'Anselm': la muerte fue un maestro en Alemania
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Arturo Prins | @prinsarturo
"El arte nos hace felices y libres, o debería hacerlo, y en la medida en que el arte sea fuente de esas cualidades, todos los que se ponen a su servicio, incluso del modo más ridículo, tienen mi admiración o simplemente mi respeto." Ángel González García
Difícilmente Anselm Kiefer podría encajar en la categoría que define nuestro gran crítico español e historiador del arte.
El documental de Wim Wenders, Anselm (2023), se abre con travellings circulares que nos sumergen en los paisajes boscosos de la Provenza francesa, vestidos de novias que pueden ser hijas de la naturaleza, novias enjauladas, de colas tentaculares, cabezas atómicas, constructoras, en definitiva, desposadas dentro de la naturaleza. Esculturas de Anselm Kiefer en la que nos deja instancia de mujeres potentes de la historia, Octavia, Popea, Julia Mesa, Helena de Corinto o Safo, son las mujeres olvidadas, pero ellas, no olvidan nada.
El lenguaje es la casa del Ser, escribió Paul Celan, y en este film, el taller de Kiefer es su Ser, su hogar.Celan, poeta judío-rumano de habla alemana, que Anselm no deja de citar, considerado por la crítica internacional como el más grande lírico en alemán de la segunda posguerra. La relación del poeta con Heidegger —marcada por la tensión entre admiración y desencanto ante la falta de arrepentimiento del filósofo por su vínculo con el nazismo— resuena en la obra de Kiefer, de hecho, el artista nos enseña un cuaderno gigante de pintura dedicado al filósofo alemán, donde va desvelando su cerebro, y su metástasis cancerígena, que lo va inundando todo en un barro oscuro, profundo, la oscuridad que lo devoró.
Kiefer es uno de los artistas alemanes posteriores a la Segunda Guerra Mundial más conocidos, pero también de los más controvertidos. Famoso sobre todo por sus pinturas matéricas, en su obra, Kiefer afronta el pasado y toca temas tabú de la historia reciente alemana, sobre todo del nazismo. Para pintar el cuadro Margarethe, por ejemplo, se inspiró en uno de los poemas más famosos de Paul Celan, Todesfuge (Fuga de la muerte), escrito a partir de su experiencia en los campos de concentración. Pintor de la desolación, de los espacios cerrados, destruidos y perdidos en la guerra. Pintor desde la infancia, conectado con la naturaleza, la casa, los templos, el cosmos, trabaja con los elementales del fuego, del agua y de la tierra. Pintor rústico, que con el paso del tiempo se ha vuelto más oscuro y pesado. Fue animado y protegido por el famoso artista conceptual Joseph Beuys en la Academia de Bellas Artes de Düsseldorf. La película en forma silenciosa va desvelando las capas del complejo pintor monumental neo-expresionista alemán.
La cámara-dron de Wim Wenders juega con los espacios enormes del estudio de Anselm Kiefer, los va esculpiendo, moviéndose a través de él, haciéndole el juego a la luz natural, dando sentido a la dimensión de esta obra gigantesca, muchos murales son de 10 metros de ancho o más. El director alemán hace su trabajo desde una distancia apropiada, utiliza a Anselm como actor en su film, lo coloca semidesnudo en el suelo, como uno de sus grandes cuadros: postrado en tierra ante el cosmos. Wenders nos deja a solas con el pintor, y así habitar sus obras, sus pensamientos. Anselm se pasea en bicicleta por su gigantesca fábrica de obras más que estudio. Trabajan como en una forja mitológica: el artista fumándose puros como un banquero, rodeado de asistentes que llevan a cabo sus órdenes a la hora de echar metal fundido sobre sus piezas o echar agua con mangueras para apagar los fuegos de Anselm. Retrato del poder en el mundo del arte contemporáneo. Sus últimas pinturas son tristes como su rostro, invernales, paisajes de una desolación orgánica, como si la naturaleza hubiera fallado, o estuviera carbonizada, emparrillada, densa y gris. Un pesado amor por lo terruño, alla maniera de la devastación, de gran impacto; este señor es un pintor como la copa de un pino, pero el éxito puede alimentar delirios y sombras muy pesadas...
“Polvo eres y en polvo te convertirás y sobre vuestras ciudades crecerá la hierba”, son las frases que cita Anselm del Génesis bíblico, y podríamos decir que es precisamente lo que sus cuadros ya representan, cenizas, tierra lunar, el frío sideral. Pero anticipadamente, porque él ya está pintando el polvo final, el desaliento, la fuerza que acababa en tierra quemada; pesadas y duras capas de óleo gris. En definitiva, la corteza terrestre, pero sin hierbas, sin girasoles vivos como los que pintaba su admirado Van Gogh; los que utiliza Anselm en sus cuadros, están chamuscados. Su paleta de colores, marrones, negros y grisáceos; sus estudios y obras parecen un Auschwitz o Dachau.
Kiefer juega con los mitos profundos de dioses nórdicos, o la mitología asirio babilónica sobre Lilith, esa gran mujer olvidada de la historia que se enfrentó al patriarcado, abandonando a Adán, escapando al infierno, porque no la permitía estar encima de él; rescata estas fuerzas escondidas, muchas de las cuales el nazismo utilizó en la creación de su estética e ideales. Hijo de un padre soldado de la guerra, puede que su conciencia con el pasado le haga replantear a los alemanes quienes eran, qué fue la invasión europea, pero este coqueteo ambiguo con el pasado, podría llevarnos a cuestionarle: ¿lo utilizas para provocar y ganar en el extranjero muchísimo dinero e ir a contrapelo de una Alemania en detox de su pasada guerra? ¿O te pone cachondo ciertos símbolos del pasado Nazi? Como cuando se autorretrata fotográficamente en su proyecto de fin de carrera que se tituló Besetzungen (Ocupaciones), por ciudades emblemáticas de Europa con el brazo tieso y alzado, parodiando el saludo nazi ¡Sig Heil!. Jugar con símbolos, cenizas, o fábricas con agujeros donde asciende el humo, puede recordarnos las cámaras de gas. Su estudio podría parecer un museo de un campo de concentración, y el quemando sus cuadros ¡con lanzallamas!, un soldado de la Wehrmacht castigando sus obras. Un buen artista amigo me comenta, “Anselm hace boxeo en su estudio, choca con la obra. La rompe, quema, funde, gasea, inunda. Después la acaricia. La cura, la sana”.
Trabaja sobre la devastación, con el poder de ser un grandísimo escenógrafo, un creador de espacios que tienden siempre al fin, a los escombros. Pareciera que Anselm tiene predilección por estar en el cuarto de los niños malos, como inicialmente en la película nos enseña en uno de sus dibujos de la infancia, recordar que él era castigado por sus padres a estar preso en esa habitación, que poéticamente visitará a sus 79 años de la mano de Wim Wenders.
Anselm trabaja en el documental haciendo de actor de sí mismo, pega pegotes de pintura, retoca, azota cuadros con espátulas gigantes, esculpe a fuego, y paseando por su estudio repasa sus trabajos de años. Wenders recrea en las paredes de su taller de Francia, filmaciones antiguas en blanco y negro del propio artista recibiendo premios como el Jean Walter, y su fascinación por Van Gogh. No por nada, en sus obras, no dejamos de ver girasoles, que en sus cuadros los tiene todos muertos, disecados.
Una de sus series pictóricas más bonitas son sus constelaciones. En ellas, anida la fuerza de la naturaleza, su fusión del cosmos y la tierra, un demiurgo de dimensiones mastodónticas. Bellísima su pieza 'Las célebres órdenes de la noche', autorretrato desnudo ante el cielo de estrellas, un ángel caído, un creador ante la creación. Sin embargo, un invierno desolador habita su corazón. Según nos cuenta Anselm, la gente busca ligereza y rehúye las cargas, no quieren ver la pesadez, el abismo. En un momento del film, confiesa que somos nada y que la nada es fundamento del ser, y que es inevitable no pensar que el fracaso siempre será una parte integral del todo, La insoportable levedad del ser. Y sí, puede recordarnos a Caspar David Friedrich (1774-1840), el gran pintor romántico alemán, que pintaba paisajes sublimes y sobrecogedores de una naturaleza inquietante, pero en el caso de Kiefer, hay una visión pesimista de la existencia que lo vuelve un artista de la destrucción, de los bombardeos, de piezas oxidadas, torres de cemento apiladas en cubículos fracturados. Un místico del derrumbe, esa muerte que provocó Alemania por toda Europa y finalmente la asoló. Un muerto que deambula y no figura en ninguna parte. La muerte que fue un maestro en Alemania, parece habitar al artista.
Win Wenders, con una fotografía exquisita, arropa todo el universo visual y mental que habita en Anselm. Como escultor, tiene una fascinación excitante sobre los artefactos de matanza, como submarinos de la Alemania nazi y los aviones bombarderos. Efectivamente, puede ser el rey de la muerte en la pintura, oscureciendo, carbonizando, quemando todo a su paso, un mundo hostil y oscuro, como lo que enseñó en el Palazzo Ducale de la Bienal de Venecia del 2022, por donde se pasea con una gabardina negra cual ángel cegador, que me hace recordar un fragmento del tríptico del Jardín de las delicias del Bosco, por supuesto, el infierno, pero sin gente ni fuego: ropas carbonizadas, guadañas, submarinos oxidados, féretros y palos quemados, todo chamusca. En lo alto de sus murales, una esfinge dorada. Una escalera de madera pegada a un mural, por la cual yo saldría escapando de ese palacio. Dice que se siente un hombre desterrado, se nota que lo está.
Es inevitable el influjo de los recuerdos del bombardeo masivo de la II Guerra Mundial sobre Berlín, que asoló todo el paisaje y donde él recoge toda la fuerza de su obra; del trauma de la destrucción de esa ciudad, de esos edificios que quedaron totalmente en ruinas, mermados, donde sus habitantes habitaban pisos sin paredes. Sí, allí jugaban, dormían, existían. En una licencia poética, Anselm camina con un tallo de girasol como contrapeso de equilibrista, sobre una cuerda floja. Win Wenders se da el lujo de colocar a Anselm como un funambulista sobre un Berlín totalmente derruido. No olvidemos que este trauma también lo comparte el director en su film "El cielo sobre Berlín" (1987), donde podemos notar que son compañeros de generación, con las mismas ansiedades traumáticas. Así recrea el director alemán la infancia de Kiefer, con un niño que acompaña al viejo pintor y lo consuela leyendo poemas de Paul Celan.
Las alas del deseo, que es la traducción en inglés del film Der Himmel über Berlin (1987) de Wenders, puede recordarnos a la escultura de Anselm de grandes alas que corona un monte francés en su estudio museo en La Ribotte, Barjac. Con esta pieza esperanzadora se cierra el film, un moderno caduceo. Por debajo, la serpiente de la materia, de la ignorancia. Arriba las alas del Ángel Solar, todo Lucifer caído en encarnación, Anselm Kiefer… todos nosotros.