martes. 05.03.2024
Antonio Álvarez Gil
Antonio Álvarez Gil

En esta entrevista el autor se hace muchas preguntas sobre el mundo actual: ¿Por qué la gente casi no habla entre sí? ¿Por qué hay tanta chabacanería, tanto “me da lo mismo” y tanta indolencia entre las nuevas generaciones? ¿Por qué las personas se comunican fundamentalmente mediante el teléfono móvil, atributo indispensable del hombre moderno? ¿Por qué los niños ya no juegan fuera de casa con juegos baratos y sencillos, a veces construidos por ellos mismos?

¿Por qué “Triunfo sin gloria”? 

Si la pregunta está relacionada con el título, debo decir que no puedo contestarla de manera explícita. Si lo hiciera estaría revelando el final de la historia, cosa que a ningún novelista le gustaría hacer. Diré solo que esta idea está en la esencia de la trama y recorre la novela hasta su culminación, donde el protagonista reflexiona sobre el sentido de su vida y su lucha personal por la independencia de su patria. Con un poco de imaginación, esta reflexión puede hacerse extensiva a los hechos que ocuren en ese momento en la Isla y al nacimiento de la República de Cuba. Pero para comprender cabalmente de qué hablo es necesario leer la novela hasta el final.

Por otra parte, si la pregunta se refiere al hecho en sí de por qué he escrito esta novela, titulada “Triunfo sin gloria”, puedo hablar de las motivaciones que me llevaron a concebirla, y luego a escribirla. Estas tienen que ver con la historia de mi familia, que es toda de origen campesino, residentes desde siempre en el sur de la antigua provincia de La Habana, es decir, en el escenario donde se desarrollan los hechos históricos que dan cabida a la acción de la novela. Me explico: Con la escritura de esta obra yo he cumplido el sueño de un niño cubano que desde muy pequeño oía de boca de su bisabuelo las historias de la Guerra de Independencia y las atesoraba en la memoria como algo inseparable de su razón de estar en el mundo. Creo que muchos niños de mi generación soñaron en su infancia con la idea de formar parte de las filas mambisas. Mis hermanos y yo escuchábamos los relatos de mi bisabuelo sobre los combates, las “cargas al machete” y el paso de las tropas cubanas por las tierras de nuestra región, y lamentábamos que ya no pudiéramos participar en aquellos heroicos acontecimientos. Mi bisabuelo tenía un machete paraguayo colgado en el comedor de su casa, en la finca donde vivía. Aquella reliquia fue una de las ilusiones de mi infancia. Recuerdo que yo me veía caminando por el sendero que conducía a su casa, de la mano de mi padre, vestido de mambí y con el paraguayo a la cintura. Y ya se sabe que las impresiones recibidas en la infancia mueven muchos de los actos y decisiones en la vida futura de cualquier persona.

Con la escritura de esta obra yo he cumplido el sueño de un niño cubano que desde muy pequeño oía de boca de su bisabuelo las historias de la Guerra de Independencia

 ¿Por qué Cuba ganó lo que otros perdieron? 

Yo leí esta afirmación en uno de los artículos publicados para promocionar la novela y confieso que cuando lo hice me quedé largo rato pensando en el sentido de esta suerte de sentencia. Aún hoy no he logrado desentrañarla del todo, y pido disculpas por mi falta de agudeza mental. Sin embargo, ahora que respondo a estas preguntas, pienso que una posible respuesta reside en el hecho de que en esta guerra España perdió sus últimas colonias en América y Asia, así como su condición de potencia global, ya por entonces menguante. Como se conoce, la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas —pero sobre todo de Cuba— provocó un enorme trauma en la sociedad española de la época, lo cual se conoció en su momento como “el desastre del 98” y engendró el dicho de “más se perdió en Cuba”.

Eso está claro, pero si hablamos de ganadores, Cuba no fue la que más ganó. Sí lo fueron, en cambio, nuestros vecinos del norte, que se convierten de golpe en una potencia global. En 1898, finalizada la brevísima guerra hispano-americana, España transfiere la soberanía de la Isla al gobierno de los Estados Unidos de América, no a los cubanos, que habían luchado durante los tres últimos años por la independencia en el campo de batalla. Cuba deberá esperar otros cuatro años para convertirse en una “república independiente y soberana”, lo cual no era del todo cierto, puesto que la constitución del país incluía una cláusula según la cual los Estados Unidos tenían derecho a intervenir militarmente en la Isla para garantizar el “orden constitucional establecido”. Huelga comentar quién ganó más y quién menos en esta confusa historia. 

¿Qué significan los acontecimientos que relata en su novela para la Cuba actual?  ¿Cuál es su mirada a Cuba desde la Europa en donde vive? 

Cuba es mi patria; y patria, como madre, hay una sola. Lo que para muchos extranjeros es un tablero de ajedrez donde se juega —o se ha jugado durante décadas— una partida de política o ideología, para mí es una herida que no termina nunca de cerrarse. Pienso que para la mayoría de los cubanos, tanto los de dentro como los de fuera de la Isla, la situación actual de su país es su primer motivo de frustración existencial. 

Soy una persona optimista por naturaleza; pero no puedo decir lo mismo cuando dirijo la mirada a la Isla. En la Cuba de hoy priman la desesperanza y la certeza de que la gente vive en un país sin futuro. Las palabras de los políticos siempre son lo mismo, palabras vacías, justificaciones y promesas incumplidas, año tras año. La situación actual del pueblo cubano es penosa. Por eso muchas madres animan, y hasta ayudan, a sus hijos a salir del país, aun a riesgo de que jamás volverán a verlos. Cuba siempre fue una tierra de acogida. Hoy es todo lo contrario ¿Qué tienen los cubanos en su país? ¿Qué libertades o derechos? ¿Cómo es su día a día, su transporte o su alimentación? ¿Qué pueden adquirir con su salario? Por mucho que me duela decirlo, muy poco, o casi nada. Si tuviera que definir la situación con una palabra, esa sería “desesperanza”. Sin embargo, debo decir también que las veces que he estado de visita en Cuba he sentido muy de cerca el cariño de la gente, al menos de la gente en Melena del Sur y algunas partes de la capital. Digo esto porque, pese a todas las limitaciones y los años de lucha por la subsistencia, los cubanos, al menos mis familiares, conocidos y amigos conservan los rasgos de humanidad y simpatía que han caracterizado siempre a nuestro pueblo. Esto, insisto, es una opinión muy personal, algo que he sentido yo en Cuba y por eso no puedo dejar de mencionarlo aquí. 

Pese a todas las limitaciones y los años de lucha por la subsistencia, los cubanos, al menos mis familiares y amigos conservan los rasgos de humanidad y simpatía

¿Define su literatura de novela histórica? 

He escrito varias novelas que pueden ser catalogadas de “históricas”. Pero este concepto es bastante relativo. Tengo, por ejemplo, una novela (Perdido en Buenos Aires), que se desarrolla en 1927 en la capital argentina y recrea el match de ajedrez donde José Raúl Capablanca pierde el título de campeón del mundo ante Alexander Alekhin. ¿Si ocurrió hace casi cien años puede acaso ser considerada una novela histórica? Sin embargo, cuando escribo una obra literaria mi intención no es consignar la historia de ningún país, ni siquiera hablar de acontecimientos históricos tan solo por serlos, aunque tenga que estudiarlos a fondo e incluirlos en la novela. Yo solo cuento tragedias humanas que se desarrollan en el marco histórico de algún país o región. De hecho, la mayoría de mis novelas transcurren en la actualidad, aunque hay que tener en cuenta que esta es también una categoría muy cambiante y puede convertirse rápidamente en Historia. 

¿Interviene la ficción cuando recuerda? 

Como he dicho antes, yo escribo novelas y cuentos. Y el concepto de “novela” lleva implícita una trama que es producto de la creatividad y la capacidad de invención del escritor. Dicho esto, debo aclarar que los recuerdos, tanto de la vida propia como de cualquier experiencia ajena, son elementos que sirven al escritor de novelas para construir una historia de ficción. A veces nos basamos en un recuerdo, sí; pero también en una imagen que hemos visto o escuchado de alguien. Cualquier resorte puede disparar el mecanismo de arranque en la concepción de una historia. Varias de mis novelas han vivido un largo período de incubación en mi ordenador. Las escribí en su momento como sencillas viñetas que me habían impresionado de algún modo. Por ejemplo “A las puertas de Europa” fue construida sobre la base de un recuerdo: una pareja de jovencitos que cenaban en una mesa cercana a la nuestra en un restaurante sobre el lago de Garda. “Triunfo sin gloria”, por su parte, está inspirada en un relato de la vida real de mi bisabuelo materno, que participó en la Guerra de Independencia, y en el machete paraguayo que tenía colgado en el comedor de su casa, como he dicho antes. Mi padre me contó una historia real protagonizada por mi bisabuelo y su machete, y yo escribí un pequeño relato (o crónica más bien) titulado “Un hombre de antes”, que di a conocer en Facebook. Cuando varias personas me lo elogiaron, me dije que aquello bien podía ser el embrión de una novela. Desde luego que esta novela no tiene nada que ver con la historia de mi bisabuelo; pero estuvo martillando en mi cabeza hasta que por fin la escribí. Y acaba de salir publicada con Huso Editores. En fin, es cosa complicada.

Nadie que tenga un poco de sensibilidad humana o sentido de la justicia puede sentirse cómodo con la realidad del mundo actual

¿Se siente cómodo con la realidad del mundo actual?

Estimo que nadie que tenga un poco de sensibilidad humana o sentido de la justicia puede sentirse cómodo con la realidad del mundo actual. Yo diría que el mundo va mal, incluso muy mal. Y sobre este tema he escrito también algunas crónicas que he publicado en varios órganos de prensa de nuestro ámbito lingüístico. Es innegable que la humanidad exprime los recursos no renovables del planeta, que las reservas de agua potable se agotan, que el clima cambia y provoca catástrofes. ¿Y todo para qué? Para satisfacer el consumismo del hombre moderno. Mención aparte merecen las guerras que se fomentan continuamente a lo largo y ancho del mundo. ¿Por qué los hombres no pueden vivir en paz? ¿Por qué hay que construir armas cada vez más mortíferas? ¿Por qué el juego, que antiguamente se asociaba a un mal llamado ludopatía, se incentiva hoy en día y está presente en la vida de los niños, los jóvenes y, por supuesto, de las personas adultas? ¿Por qué la gente casi no habla entre sí? ¿Por qué hay tanta chabacanería, tanto “me da lo mismo” y tanta indolencia entre las nuevas generaciones? ¿Por qué las personas se comunican fundamentalmente mediante el teléfono móvil, atributo indispensable del hombre moderno? ¿Por qué los niños ya no juegan fuera de casa con juegos baratos y sencillos, a veces construidos por ellos mismos? En fin, se podrían citar decenas de preguntas para las cuales es difícil encontrar una respuesta razonable. Y así nos va en este mundo moderno y globalizado. 

Antonio Álvarez Gil: "El concepto de novela histórica es bastante relativo"