jueves. 04.06.2026
ENTREVISTA CULTURAL

“Cuando haces saltar por los aires los puentes del pasado, ya no hay vuelta atrás”

Ricardo Gómez presenta “Patria, la buena” (Autsaider), una novela negra que transcurre en los años más cruentos de ETA y los GAL, hilvanando realidad y ficción con buenas dosis de crítica social y humor, como apunta su título.

Ricardo Gómez
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Entrevista de Óscar Vegas

La acción de la novela se inicia en San Sebastián, en 1985, en los aledaños del cuartel de Intxaurrondo. Un camello de menudeo, que estaba allí por cuestiones del oficio, asiste como testigo circunstancial a una sesión de tortura con fatal desenlace. Consciente de que no debería haber visto ni oído nada de eso, decide huir a Francia, donde a las pocas horas de llegar será asesinado accidentalmente por los GAL. Así comienza “Patria, la buena”, un relato que nos sumerge en los años de plomo, en sus circunstancias políticas y sociales, y en su cotidianeidad más absoluta en una novela plagada de referencias a asuntos domésticos y de cultura popular del momento. No en vano, el eje de la historia es el programa concurso “Un, dos, tres, responda otra vez”, al que acudirá a participar una pareja de miembros de ETA. La perfecta trabazón entre los sucesos reales y la ficción han convertido a “Patria, la buena” en la novela negra sorpresa de la temporada. 

La lectura de la novela negra me ocupa su tiempo, claro, pero procuro leer de todo un poco, o al menos lo que me dé tiempo. Leer un libro no es como ver una película

Óscar Vegas | Como autor, ¿le ha pasado como a los lectores novela negra, que se enganchan y pasan a leer solo este tipo de novelas -escribirlas, en su caso-?

Ricardo Gómez | Las anteriores, de los cuatro libros, tres de ellos son novelas negras (Gooolpe de vista, El fin justifica los miedos, Los crímenes de la vuelta 83). Y justo el que precede a “Patria, la buena” (Bicis drogas oficinas) es más una especie de ensayito autobiográfico con mucho humor negro, sinceridad a raudales, ciclismo, lucha obrera y el tedioso mundo laboral con una pizca necesaria de resentimiento. En general, la lectura de la novela negra me ocupa su tiempo, claro, pero procuro leer de todo un poco, o al menos lo que me dé tiempo. Leer un libro no es como ver una película. 

¿Qué se va a encontrar el lector de “Patria, la buena” tras ese colorido Jardín de las delicias que es la portada, a rebosar de policías, etarras y concursantes de televisión, valga la redundancia?

Es posible que pueda sorprender, sobre todo al lector más clásico del género negro que espera encontrarse con otra novela más, ¿cuántas van ya?, de esas con el recurrente “un secreto familiar acaecido años atrás”. Pues no. Aquí hay una trama negra, por supuesto, y además humor (con amor y desamor). También un recorrido político nada panfletario y ausente de nostalgia por una España de mediados de los ochenta salpicada por la corrupción policial y una reconversión industrial que obliga a trabajadores extremeños que viven en el País Vasco a regresar a una tierra, Extremadura, que ya dejó de ser la suya hace años. Y ahí irrumpe uno de nuestros protagonistas, Ángel, también de familia extremeña, con unas ganas locas de vengar a su hermano muerto de manera casual por los GAL, por lo que termina enrolándose en ETA. La suerte y el destino le llevan a participar con su pareja en el concurso más visto de la historia de la televisión; el Un, dos, tres… responda otra vez. Es la ocasión perfecta para colaborar en tareas logísticas con el comando Madrid, porque… ¿Quién va a sospechar de unos simples concursantes del programa más visto de la tele? Todo se complica cuando la organización le dice que se quiere quedar con el premio del apartamento en Torrevieja y un alto mando policial le obliga a hacer caer al jefe del comando. Ángel sabe que las dos cosas a la vez no se pueden dar y su plan de vengar a su hermano se complica. Y como diría Mayra… hasta aquí puedo leer.

Antes de empezar con la novela, vamos con los títulos. Y no me refiero solo a “Patria, la buena”, sino al de todos y cada uno de los capítulos. Tienen la potencia de un setlist de los buenos: La familia no recibe, Hasta que llegó su hora, Siempre igual, Masacre: Ven y mira…

Va un tópico; me alegro de que me hagas esa pregunta, pero es que es verdad. Creo que es importante un buen título; lo mismo para una canción, un grupo, un libro o un capítulo de una novela, evitando a poder ser parecer un tío petulante de esos que necesitan sacarle punta a todo para resultar más interesante. El título de “Patria, la buena”, como las mejores secuencias de acordes que dan lugar al estribillo de una canción, surge casi de la casualidad. Cuando determiné que los protagonistas iban a ser de Hernani, me dije, ostras, pues “Patria, la buena”. Y para los títulos de los capítulos me gusta elegir algo que me inspire y me motive a seguir adelante, lo cual aprovecho para mostrar cierta admiración, a veces provocación, hacia lo que esconda el título, como en Masacre: Ven y mira… la gran película de Elem Klimov y que se presentó como en la novela, en el festival de cine de San Sebastián de 1985. Otro ejemplo es el capítulo de Hasta que llegó su hora, que lo escribí con la BSO de Morricone que da el título a la película de Leone, una de mis favoritas. Precisaba sugestionarme a fondo para un capítulo tan relevante como ese.

Este libro tiene ese punto, que además de negro, es tan gótico, que a veces pareciera querer rozar lo sobrenatural, pero sin querer

Al comenzar “Patria, la buena” parece que va usted a hacer daño. Sin voluntad de hacer espoilers, pero a cada poco que el lector se encariña con un personaje, va usted y se lo carga.

También me duele, claro. Decía Rafael Chirbes que “la impresión que se tiene sobre una persona se modifica tras la muerte”. Durante el proceso de escritura ha habido momentos en los que, como autor, sé que debe morir tal personaje. A veces me cuesta un mundo, pero es inevitable. Sé que a ese personaje se le querrá más una vez fallezca. Tampoco soy de los de montar una carnicería. Es curioso cómo Ángel, de tener muy claro que debe vengarse, poco a poco se va aplacando porque las cosas no son tan sencillas. El paso del tiempo y el deseo de justicia chocan como un tren de mercancías contra la búsqueda de la paz interior. El problema es que cuando haces saltar por los aires los puentes del pasado ya no hay vuelta atrás. “No sé lo que pretendes, pero mi intuición me dice que saldrá mal. Siempre sale mal”, le dicen a Ángel.

Tiene ritmo, tono y ambiente propios, utiliza de una forma muy sincronizada todos los elementos y personajes de la trama, además de deparar buenas sorpresas… ¿Qué autores o lecturas marcaría como referentes, cuál es su escuela?

Un poquito lo que contaba al principio. Claro que hay una inevitable influencia de la novela negra, aunque no soy el típico de “solo leo determinado género”. Esta novela no la hubiera escrito, o al menos de esta manera, si no hubiera leído “Carta de una desconocida” de Stefan Zweig y no me hubiera impactado la determinación y la paciencia infinita de la mujer que escribe esa carta ante un amor no correspondido. También Murakami, que me gusta más en la faceta de ensayista, con ese humor de baja intensidad. Es un tío que me cae muy bien, sobre todo porque suele caer bastante mal. Dostoyevski es imprescindible para entender la psicología de las mentes atormentadas. Otro tanto, Kafka. Y sobre todos, Santiago Lorenzo. Un referente literario, tanto por su calidad como por su honestidad. Un señor tranquilo enamorado de la escritura y al margen del ruido mediático. Evidentemente, para los más viejunos y avispados, está el guiño a Richard Bachman, seudónimo con el que Stephen King publicó “El fugitivo”, al que hago referencia en uno de los capítulos como una similitud con lo que le sucede al protagonista de “Patria, la buena”. Es que la novela de Bachman (publicada en 1982) transcurre en 2025 en un Estados Unidos distópico con un gobierno autoritario, donde la televisión bate récords de audiencia en un concurso televisivo, cuyo principal atractivo es la muerte de sus participantes. Es que no me fastidies, a huevo… 

Convive con esta escritura bien construida un componente gamberro que subraya momentos de escatología y feísmo que insuflan humor y realidad a un tiempo… a la vez que cuenta con personajes, digamos, irreales o como mínimo, lynchianos.

La escatología y el feísmo son necesarias, pero en pequeñas dosis. Es como pisar mierda con las zapatillas, que el efecto es mayor cuando se pisa poco y es casi imperceptible. Con el personaje lynchiano, me refiero al enano, a riesgo de que me dijeran “lo has copiado de Twin Peaks”, mi enano existió realmente y me produjo cierta turbación. Lo conocí de niño, finales de los setenta, pasando las vacaciones con mi familia en Vigo. Recuerdo que vi aparcado un Mercedes Benz con unas palancas, en vez de volante. Un familiar me contó que era de un enano. Me lo dijo en voz baja, y eso me dio mal rollo. Al día siguiente vi pasar el coche, despacio, y sin ningún motivo aparente se me heló la sangre. Aquel recuerdo se quedó ahí, hibernando, como el sórdido curandero de la novela que hace sonidos guturales con la boca. Realmente sucedió. Quizás fuera durante esas mismas vacaciones, pero me llevaron a un puto curandero de Redondela para ver si por fin dejaba de mearme en la cama. Cuando el curandero empezó a hacer sonidos guturales me dio la risa floja del miedo. Por supuesto que seguí meándome en la cama hasta más mayor, pero al menos su recuerdo me sirvió para “Patria, la buena”. Esas cosas chungas son material literario tope de gama y hay que aprovecharlas. Ya más reciente, y como influencia no del todo literaria, está la música. De ahí rescato a “El Desvän del Macho”, sí, sí, con diéresis, un grupo after punk muy oscuro con unas letras de la hostia que me han ayudado a darle cierta atmósfera al libro. Admiro mucho a su compositor, José G. Izcue, con el que me llevo muy bien. Este libro tiene ese punto, que además de negro, es tan gótico, que a veces pareciera querer rozar lo sobrenatural, pero sin querer. 

Los guiños a su generación son abundantes, algunos aún presentes, otros levemente remotos y algunos cuasi ignotos: el Torpedo Müller, Emiliano Revilla y Jesús Álvarez, Canción triste de Hill Street, Bordón 4… 

También está el capítulo del “maravillas del saber”, uno de mis favoritos. Como casi todas las familias de clase trabajadora del sector de la industria siderometalúrgica del País Vasco y medio pudientes, teníamos la enciclopedia del “maravillas del saber” en el mueble de la sala. Me gustaba mucho leer el tomo 12 de los deportes donde aparecía una fotografía en blanco y negro de Gerd “Torpedo” Müller. Me fascinaba la camiseta de Alemania Federal en 1974. Luego me hice del Hamburgo. Anti Bayern. Y lo de Emiliano Revilla que lo secuestró ETA, pero en la vida real, no como en el libro, donde solo le hacen el seguimiento. Me parecía que tenía su historia y que merecía la pena que entrara. Como para no encajar, si su yerno era nada menos que el periodista deportivo Jesús Álvarez. Otro tanto pasa con la serie de Canción triste de Hill Street. Me gustaba mucho, pero era un bajón, ya que la emitían los domingos a la hora de cenar, una vez sabido que mi equipo, el Celta, había perdido otra vez, y que al día siguiente tenía clase y no había estudiado para el control de mates. Bajón al cuadrado. Como dice la letra de una canción de “El Desvän del Macho”; Domingo y féretro en la casa.

El elenco de personajes es amplio y variado, algunos que despiertan una extraña compasión, como Elvira, como Pepe, el policía, tan desagradables como certeros… ¿Cuál de ellos es su favorito en este reparto de secundarios?

De los malos, Pepe, «el puto policía de mierda», como dice Ángel, me gusta. Salvando las distancias, es una especie de Héctor Salamanca de “Breaking Bad”, un evidente hijo de puta que tira para atrás desde el minuto cero y que, pese a su vejez y apariencia inofensiva, sabemos que tarde o temprano nos joderá el plan. Pero el secundario top, diría que es Jarcha. De Hernani, traficante de drogas, colaborador de la Guardia Civil, y de etnia gitana. ¿A quién coño le cae bien Jarcha en esa Euskadi de los 80? Pues a mí… y a vosotras; lectoras y lectores. Pero es curioso, que mucha novela negra, muchos tiros, los GAL, la trama oscura, el “Un, dos, tres… responda otra vez”, el desmadre, la atmósfera gótica… y resulta que de todos los personajes me quedo con la obstinada y honrada inspectora Luisa, cuando le dice a su amiga Carmen, «una chica, así como tú, con el pelo corto…» para referirse al primer y posiblemente único amor que tuvo Ángel, el etarra sin convicción y concursante de la tele de ocasión.

“Cuando haces saltar por los aires los puentes del pasado, ya no hay vuelta atrás”