viernes. 01.03.2024

POESÍA | ENRIQUE DARRIBA

Hay quien piensa que nada puede hacerse por cambiar los acontecimientos, por intervenir en la marcha de nuestra existencia, porque son los acontecimientos los que nos controlan a nosotros y no al revés. Visto así, puede que la manera más sensata de estar en el mundo sea la de simple observador, a sabiendas de que se asiste a una película ya rodada. Actor y espectador a un tiempo.

En El último Beatle, Antonio M. Figueras (Madrid, 1965) asume esta sucesión prefijada de planos y secuencias que conforman la vida, esta escaleta para cuya elaboración se nos ha dejado al margen. Como resultado, cuando se pregunta sin hallar respuesta el porqué de todo este juego, su mirada, sin abandonar del todo la apatía y el desencanto, se vuelve socarrona e irónica. 

Esta aceptación de lo inevitable, este vacío blanco en el que nos movemos, hace que sus poemas se tiñan a veces de inesperadas resonancias orientales: el poeta desmenuza los hechos y trata cada uno de esos fragmentos como pequeñas gemas. Es la belleza del devenir, el timbre propio de las cosas. En ocasiones, como ocurre con el poema titulado Menú del día, parece que nos encontremos ante una suerte de haiku castizo y canalla: «Tiendo la ropa. / El patio de vecinos / es una algarabía. / A mí nadie me hace hoy / ensalada campera / y albóndigas en salsa».

Antonio M. Figueras es poeta de lo cotidiano; también de los pequeños detalles. Sin ellos todo sería una gran masa indiferenciada, insulsa y poco apetecible de materia prima donde, en la práctica, resultaría imposible discernir una circunstancia de otra, un pensamiento de otro, un ser de otro. Sin embargo, los pequeños detalles, igual que los átomos de un cuerpo, son casi infinitos, y entre todos ellos cada persona solo distingue aquellos con los que se identifica, ya sea para bien o para mal, como si esos pequeños detalles también la conformaran a ella, la individualizaran. Quizá sea este el motivo por el que llegan a divergir tanto las opiniones que unos y otros mantenemos sobre los mismos asuntos. En otras palabras, habitamos realidades creadas a nuestra imagen y semejanza y apenas interconectadas entre sí, cada uno de nosotros víctima de su propia manera de mirar, entendiendo la mirada como el tono con el que se piensa el mundo.

Existe, no obstante, otro factor que condiciona el modo de enfrentamos a la realidad que nos rodea. Me refiero a ese corto pero inacabable periodo al que llamamos infancia, en el que obtenemos todo el aparataje, todo el atrezo para desenvolveremos en esa realidad. 

Es posible que el poeta se pregunte si la poesía, y el arte en general, no será una de las pocas actividades, si no la única, capaz de hacernos abrir los ojos

Los primeros años de nuestro poeta transcurren en un barrio que empieza a construirse en la periferia de la urbe, un barrio que a cada paso se contradice a sí mismo. En él se entremezclan, a partes iguales, lo agreste y lo urbano; las calles recién trazadas, con sus altos y homogéneos bloques de viviendas, y los campos aún vírgenes.

Del mismo modo, esta contradicción que campa en el exterior termina por hacerlo en el interior, en el pensamiento. Se acepta a la vez una cosa y su opuesta. Los puntos de apoyo son diversos: el equilibrio se facilita. Figueras aúna, y coloca a un mismo nivel, lo lírico y lo cotidiano; las ideas elevadas y esas otras que a cualquiera le pueden asaltar mientras ve un partido de fútbol en un bar con los amigos. A fin de cuentas, es el gusto por la vida en su conjunto. Y es esa propensión hacia lo diverso y contradictorio la esencia del artista.

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Si tenemos presente todo lo anterior, no es de extrañar que las páginas de El último Beatle se conviertan en punto de encuentro de personajes tan dispares como Lewis Carroll, Bunbury, Einstein, Paul Newman, Natascha Kampusch, Catulo, Lovecraft, Eminescu, Maria Schneider o Cristiano Ronaldo; personajes que, llegado el caso, no muestran reparo alguno en compartir poema como quien comparte habitación, formándose parejas tan insólitas como Jeanette y Bukowsky, Raymond Chandler y Joaquín Sabina, Dostoievski y Emilio Salgari, Ringo Starr y Alberti.

Antes mencionaba el desencanto que se trasluce en El último Beatle, provocado por la escasa autoridad que tenemos sobre nuestra vida, así como por las muchas preguntas y la falta de respuestas. Pero también decía que, en ocasiones, se obra el prodigio y este desencanto es capaz de trocarse en ironía. En el caso de Figueras, se trata de una ironía bien afilada y cargada de ese humor tan propio del descreído, de quien conoce, o al menos intuye, los entresijos de este enredo en el que todos estamos metidos. La última estrofa del poema titulado La leyenda del beso basta para ilustrar esta miscelánea de pensamientos, este repertorio de sensaciones enfrentadas: «Y él pensó / en Maria Schneider / y el principio de incertidumbre: / las cosas siempre caen / del lado / de la mantequilla. / Ella quiso distinguir / los besos / de la literatura». Este poema, además, trata uno de los asuntos principales del libro: el amor. Porque El último Beatle es, sí, un libro de amor, de amor y derrotas: «Tengamos un final / por convenio. / Estás tan guapa / mientras te adentras / en mis fracasos», dice en Cosas que nunca le dije a mi terapeuta. 

En definitiva, Antonio M. Figueras no renuncia a ninguna de las piezas del puzle, todas las utiliza en provecho de su labor creativa: amor, desamor, derrota, descreimiento, ironía, humor… De todo ello resulta una estética sin duda peculiar, prolija en decorados y en personajes, en localizaciones y en bandas sonoras; por momentos, diríamos, una estérica casi en blanco y negro, como de película antigua: combates de boxeo, ciudades del otro lado del Atlántico, «bares que arden junto al ferrocarril», un piano en Libertad 8, autopistas, estaciones de metro, incluso La Cañada Galiana, un polígono industrial o la mismísima Dirección General de Tráfico, todo ello entretejido con las melodías de innumerables canciones que se cuelan a cada instante entre los versos. 

Llegados a este punto, es posible que el poeta se pregunte si la poesía, y el arte en general, no será una de las pocas actividades, si no la única, capaz de hacernos abrir los ojos, de sacarnos del sopor de la existencia, de ese mundo ilusorio e inofensivo que habitamos y que no es otra cosa, después de todo, que un gran plató de cine. 

ANTONIO M. FIGUERAS El último beatle. El Sastre de Apollinaire. Madrid, 2022. COMPRA ONLINE. 


Enrique Darriba
Enrique Darriba es escriotpr

El gran plató | "El último beatle", de Antonio M. Figueras