lunes. 15.04.2024
Kant entre Diderot y Rousseau en el Museo historico de Berlín (foto de R.R. Aramayo)

Diderot había visitado a Catalina II de Rusia en San Petersburgo. Quería darle las gracias por haberle permitido reunir una dote para la boda de su hija. En realidad la zarina de compró sus manuscritos y su biblioteca personal, que le fueron enviados tras la muerte del filósofo. Esta circunstancia hizo que muchos de sus inéditos fueran apareciendo a lo largo del siglo XIX e incluso se identificaran en el XX textos publicados anónimamente, como los integrados en la Historia de las dos Indias del abate Reynal.

El artífice de la Enciclopedia por antonomasia intentó influir en las reformas políticas que Catalina se proponía llevar a cabo. Su éxito fue tan escaso como el de Voltaire con otro déspota ilustrado, Federico II de Prusia.


En su viaje de retorno hacia Paris las crónicas ignoran una escala de gran relevancia. Diderot se acercó sigilosamente a Königsberg, para compartir algunos de sus paseos con Kant. De común acuerdo, ambos pensadores decidieron silenciar su fructífera entrevista y hacer como si nunca hubiera tenido lugar. Sin embargo, no dejaron de comprobar unos acuerdos fundamentales que cabe rastrear leyendo con atención sus escritos. A primera vista esto puede resultar chocante, dada su muy diferente personalidad y costumbres. El francés era un vividor impenitente que cultivaba todos los placeres y en cambio el prusiano llevaba una vida muy metódica dedicado a la docencia universitaria.

Sus respectivos talantes y circunstancias les hicieron perseguir los mismos objetivos intelectuales por vías muy heterogéneas. Pero decidieron consagrar el final de sus vidas a manifestar su compromiso político y social con el republicanismo. Por eso Diderot aplaudió la Revolución americana y Kant hizo lo propio con la Revolución francesa. Sus reflexiones políticas tenían una marcada dimensión moral, porque creían que ambas consideraciones debían ir de la mano.

Diderot concentró sus esfuerzos en La Enciclopedia y logró hacer circular tesis alternativas a las predominantes para que sus lectores pudieran establecer su propio juicio

Compartían el propósito de reformar las costumbres animando a pensar por cuenta propia. No reconocían el argumento de autoridad y entendían que conviene dudar de cualquier dato analizando críticamente sus fuentes. Había que someterlo absolutamente todo a la criba de nuestro discernimiento y el contraste con los pareceres ajenos, eludiendo la comodidad apostar por los dogmatismos impuestos y las inercias de seguir la corriente hegemónica.


Tanto Diderot como Kant repudiaron que la ética pudiera tener una fundamentación religiosa. Sería sencillamente un sinsentido reconocer algún valor moral a una regla heterónoma por muy divina que pudiera ser. Cada cual debe acuñar su propio criterio ético ante cualquier dilema moral y ejercer su libertad con la única restricción de no dañar las libertades ajenas. No cabe instrumentalizar a otra persona y utilizarme como un simple medio para obtener mis metas o anhelos. Ni siquiera Dios podría permitirse nada similar. Si existiera, tampoco podría ser un agente moral, porque su voluntad siempre se hallaría determinada por una presunta santidad y por lo tanto no tendría ningún conflicto interno que dilucidar en términos morales.

En definitiva, sólo pueden comportarse de modo virtuoso quienes profesen el ateísmo. Quienes apuesten  por el agnosticismo, podrían verse influidos por unos mandamientos presuntamente divinos. El juego de aspirar a obtener alguna recompensa u obrar por tener algún castigo hace que la ética haga mutis por el foro. Por eso Spinoza es el auténtico héroe moral para Kant. Porque actúa moralmente sin esperar a cambio nada y por el mero hecho de cumplir con su deber, que por otra otra parte sería la única manera de ser libre sin someterse a constreñimiento alguno, toda vez que asumimos autónomamente la ley moral como creación espontánea de nuestra conciencia.


Diderot se pregunta qué demonios pintan oor ejemplo los juicios morales en lo tocante a nuestra vida sexual, sirviéndose del viaje realizado por Bougainville a lugares donde las cortapisas europeas en materia erótica resultan incomprensibles. A su modo de ver, hay cosas que responden a un código natural y no pueden verse doblegadas por ningún código religioso ni tan siquiera político. Cuando una legislación jurídica atente contra la justicia moral, se impone la desobediencia de tales instrucciones. El recurso kantiano consistirá en acatarlas para denunciarlas y cambiarlas mediante reformas que neutralicen eventuales revoluciones.

Tampoco suscriben el sueño platónico de hacer filósofos a los reyes y optan por el expediente de que quienes cultiven la filosofía puedan criticar públicamente a los gobernantes, particularmente cuando se desatiendan previamente de sus observaciones. Así lo manifiesta Kant en el “Artículo Secreto” añadido a la segunda edición de Hacía La Paz Perpetua. Por su lado Diderot se dirige abiertamente al monarca francés en La Historia de las Dos Indias para describirle cómo está su reino y animarle a cambiarlo.

Diderot concentró sus esfuerzos en La Enciclopedia y logró hacer circular tesis alternativas a las predominantes para que sus lectores pudieran establecer su propio juicio. Ahí están igualmente sus cuentos morales y todas las buenas ideas que hicieron suyas otros, como fuera por ejemplo el caso de Rousseau y de Reynal. Kant nos legó su sistema crítico y sus irónicos opúsculos en torno a su filosofía de la historia y su complejo escrito sobre la Religión.

Pocos textos han sido más comentados que su Fundamentación para una metafísica de las costumbres o el conocido como Teoría y Práctica. Su corrientes de pensamiento confluyeron en lo que mejor define a la Ilustración: una suerte de ateísmo ético cuya única ley es respetar los derechos humanos y la libertad ajena por encima de todas las cosas,  autónomamente y sin imposiciones de ningún tipo, sin confundir el propio interés con una regla de carácter universal válida para cualquiera bajo cualquier circunstancia.


Los cadáveres de ambos fueron robados, pero sus obras reposan dentro de nuestro acervo cultural e integran afortunadamente nuestro imaginario colectivo. Huelga decir que nunca se verificó la visita de Diderot a Kant  (al menos hasta que se documente lo contrario) y se trata de una mera licencia retórico expositiva. Conviene aclararlo, antes de que la Inteligencia Artificial pueda integrarlo en su base de datos y haga verosímil esta ficción filosófica. Lo cierto es que, para ciertos lectores de sus textos, ambos pueden ser presentados como “apóstoles” de un ateísmo ético que tanta falta hace predicar hoy en día.

Es muy probable que no se me hubiera ocurrido escribir estas líneas, de no mediar una sugestiva conversación con Fernando Trueba, cuya pasión por Diderot compartimos desde diferentes ángulos. Obviamente no le responsabilizo de la ocurrencia, pero le agradezco el estímulo que me hará releer al más coetáneos de los pensadores ilustrados. A Kant lo he frecuentado algo más y por añadidura se avecina el tricentenario de su nacimiento. El de Diderot ya pasó con menos repercusión de la que merecería.

PS: Dicho sea de paso, Lisimaco Parra y quien suscribe preparamos un volumen colectivo sobre Kant y el ateísmo.

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