'Calle Málaga': una casa en Tánger
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Fran Nieto
Carmen Maura es una figura legendaria de nuestro cine. Ha ganado cuatro premios Goya, un César y tres Premios del Cine Europeo, el tercero de ellos por su trayectoria. Se hizo famosa principalmente por sus papeles en las películas de Pedro Almodóvar. Ahora, en su primera película en español, Calle Málaga, la directora marroquí Maryam Touzani le ha escrito un papel que rara vez se ofrece a una actriz de su edad. Maura cumplió ochenta años el pasado septiembre, y aquí demuestra una vez más, de forma impresionante, por qué es una de las grandes actrices del cine europeo.
María Ángeles (Carmen Maura) ha pasado toda su vida en el barrio español de Tánger, ciudad portuaria marroquí. El apartamento donde ha vivido durante décadas es mucho más que un simple lugar para vivir: es el centro de su vida, su memoria, su hogar. Pero su hija Clara (Marta Etura), que lleva mucho tiempo viviendo en España y atraviesa dificultades económicas, toma una decisión que rompe con este orden: vende el apartamento de su madre. A regañadientes, María se muda a una residencia de ancianos, mientras que sus muebles se venden al anticuario Abslam (Ahmed Bouhane). Sin embargo, la anciana no permanece allí mucho tiempo. Regresa en secreto a su antiguo apartamento y comienza a amueblarlo de nuevo. Al mismo tiempo, intenta poco a poco recuperar sus muebles, precisamente de Abslam, a quien inicialmente considera un canalla. A partir de sus negocios, surge lentamente una estrecha relación entre ambos.
La película se centra una vez más en un personaje marginado: una anciana a la que su propia hija obliga a abandonar su apartamento
La película se sostiene principalmente gracias a la presencia de la diva almodovoriana. Maura interpreta a esta María Ángeles terca, vulnerable, orgullosa y, a la vez, con una asombrosa sed de vida y con una entrega física total. Su actuación nunca es complaciente ni sentimental. Cuando María se enfurece, se enfurruña, hace trampas o reclama desafiantemente su apartamento, resulta a la vez divertida y conmovedora.
Pero más allá de esta interpretación crucial, Touzani ofrece una película de notable seguridad. En sus dos primeros trabajos, Adam y El Caftán azul, exploró figuras marginadas de la sociedad marroquí —una mujer soltera embarazada y un hombre gay— al tiempo que abordaba la desaparición de las culturas artesanales tradicionales. En Calle Málaga, centra ahora su atención en otra minoría de su ciudad natal, Tánger: la comunidad española, que forma parte de la ciudad desde hace generaciones.
La película se centra una vez más en un personaje marginado: una anciana a la que su propia hija obliga a abandonar su apartamento. Clara tiene razones perfectamente comprensibles para hacerlo. Sin embargo, dado que la película se narra consistentemente desde la perspectiva de María, esta decisión resulta inicialmente brutal. Explora temas como la autonomía en la vejez, la dignidad y la cuestión de quién controla la vida de las personas mayores.
La historia se divide claramente en tres partes. Inicialmente, el conflicto entre madre e hija cobra protagonismo. La alegría de su reencuentro se transforma rápidamente en una dura confrontación, aunque María finalmente cede. En la segunda parte, la película casi se convierte en una comedia. La vida cotidiana de María en la residencia, su rebeldía contra la rutina institucional y su regreso secreto a su antiguo apartamento se retratan con un agudo sentido del humor situacional. En general, la película posee un tono sorprendentemente ligero que nunca eclipsa sus temas más serios.
En el último tercio, el film da un giro inesperado: la relación comercial, inicialmente reticente, entre María y Abslam se transforma en una historia de amor. Touzani la narra sin falsa modestia. María y Abslam se convierten en pareja, y la película lo muestra. Los cuerpos de ambos ancianos no se mantienen discretamente fuera de plano. Carmen Maura y Ahmed Boulane se desnudan, se besan y duermen juntos. Esto no es ni subversivo irónico ni sugerente, sino sorprendentemente natural. Aquí reside precisamente una sutil provocación: el cine muestra innumerables escenas de amor, pero casi ninguna entre personas mayores de setenta años.