Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna
Arturo Prins | @prinsarturo
Las amplias generalizaciones son muy odiosas, pero en ocasiones, esconden medias verdades, sino grandes. No es fácil distinguir entre la realidad y su expansión, entre la experiencia vivida y su exageración, entre las críticas populares y su radicalización: la caricatura. Sin embargo, pocas herramientas resultan tan eficaces para comprender una sociedad como aquellas que se permiten deformarla. La caricatura no miente: exagera para revelar. Desde las viñetas gráficas hasta la gran tradición de la comedia cinematográfica, el humor ha servido históricamente para exponer las miserias humanas con una precisión que la solemnidad rara vez alcanza. Homo Argentum (2025), dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat, se inscribe con claridad en esa genealogía: la del retrato satírico que incomoda porque reconoce, que hace reír porque duele.
La película construye un mosaico de escenas aparentemente autónomas que, vistas en conjunto, componen una radiografía feroz o amarga del carácter argentino contemporáneo. Prima hermana de la película Relatos salvajes (2014) Dirigida por Damián Szifrón, aquella se centraba más en la violencia de los argentinos. En este film, vamos a jugar con sus miserias. No se trata de una acusación moralista ni de un panfleto ideológico, sino de una exposición insistente de ciertas constantes: el clasismo larvado, el racismo cotidiano, el egocentrismo como forma de supervivencia simbólica, el narcisismo nacional, verbal, el apetito desmedido por la validación externa, la tendencia a prometer más de lo que se cumple, el doble discurso, la hipocresía como lubricante social. Todo ello no aparece como anomalía, sino como hábito.
Homo Argentum es una película divertida y dolorosa. Duele como una verdad dicha con la anestesia de la comedia
Uno de los grandes aciertos del film es su punto de partida conceptual: los argentinos pueden ser grandes individuos, pero como comunidad fracasan una y otra vez en la construcción de un proyecto común equilibrado, estable. La historia cultural del país ofrece figuras indiscutibles, luminarias como: Xul Solar, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges o José Hernández, autor del Martín Fierro; Astor Piazzolla, El Gral. San Martín, que encarnan excelencia artística, intelectual, ética, política y simbólica. Sin embargo, esa grandeza individual no se traduce en una estructura colectiva sólida. La película retrata una realidad social marcada por la fragmentación, la desconfianza y la competencia permanente.
Argentina es una nación joven, con poco más de dos siglos de historia independiente. Esa juventud, lejos de ser una excusa, funciona aquí como clave interpretativa: la inmadurez en muchas de nuestras soluciones vitales y prácticas en la vida cotidiana, la picaresca, la trampa, la astucia al servicio del oportunismo. Cohn y Duprat no buscan el alma metafísica del argentino, sino indagar en su personalidad social, su idiosincrasia: aquello que se aprende, se imita y perpetua. Siempre me llama la atención cuánto insultan, y lo fácil que tienen en el verbo la coletilla de las malas palabras, a muchos les parece gracioso ese llenarse la boca de palabras hostiles, nula gracia. Quizás no sea un fiel retrato de todos los argentinos, y quizás más de nuestra neurótica Buenos Aires, de los porteños, llamados así a sus habitantes. En ese sentido, Homo Argentum no describe una esencia, sino un hábito. Y los hábitos, como sabía Aristóteles, son más difíciles de erradicar que los vicios conscientes.
Por eso la película incomodó a muchos. Fue leída, especialmente por ciertos sectores de la izquierda argentina, como un ataque político. Pero ese es un error de enfoque. Homo Argentum no es una película “contra” una ideología, sino una obra profundamente autocrítica con todo tipo de seres, de derechas o de izquierda, ricos y pobres, no queda títere con cabeza. No señala enemigos externos, sino deformaciones internas. Y ese gesto, el de mirarse sin complacencia, suele generar rechazo en sociedades acostumbradas a explicarse siempre por la culpa ajena. Sin ir más lejos, un amigo argentino, me dice: los porteños somos lo mejor del País. Como si todo fuera siempre una eterna competición entre los nativos y los inmigrantes, entre los de Maradona o los de Messi, los del interior o los de la ciudad, los de River o Boca, los de color de piel oscura, llamados negros o grasas, o los cultos, los iletrados, los manipulados por la política, y los oligarcas de toda la vida. Saquen ustedes sus conclusiones viendo la película.
El film retrata con especial crudeza figuras institucionales degradadas: curas que predican compasión mientras ignoran el hambre real; abuelos que transmiten al nieto una lógica de envidia y superioridad social a través de un juguete traído de Miami; relaciones familiares atravesadas por el dinero, el estatus y la comparación permanente. La pobre doméstica (mucama) que cuando adquiere poder, se convierte en una pequeña tirana. Cada cuento funciona como una pequeña fábula moral sin moraleja explícita.
La herencia italiana, especialmente del sur, aparece como un trasfondo cultural decisivo. Argentina recibió una inmigración masiva que aportó trabajo, lenguaje, gestualidad y sensibilidad, pero también ciertas formas mafiosas de entender el vínculo social: el favor, la deuda, la lealtad interesada, el tráfico de influencias, la extorsión, la corrupción como red de supervivencia. No se trata de una acusación histórica simplista, sino de reconocer que Argentina es un país construido por múltiples individualidades y grupos culturales dispares, de inmigrantes en modo de supervivencia extrema hace un siglo y medio. Italianos, españoles, judíos, libaneses, turcos, los propios indígenas autóctonos del país; y sin una ética común consolidada. Todo esto tiende a un desorden, hacia una organizarse en un sálvese quien pueda, donde en muchas ocasiones se desprecia al otro por pactos informales antes que por un sentido ético fuerte. Pero, paradójicamente, y en el film queda retratado, el argentino puede ser humilde, sencillo, generosos, abierto, culto, profundo (ese psicólogo interior que lleva consigo siempre), capaces de comprender las dificultades ajenas. El argentino sabe hablar, sabe manejar las palabras y tiene cultura e intelecto.
Resulta llamativa, sin embargo, una omisión: la comunidad judía, central en la historia cultural, económica y simbólica argentina, no aparece bajo ningún modelo caricaturizado. En una obra que aspira a una radiografía nacional, esa ausencia genera una zona ciega que merece ser señalada. ¿Por qué no hubo un atisbo de vacilarlos como lo hace Woody Allen con los suyos?
El tono general que deja Homo Argentum, es amargo. Bajo la comedia late un dolor persistente: el de no estar a la altura de lo que se dice ser. El de la incoherencia entre pensamiento, palabra y acción. Y es aquí donde la película me lleva a recordar a José Ortega y Gasset. El filósofo español visitó Argentina en varias ocasiones entre 1916 y 1930, especialmente durante sus estancias en Buenos Aires en 1928 y 1930, cuando dictó conferencias y escribió ensayos decisivos sobre la sociedad argentina. Fue en ese contexto donde pronunció su célebre exhortación: «¡Argentinos, a las cosas!». La frase no era un insulto, sino una advertencia. Ortega percibió una hipertrofia del discurso, una brillantez verbal que no se traducía en acción concreta. Un país extraordinariamente capaz de explicarse a sí mismo, pero torpe a la hora de ejecutar.
“Hacer” frente a “decir”. Acción frente a retórica. Esa tensión atraviesa Homo Argentum como una línea subterránea. El argentino tiene verborrea, argumenta, seduce, promete o amenaza. Pero a menudo no hace, o se desdice, esa histeria tan singular con la que se nos maldice a los bonaerenses. El homo Argentum, Chamuya: alguien hábil con las palabras para convencer, seducir o engañar a otros, especialmente en temas amorosos o para sacar ventaja personal, usando frases halagadoras. Genera expectativas que luego no se sostienen en hechos. Ortega lo vio hace casi un siglo. Cohn y Duprat lo filman hoy.
Conviene matizar: el Homo Argentum que retrata la película es, sobre todo, urbano, el hombre de campo no aparece. Buenos Aires como teatro de las vanidades. El país profundo, el interior, conserva otras lógicas: menos clasismo, menos teatralidad, mayor humildad o recelos de otra índole. La película lo sugiere, aunque no lo desarrolla. El deseo de riqueza y materialismo que atraviesa a los personajes parece vinculado a una experiencia histórica de escasez, de crisis recurrente, de inestabilidad económica crónica, sino de hambre.
La recomiendo especialmente a expatriados, inmigrantes y argentinos lejos de casa; los animo esta Navidad a que se llenen de argentinos en sus vidas, porque les darán mucho jugo
La figura del presidente mudo es uno de los golpes más certeros del film. Un líder como el nuestro, o muchos que tuvimos, que no deja de hablar en público y por la televisión cada seis meses, omnipresente en los medios. Mucho ruido, mucho tuit, pero poco sentido del tacto y la empatía con las clases más desfavorecidas y la cultura. Propaganda que se queda muda en un: - ¡Sacáme de acá! Así, la sátira alcanza una dimensión casi trágica: el poder reducido a performance vacía.
Uno de los momentos más conmovedores es el reconocimiento del éxodo: jóvenes que emigran, padres que quedan, familias que duelen las partidas de sus hijos, ya sea a otro continente, o de sus propias casas. La pérdida del futuro como herida silenciosa. Allí la comedia se suspende y aparece el desarraigo del que emigra, o el duelo del que se queda.
Los ricos y poderosos, por su parte, buscan experiencias entre los pobres como estímulo emocional-vivencial. La miseria ajena como entretenimiento. Los retratos son grotescos y devastadores, porque exageran… ¿o no?
Ni siquiera el mundo del arte se salva. Los cineastas premiados en festivales internacionales aparecen como ególatras racistas cuando deben enfrentarse a realidades que contradicen su discurso progresista. El arte como pose, no como ética. Cohn y Duprat se incluyen en la crítica, dado que conocen bien el ambiente artístico, lo cual le da al film una honestidad brutal, como ya lo hicieran en su film El Artista, (2008), demoledora obra que los invito a buscar en internet y a disfrutarla, porque allí, evidentemente, se retrata con mucho silencio, con menos recursos fílmicos y gran austeridad, cuáles son los clichés de los argentinos y la doble moral que practicamos. Un retrato tremendo del mundo del arte contemporáneo, de la hipocresía y banalidad del arte moderno, que también se retrata en esta película y en la serie Bellas Artes (2024), explorando la condición humana con ironía y humor negro, en el mundo de la cultura. Gastón y Mariano trabajan mucho con los clichés de la clase media-alta argentina y la baja cultura, los artistas, aparentemente exquisitos y refinados, pero que por dentro hacen agua por todos lados, como en Ciudadano ilustre (2016) o El hombre de al lado(2009).
Como toda gran comedia, Lubitsch lo sabía muy bien, Homo Argentum no busca humillar, sino revelar. Funciona como un diván colectivo de una hora y cincuenta minutos. No para juzgar, sino para detectar. Porque detectar es el primer paso para transformar. Y no sólo el excelente trabajo del protagonista Guillermo Francella, en sus camaleónicos personajes hablan de los argentinos, sino todo el elenco de secundarios, que replican, y dan campanadas fuertes de nuestra personalidad. Complejos o básicos, fantásticos todos, multiplican las complejas aristas de Homo Argentum.
Argentina es resistencia. Adaptación. Verborragia. Cultura. Inteligencia. Somos capaces de soportar el frío, el calor, la crisis, la precariedad y desastrosos políticos. Pero seguimos postergando el momento de hacer. Por eso Ortega sigue vigente. “Argentinos, a las cosas” no es una consigna del pasado: es una urgencia del presente.
Homo Argentum es una película divertida y dolorosa. Duele como una verdad dicha con la anestesia de la comedia. La recomiendo especialmente a expatriados, inmigrantes y argentinos lejos de casa; los animo esta Navidad a que se llenen de argentinos en sus vidas, porque les darán mucho jugo: riqueza y miseria, todo unido en una gran comedia.
A veces hace falta distancia para verse o reconocerse. Porque el problema nunca fue lo que decimos ser, sino lo que hacemos, o no hacemos, con ello.



