CINE

Crítica de '28 años después: El templo de los huesos'

Satán llama a la puerta del doctor.

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Jaime Polo | @lovacaine

Otra secuela más para el cine mainstream que consigue pasar el examen. “28 Años Después: El Templo de los Huesos” emerge como un film que prolonga la saga iniciada por Danny Boyle en 2002 y transmuta en algo más introspectivo y perturbador. Dirigida por Nia DaCosta esta entrega actúa como el eje pivotal de una trilogía que promete culminar en un cataclismo definitivo. 

Con el lema "El miedo es la nueva fe" como mantra profético, la película teje un tapiz de horror postapocalíptico donde la rabia zombi de antaño se infunde con matices sobrenaturales, invitándonos a cuestionar si la salvación reside en lo divino o en lo demoníaco. DaCosta cumple el encargo de esta “película bisagra”, preparando el terreno para un cierre con buena pinta. Nos dejan suspendidos con un cliffhanger de manual que rivaliza con “El Imperio Contraataca”. Un final que no se resuelve, sino que enciende una mecha de incertidumbre.

Es un baile con el diablo, un tango apocalíptico. Si Boyle plantó la semilla de la rabia, DaCosta la riega con lágrimas y sangre ¿qué vendrá después? solo nos queda esperar.

La película se desenvuelve casi como una antología bifurcada, dos relatos paralelos que, como ríos turbulentos, convergen en un estuario de caos. Por un lado, el mundo satánico de los "Jimmys", una legión de entidades que evocan lo infernal, encarnadas en figuras como Jimmy Crystal. Este ámbito es un vórtice de furia primordial, donde la violencia no es mera supervivencia, sino un ritual pagano que adora el colapso. Los "Jimmys" representan el descenso al averno colectivo, un eco distorsionado de los infectados originales, pero ahora imbuidos de un misticismo oscuro que transforma el apocalipsis en una liturgia de huesos y sangre. Es un reino donde el miedo se erige como dogma, y cada encuentro se tiñe de un humor enfermizo, un sarcasmo cósmico que ríe ante la fragilidad humana.

En contraposición, el arco del Dr. Kelson orbita en lo celestial, un contrapunto luminoso, aunque precario. Kelson, en su búsqueda incansable de una cura, encarna la aspiración redentora, un Prometeo moderno que desafía las tinieblas con la promesa de restauración. Su "relación chocante" se convierte en un espejo alegórico de la dualidad humana: ¿es el amor, o la fe, un bálsamo o una trampa?

La película se desenvuelve casi como una antología bifurcada, dos relatos paralelos que, como ríos turbulentos, convergen en un estuario de caos

DaCosta no sólo hereda la semilla plantada por Boyle en 28 Días Después, sino que la hace florecer en un jardín propio, menos ambicioso en escala quizá, pero más audaz en su intimidad. Su dirección inyecta una furia ebria de melancolía, donde la violencia se entreteje con alucinaciones que cuestionan la realidad. Hay un sentido del humor retorcido que permea las escenas más crudas, un guiño irónico que alivia sin diluir el terror. Y para los devotos del heavy metal, un triunfo colosal al final. 

El Templo de los Huesos es un baile con el diablo, un tango apocalíptico. Si Boyle plantó la semilla de la rabia, DaCosta la riega con lágrimas y sangre ¿qué vendrá después? solo nos queda esperar.

Imprescindible para quienes buscan terror con sustancia.