al pie de un tronco y apilados en tu casa. Escoger una canción y escuchar atentamente su letra. Ir a comer al mismo sitio donde te conocen.

La estética nipona juega con los claroscuros y es muy consciente del papel jugado por ese contrapunto de la luz que menospreciamos en Occidente

Cualquier trabajo puede ser visto como algo útil que puedes acometer con cierta fruición, fabricando herramientas especiales para hacerlo mejor con una gran dedicación. Da igual en que consista. En este caso se trata de limpiar retretes. Contra lo que vemos en otros lugares, los váteres públicos japoneses consiguen ser un dechado de limpieza, porque un espacio público lo es de todos y hay que respetarlo tanto como al privado. Los baños públicos de Tokyo siempre sorprenden por su extremada higiene y un diseño arquitectónico realmente original. Observar a la gente con que te vas encontrando es una inmersión en el mundo real, porque no hay dispositivos digitales que te alejen del primer entorno. La pausa para comer tiene lugar en el banco del parque admirando los arboles circundantes y su cambiante aspecto en función de las estaciones climáticas.

Los enseres domésticos no pueden ser más parcos. Cada fin de semana se compra un libro a buen precio y solo hay una colección de cassettes para escuchar música en el coche camino del trabajo. Como nadie los utiliza, se ha puesto de moda y tienen un precio desorbitado por su escasez, pero el aprecio hacia los mismos ahuyenta la tentación de venderlos a un alto precio. La interacción con otros personajes nos va dando pistas respecto al flemático carácter del protagonista, papel magníficamente interpretado por cierto. Nada sabemos de su pasado y eso subraya una vez más la importancia del presente cotidiano. Cuando su sobrina le habla de una próxima vez, le responde que cuenta más aprovechar el instante.

Estamos ante una película que nos reconcilia con las trivialidades cotidianas y nos recuerda que deberíamos apreciarlas como se merecen

Esta película convierte al espectador en cómplice de su trama. No estamos ante un final abierto. Cada cual debe componer con su propia imaginación todo los que se vislumbra gracias a un portentoso juego de sombras. Hay que imaginar cuanto no se muestra y solo se apunta. Juan Mayorga ha dedicado una de sus piezas teatrales al silencio. ¿Qué sería de la palabra sin el silencio? A veces no hay nada más elocuente. Tampoco la música podría existir sin las pausas del silencio. Las luces que nos permiten ver y fotografiar cualquier cosa no existirían sin la sombra. Resulta muy grato disfrutar de tanto minimalismo. El espectador se descubre dialogando consigo mismo sin darse cuenta, emulando a un personaje muy corriente que sabe disfrutar del momento y sacar partido de cada detalle por nimio que sea. Esto es lo que realmente compone nuestras vidas.

Los grandes acontecimientos la llenan puntualmente, pero los ritos cotidianos expresan aquello que hemos elegido para llenar nuestro tiempo habitualmente y conforma nuestra forma de ser más auténtica, sin farsas ni mascaradas ante los demás o nosotros mismos. Estamos ante una película que nos reconcilia con las trivialidades cotidianas y nos recuerda que deberíamos apreciarlas como se merecen, al ser la mayor parte de nuestro existir. Nos hace reparar en todo cuanto sucede cuando aparentemente no pasa nada.

Los ‘Días perfectos’ de Wenders y su complicidad mediante sus loas del silencio y la...