jueves. 04.06.2026
MEMORIA DEMOCRÁTICA

Diez días, de fines de julio e inicios de agosto de 1936, que estremecieron el pueblo de Híjar (Teruel)

1936 en Híjar: del vacío de poder al orden provisional entre columnas.
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Foto actual del Ayuntamiento de Híjar. (Wikipedia)

El título me lo ha sugerido el libro del periodista estadounidense John Reed, publicado en 1919, que realiza la crónica testimonial de los acontecimientos de la Revolución de octubre de 1917. Entiendo que puede ser considerado presuntuoso el título elegido, pero los acontecimientos ocurridos en los últimos días de julio y primeros de agosto de 1936 en el pueblo de Híjar, provincia de Teruel, como consecuencia del desencadenamiento de la guerra tras el golpe militar, supusieron una ruptura toral a nivel político, social, económico y cultural con respecto a la situación anterior.

Contexto social y económico de Híjar

Trataré de transmitir estos acontecimientos recurriendo a determinadas fuentes hemerográficas, testimonios de algunos protagonistas, como también a algunos recursos históricos.

Quiero hacer una contextualización histórica del pueblo de Híjar. A comienzos de los años 30, cuenta con unos 4.000 habitantes. La mayor parte de la población se dedica a la agricultura y ganadería, aunque también hay actividades del sector secundario y terciario. Cabeza de partido y de comarca, por lo que muchos habitantes del entorno acuden para proveerse de determinados artículos en los comercios; así como para servicios de carácter administrativo.

La tierra es la principal fuente de riqueza, y como está muy desigualmente repartida se generan muchas injusticias. Una parte importante de la población trabaja tierras de los grandes terratenientes en régimen de arriendo, e, incluso a medias. Está en plena vigencia la institución del caciquismo.

Hay un estamento clerical muy potente y poderoso. El clero diocesano, compuesto de párroco y 4 o 5 sacerdotes, goza de un nivel de vida superior al resto de la población, gracias al disfrute de cuantiosas y ricas capellanías, a los servicios religiosos que cobran o a las limosnas depositadas en los cepillos de las iglesias. Hay un convento de capuchinos, en las afueras de la localidad; con una docena de frailes; algunos de ellos desterrados del País Vasco por su ideología nacionalista, que se mantienen del cultivo de la tierra del convento, de servicios religiosos, ya que son excelentes sermoneros; o por el ejercicio de la enseñanza en una escuela de primeras letras. A su vez están las monjas de San Vicente de Paúl que regentan un colegio e internado. El estamento clerical vinculado con las clases superiores ejerce un dominio absoluto sobre la sociedad, a través del púlpito, el confesonario y la enseñanza. Además ha sabido crear todo un conjunto de instituciones de carácter benéfico-social que le permiten encuadrar y dirigir a toda la sociedad. De carácter benéfico están las Conferencias de San Vicente, que permiten  prestar determinados servicios asistenciales a las personas más necesitadas. De carácter social son numerosas; una Sociedad de Socorros Mutuos, que proporciona a sus asociados, pagando una módica cuota mensual,  cobertura ante la enfermedad o cualquier otra dificultad laboral. Un Patronato Católico de Obras Sociales, con una Biblioteca, un Sindicato Católico, un Seguro de Caballerías, una Caja de Ahorros, que prestan a la población campesina una serie de servicios: el uso de maquinaria agrícola, el abastecimiento de semillas o abonos, el pago por la muerte de una caballería de labor, depositar sus ahorros o solicitar un préstamo.

Unos pocos y poderosos terratenientes detentan grandes extensiones de tierras de cultivo, tanto de secano como de regadío; muchas de ellas nacidas de las injustas desamortizaciones de Mendizábal y Madoz., Son los auténticos caciques, al tener todo el poder político y económico. Nada se mueve sin que ellos lo sepan. Sus relaciones con la clerecía local son muy fluidas y correctas.

Vinculada con la clase terrateniente, aparece una clase burocrática administrativa: médicos, veterinarios, notario, juez, abogados, maestros, secretario de Ayuntamiento, etc. También tiene un peso específico importante la burguesía comercial e industrial: tenderos de paños, ferreteros, pasteleros, ultramarinos, carniceros, taberneros, cafeteros, etc. La actividad industrial es escasa, reduciéndose a fábricas de aceite, de jabón y de seda.

Debajo del clero, terratenientes, burocracia, comerciantes aparece la mayor parte de la población, en grandes porcentajes  analfabeta, que no tiene propiedades agrícolas o si las tiene son muy reducidas, por lo que debían recurrir a pedir trabajo, mal remunerado en la mayoría de las ocasiones, a los poderosos, para poder sobrevivir a duras penas. Pasan grandes dificultades en algunas estaciones del año al no haber jornales agrícolas. Algunos las superan trabajando temporalmente en las fábricas de aceite o  en la Azucarera,  ubicada en un pueblo cercano, a donde deben acudir a pie, o si son afortunados, en bicicleta. Otros desempeñan oficios, típicos de una  sociedad rural, como pelaire, esquilador, sillero, tabernero, alpargatero, sastre, blanquero, soguero, tablajero, cestero, recadero, colchonero, esportonero, etc. Y otros no tienen otra opción  que emigrar a las ciudades para buscarse la vida. Para la mayoría de esta población pequeño-campesina o jornalera asegurarse el alimento diario es una auténtica odisea. Sus recursos son muy limitados, lo único que tienen en abundancia son misas, novenas y procesiones, que se los suministran copiosamente los clérigos de la localidad, para mantenerlos entretenidos.

Existe La Sociedad de Pequeños Propietarios y Colonos, fundada ya en el año 1922, y que a la llegada de la República, estaba afiliada a la Unión General de Trabajadores Federación Nacional de Trabajadores de la Tierra. Hay 4 o 5 republicanos, muchos menos que en los pueblos del entorno, que se reúnen en la taberna del Tío Negro, para hablar de las excelencias del sistema republicano, el cabecilla es un tal Castañer, de profesión fotógrafo. A la llegada de la República fundó el partido radical, del gran Alejandro Lerroux.

Existe un pequeño grupo de ideología anarquista, mucho más reducido también que en los pueblos del entorno, encabezado por el Ruedas, soltero, de profesión soguero.

Los hechos más destacados de la II República fueron que el Ayuntamiento fue  nombrado por el artículo 29 de la ley electoral, ya que no hubo elecciones el 12 de abril de 1931. La República se proclamó unos días más tarde que en el resto de  los pueblos del entorno. Posteriormente en abril de 1933, hubo elecciones municipales que ganaron todos los puestos las derechas de Acción Hijarana. Tras el triunfo del Frente Popular fue destituido el ayuntamiento de derechas y entraron las izquierdas con una representación de las izquierdas socialistas y algún anarquista.

Como sabemos el desencadenamiento de la guerra provocó para responder al golpe que salieran de Cataluña determinadas columnas con el objetivo de recuperar Aragón para la República. Durante unos días Híjar estuvo controlado por los fascistas, pero con la noticia de la llegada de estas columnas huyeron hacia Zaragoza.  Aquí comienza el relato.  Los acontecimientos descritos fundamentalmente se basan el periódico Solidaridad Obrera, cuyo corresponsal fue Alfonso Martínez Rizo, que manda desde el frente crónicas sobre los acontecimientos, en diferentes días tituladas Desde Barcelona a Zaragoza. Una breve mención a Martínez Rizo. Nació en Cartagena el 23 de enero de 1877. Fue militar del cuerpo de Ingenieros llegando al empleo de capitán en 1905 y abandonó el ejército en 1912 sin derecho a pensión ni a uniforme. Durante la Guerra Civil formó parte como miliciano y corresponsal de guerra de la denominada Columna Ascaso, perteneciente a la República. En diciembre de 1936 regresa a Barcelona donde ocupa una plaza de ingeniero en ferrocarriles. Se le dio por desaparecido y no se sabe bien si murió en 1951 en España o en México pues las fuentes no se ponen de acuerdo en este extremo. Su filiación política se correspondía al anarquismo, una de las grandes tendencias de la época. Publicó multitud de folletos de divulgación política y colaboró en revistas y periódicos con artículos políticos y sociológicos. Es destacado dentro del movimiento anarquista por sus ideas avanzadas sobre las ciudades campo, lo que ahora denominaríamos sostenibles. Propugnaba la ciudad de 100.000 habitantes como media y extendida en longitud y no en altura. Para ello concebía una eficaz red de comunicaciones donde los vehículos pudieran deslizarse a gran velocidad, eliminando cruces y otros accidentes que enlentecieran el tráfico. Su obra de ficción es muy corta y además prácticamente desaparecida en la actualidad. Sus títulos fueron 1945. EL ADVENIMIENTO DEL COMUNISMO LIBERTARIO y EL AMOR DENTRO DE 200 AÑOS publicadas ambas en 1932.

Vamos a la crónica de Martínez Rizo, que se publica en Solidaridad Obrera de 31 de julio  y 1 de agosto.

Fuentes y enfoque de la crónica

“De Barcelona salieron en tres trenes unos 800 milicianos, que formaban la II Columna,-la primera era la de Durruti- esta II la mandaba Antonio Ortiz- y que tuvieron como primer destino la ciudad de Caspe. El día 25 de julio, día en que llegó a la estación el último tren en el que viajaba el Estado Mayor de la Columna y algunos corresponsales de prensa, ya habían finalizado los tiros en la dramática toma de esta población aragonesa. Esta ciudad había sido tomada por grupos volantes impacientes, algunos militantes anarquistas de Sitges y Santa Coloma de Gramenet, que sabedores que el día 24 salían las columnas confederales hacia la zona se adelantaron y fueron por su cuenta a Aragón; y también llegaron algunas milicias que habían salido de Lérida con el capitán Zamora.

Caspe se había convertido para muchos milicianos, recientes vencedores en las calles de Barcelona, en un lugar mesiánico. El armamento inicial era escaso y no podía ser de otra manera dada la improvisación del momento, al salir de Barcelona de manera bastante precipitada. Todos los milicianos llevaban su correspondiente arma, no porque se les hubiera entregado oficialmente, sino porque en el asalto a los diferentes cuarteles, las cogieron después de desarmar a sus defensores. Junto a los fusiles de los milicianos se contó desde el principio con alguna ametralladora.

 Aquí, en la ciudad del Compromiso, debieron luchar con el capitán Negrete, que secundó la sublevación fascista, apoyado por unos 40 guardia civiles y un centenar de fascistas. Finalmente los milicianos vencieron. Se constituyó un Comité Revolucionario, que llevo a cabo un castigo ejemplar a todos los fascistas. En la opinión del pueblo se había metido hasta lo más profundo la idea de que no había de quedar ningún fascista. Y las ejecuciones fueron numerosas respondiendo a imperativos de una firme decisión popular. El ambiente de ajusticiamientos fue atenuado con la llegada de Antonio Ortiz, jefe de la Columna, desde su cuartel general en la estación de ferrocarriles de Caspe, que supo imponerse al Comité Revolucionario, que era partidario de castigos más duros e implacables.

Una vez sofocado el movimiento fascista, el cuartel general era un tren, que era como un pueblo, y cada vagón una casa. La casa del corresponsal de Solidaridad Obrera, Alejandro Martínez Rizo, era el furgón del equipaje, enganchado al ténder de la locomotora.

En el centro estaba el departamento del conductor, pequeño, mecanizado; algo de camarote de barco; un volante que tal vez haga funcionar un freno; un manómetro que parecía marcar la hora y que siempre marcaba las doce; un comodísimo sillón fijo, desde el que se contemplaban, mediante sistemas de espejos, las dos luces de posición del tren; dos asientos con resortes y un sistema complicado de armarios, en uno de los cuales estaban los interruptores y conmutadores algo misteriosos de la luz eléctrica. A la izquierda estaba la ambulancia quirúrgica con un practicante joven, un auxiliar ya algo viejo, simpático y dicharachero, y varias enfermeras, entre las que destacaba una hermana de Felipe Alaiz. A la derecha el depósito de provisiones.

Aunque las puertas de comunicación se echaban y cerraban, casi siempre los tres departamentos eran uno. En el centro vivían los ferroviarios; en el de la izquierda, el personal sanitario; en el de la derecha, antes de avanzar hacia La Puebla de Híjar, Antonio Ortiz, su asesor militar y el corresponsal de la Solidaridad Obrera.

Por la noche extendían en el suelo colchonetas-asientos y dormían muy bien, rendidos por el cansancio acumulado por varios días de viaje.

El día 27, por la mañana salió parte de la fuerza militar, en tren hacia Zaragoza, haciendo la primera parada en la estación de La Puebla de Híjar. En ella el cabecilla era García Miranda. Por ello quedó abandonado el depósito de comestibles, e inmediatamente, de manera generosa y espontánea, las mujeres de la ambulancia sanitaria tomaron posesión del local, hicieron traer cocinas económicas de las casas destruidas de los fascistas ricos, y se consagraron, ayudadas por varios compañeros, a guisar y dar de comer a todo el mundo. Se utilizaron los animales requisados de los corrales de los facciosos. Comieron una riquísima sopa de gallina, que luego fue frita, y una ensalada; por la noche, conejo con berenjena, y café con leche para el desayuno. Todos comieron lo mismo, sin distinción de ningún tipo, como manifestación clara de las ideas libertarias, en las que creían ciegamente muchos de estos combatientes".

El relato que viene a continuación pertenece a un documento redactado por un Juez de Híjar, José de Beguiristaín. Es un documento impresionante, que refleja extraordinariamente la tensión del momento en Híjar, al tener noticias de la llegada de la columna anarquista a La Puebla de Híjar, que está a una distancia de unos 5 kilómetros. Además, cabe destacar la colaboración y la concordia entre hijaranos a pesar de sus  diferencias políticas.

El avance anarquista y el vacío de poder local

Había un vacío de poder en el pueblo, tras la retirada de los fascistas, y sin haberse producido la entrada de las columnas catalanas. Cundía el nerviosismo por doquier. Los unos los aguardaban esperanzados; los otros con temor. Había que mantener el orden. Para ello se reunieron diversas personas de la localidad, entre ellas el juez, Agustín el alcalde de derechas-que había sido restablecido con la entrada de los fascistas en Híjar y que sería fusilado por miembros del grupo de la calavera de la FAI en breves fechas--, el Tío Rinconero (UGT)-que sería fusilado por la dictadura franquista en la cárcel de Torrero el 23 de febrero de 1940-, para tomar alguna medida ante esta nueva situación. Se formó un organismo mixto, presidido por el juez, con Agustín y el Tío Rinconero; éste propuso publicar un bando, ordenando la recogida de armas y dejarlas en un local, de cuya llave sería el depositario el juez. La noche del 26 al 27 prestó servicio de ronda por las calles la comisión anterior, secundada por el secretario D. Félix, Demetrio el Malaleche, D. Joaquín el secretario del Juzgado Municipal, y Paco el hijo del Tío Rinconero; escoltados por los serenos, y los guardas del monte y de la huerta. El pueblo estaba triste, apesadumbrado, con una expectativa tensa, como si algo grave estuviera a punto de ocurrir. La comisión en su caminar por las calles, era saludada por los vecinos respetuosamente, que se retiraban a sus casas con recato y sigilo; no se oían canciones, ni tampoco conversaciones en voz alta. Los componentes de la Comisión hablaban de temas triviales, ilógicos dada la gravedad del momento; se sentaban en la terraza del Club, donde el tema primordial era el de las futuras cosechas; el Tío Rinconero se lamentaba de no haber podido sembrar judías a causa de la prohibición de salir al campo que había estado vigente los días anteriores, y se había desperdiciado una ocasión inmejorable, ya que si se retrasa la siembra, a partir de San Miguel las mañanas son frías y malogran el fruto. Todos procuraron consolarle de aquella contingencia, y se sumieron en sus propios pensamientos; unos deseaban que la columna fascista de Azaila progresara hacia Híjar, y otros que los catalanes llegaran lo más pronto posible.

Al día siguiente todos fueron conscientes del peligro inminente. De un pueblo vecino provenía una fuerte humarada, que, según todos los indicios, provenía del incendio de la iglesia parroquial. Algunos no querían dar crédito a este hecho, indicando que se trataba de un horno de yeso. Se presentó en el pueblo el médico de Urrea de Gaén, Pedro Laín,-padre de Pedro Laín Entralgo- el cual afirmó la conveniencia de marchar a La Puebla de Híjar, donde acababan de llegar las columnas anarquistas provenientes de Cataluña, y conocer cuáles eran sus intenciones.

 A estos milicianos recién llegados a La Puebla de Híjar, fueron a visitarlos, el alcalde, Agustín; el juez municipal, Pedro Laín, y el Tío Rinconero, en el coche de Andrés Beltrán.  En el momento que pasaban a la altura del convento de los capuchinos, Pedro Laín dijo que deseaba tirar la pistola que llevaba en el cincho antes de llegar a La Puebla; lo mismo dijo el alcalde respecto a su propia pistola. Finalmente no las abandonaron, porque se autoconvencieron de que las autoridades, y más en estos momentos críticos, debían portar armas.

En un cuarto de hora llegaron a su destino. Un soldado no muy bien vestido y con símbolos inequívocos de la CNT, les echó el alto. Descendieron del coche y preguntaron por el jefe de la columna. Uno de un grupo cercano indicó que era el capitán Miranda.

Y en busca de este personaje caminaron hacia la plaza, escoltados por dos milicianos, con pantalón, casco militar y camisa escotada. Por todas las calles se respiraba una espléndida euforia revolucionaria, como si se estuviera en el inicio de una nueva y esperanzadora etapa en la historia de España. Todos proferían gritos, fervorosos cánticos, y lanzaban los puños al aire.

Llegados a la plaza, observaron todos con temor una gran hoguera, iniciada y avivada con estatuas de santos arrastrados de la no muy lejana iglesia parroquial; así como muchos libros y papeles sacados de los archivos municipales. Un miliciano anciano, y bastante delgado y feo, grita:

- Ha llegado la revolución, el momento que tanto hemos estado esperando.

Todos apartaron sus ojos de aquella masa de fuego y se dirigieron hacia la puerta de la Casa Consistorial, llena por todas partes de banderas de la CNT. Subieron y atravesando un largo pasillo, penetraron en un amplio salón que estaba a la derecha de la escalera. Los soldados que les acompañaban, les llevaron ante la presencia del capitán. Toda la casa está llena de soldados, muchos de ellos con aspecto cansado, y con ropas bastantes sucias. Se oyen algunas palabras en catalán. En aquel amplio salón hay un grupo numeroso de personas, todas armadas; junto a la mesa, sentado, un señor con cara y modales distinguidos, vestido con mono azul sin insignias, a quien todos llamaban el capitán. Tiene un aire un tanto reservado, poco expresivo, de apariencia tímido, y en esos momentos estaba manejando un viejo mapa Michelin. Pedro Laín hace las presentaciones de rigor y trata de iniciar el discurso, que es interrumpido por la llegada intempestiva de un individuo, de nombre Ferrándiz, con mono azul, de estatura mediana, complexión ágil, pelo rubio rizado, cara huesuda, de facciones muy marcadas, de nariz aguileña, de ojos vivaces y penetrantes, y de unos 40 años; lleva un pañuelo rojinegro anudado a la frente, y en las manos un reluciente y limpio fusil. Se encara con Laín y le dice:

- Usted asegura que es socialista, enséñeme el carnet.

Laín se lo muestra, aclarándole que en otras ocasiones ha sido dirigente. Examinado el documento con cierta desconfianza, se lo devuelve con cierto menosprecio, diciendo:

- Sí, ya lo veo. ¡Vaya de la UGT!

Laín, un tanto sorprendido y crispado, levantando el puño izquierdo replica:

-  U.G.T y C.N.T., todas forman la U.P.H.

A continuación pide el carnet al Tío Rinconero, el cual por no llevarlo encima, recibe una fuerte reprimenda del cabecilla, a la que replica:

- Aquí en este contorno me conoce todo el mundo.

Laín expone el motivo de la visita. El juez interviene para decir que no ha habido en Híjar ningún tipo de derramamiento de sangre. Mientras tanto el capitán García Miranda, que todavía no había dicho nada, busca en los mapas la situación de Híjar, y cuando la encuentra, dice:

- Muy bien, a seis kilómetros.

A continuación Ferrándiz se encara con Laín y le dice en tono de acusación:

- ¿Cómo explica usted el hecho de que siendo militante de la UGT, y directivo en otras ocasiones, como asegura, no le haya ocurrido nada durante la dominación fascista en estos pueblos tan de derechas?

Laín, bastante nervioso y fuertemente sorprendido; al haber creído que allí todo iban a ser facilidades y camaradería, y, de repente, surge un camarada con ansias fiscalizadoras de su conducta. Por ello replica:

-  Es cierto que nada grave me ha ocurrido, pero sufrí un registro domiciliario por parte de la Guardia Civil, aunque, eso sí, con respeto y corrección.

Ferrándiz, continuando con sus preocupaciones, termina sus preguntas inquisitoriales y exclama con gran energía:

- Tenemos suficientes fuerzas como para destrozar a nuestros enemigos. En Caspe fuimos sometidos a una emboscada, ya que, después de sacar una bandera blanca, nos ametrallaron a lo bestia; pero ya han recibido el castigo que se merecían.

Se anima con sus propias palabras y continúa como si estuvieran pronunciando un mitin ante un gran auditorio:

-  Esta guerra la han iniciado y desencadenado ellos. Quisieron la guerra, pues ya la tienen. En una semana, como mucho, entraremos en Zaragoza, aunque han amenazado los cabrones con poner 1.500 prisioneros de los nuestros, como parapeto. Una vez tomada Zaragoza, tenemos ganada la partida. Sólo deberemos esforzarnos algo a la hora de tomar Navarra. Estos fusiles que llevamos, los hemos conseguido en una lucha desigual a los criminales fascistas de Barcelona; casi sin armas hemos apagado la sublevación de los cuarteles y ahora, nada ni nadie puede contener nuestro empuje. Nuestra causa es tan justa y solidaria, que hasta los republicanos de izquierda nos apoyan. Ya sabrán ustedes que el Gobierno de la República ha decretado la incautación de todas las fortunas superiores a 50.000 duros. Nosotros no somos unos incontrolados, no cometemos ningún tipo de desmanes; muy al contrario, por donde avanzamos imponemos el orden; claro que no nos entretenemos en escribir, pero si hay delito se castiga sin contemplaciones; así, por ejemplo, en la ciudad de Caspe unos milicianos pegaron a una mujer y huyeron hacia Barcelona; he mandado un coche con la consigna de que sean apresados y sean fusilados. Aquí, en todos estos pueblos, hacemos lo que tenemos que hacer; nos limitamos a fusilar a todos los curas y frailes, porque ellos son los culpables de la explotación del pueblo; además quemamos iglesias y matamos a los fascistas, que tanto abundan en esta zona.

Todas estas palabras, tan firmes y convincentes, fueron corroboradas por otro miembro del destacamento militar, que añadió, con intención aclaratoria:

- Entendemos por fascista a todo aquel que lleva armas.

Otro del grupo preguntó:

- ¿Está Damián en Híjar?

Contestó negativamente el Tío Rinconero.

Mientras tanto, entraban y salían muchos milicianos, y allí mismo recibían las consignas del jefe:

- Tú, acuéstate, pero no lo hagas en el tren, ni delante, ya que allí están las ametralladoras.

Uno de ellos, en un momento de tregua, explicó cómo había capturado a un espía: echó el alto a un automóvil, procedente de Zaragoza que hizo caso omiso a la llamada; entonces disparó su ametralladora, siendo milagroso que no alcanzase al conductor; éste resultó ser un sobrino de Andrés Beltrán, el taxista que los había conducido a La Puebla. Protestó Andrés de la inculpación, argumentando que ellos se limitaban a cumplir un servicio público y su sobrino estaba conduciendo a un enfermo  al hospital.

Ferrándiz contestó de muy malas maneras:

- Nosotros no podemos entrar en Zaragoza libremente porque dominan los fascistas. Tu sobrino entra y sale cuando quiere, luego es un fascista y un espía.

Volviéndose hacia nosotros continuó su discurso:

- Sabemos que en Híjar, Urrea y Albalate no hay enemigos y que existen en Belchite, Lécera y Azaila, pero no nos fiamos de nadie; mañana iremos a Híjar con los autos blindados, pueblo en el que abundan los curas, monjas y los reaccionarios.

A todo esto, el llamado capitán continuaba en silencio en su mesa. Nos dirigimos hacia él, aprovechando un momento en que Ferrándiz se había apartado de nosotros, para solicitar su autorización para retirarnos. Sin vacilar ordenó a un escribiente:

- Haga un salvoconducto para estos señores.

Mientras se extendía el documento, oímos murmurar a nuestra espalda:

- El capitán no pinta nada; esto es cosa del Comité.

Al momento apareció y se hizo de nuevo cargo de la situación:

-  Estos no salen, señalando a Agustín y al Juez.

Agustín, que estaba a la derecha del Juez, le golpeó a éste con el codo y le dijo en voz baja:

- Esto se pone jodido.

El juez se retiró unos pasos y se sentó en una silla de paja, tratando de disimular la pistola que llevaba escondida. Pensaba que era superfluo dialogar con aquellas gentes sobre cuestiones de guerra. La atención de Ferrándiz volvió hacia el asunto del sobrino de Andrés; hablaron sobre ello y continuó el frenético movimiento de milicianos armados y con gritos estruendosos.

Sin saber cómo ni por qué, al poco rato, Ferrándiz entregó al Juez el salvoconducto con el sello de la C.N.T. “Oficios Varios”, mientras dijo:

- Como tienen que pasar junto a la guardia exterior y tienen que oír el santo y seña, les advierto que lo cambiaremos para el resto de la noche. Vosotros id- les dijo a dos milicianos- de escolta con éstos.

Cuando íbamos a marcharnos, contentos y felices, uno de los milicianos designados para acompañarnos, en mangas de camisa, pantalón civil, alpargatas y casco guerrero, alto, fuerte, que debía ser de algún pueblo vecino, dijo muy convencido:

- Éste, indicando a Agustín, no se irá; es fascista, me consta, porque el año pasado un hermano suyo tenía una pistola, que me la enseñó a mí.

Hubo un cambio de impresiones entre aquellas gentes; Agustín volvió a pegarme disimuladamente con el codo y sacando una llave, dijo al Juez:

- Toma, si logras salir de aquí, procura que no  les falte cebada a los caballos de los Guardias; ésta es la llave del cuartel, donde están encerrados.

-  Déjate ahora de cebadas y caballos, le contestó el Juez.

Agustín volvió  a guardar la llave. En este momento, se oyó la voz de Ferrándiz o del capitán, para indicar que necesitaban el coche de los recién llegados para ir a buscar gasolina a la estación. En estos momentos Pedro Laín se dirigió a Agustín y el Juez:

- Vengan para aquí.

Le siguieron y, tras cruzar un largo pasillo, entraron en un salón frente a la escalera, decorado todo él de rojo, que servía para Salón de Sesiones. Pedro Laín con el mayor sigilo dijo a Agustín:

- Esa pistola que llevas te compromete, ven conmigo y déjala donde yo te indique.

Salieron de nuevo al pasillo y antes de llegar a la habitación donde estaba la patrulla, vimos una gran caja llena de velas. Entraban y salían milicianos.

-  Aquí, aquí, señaló Pedro Laín, deteniéndose.

Agustín preguntó al Juez:

- El revólver está unido al cinturón, ¿qué hago?

- Deja también el cinturón, le aconsejó.

El Juez se colocó delante de Agustín, para que no fuera vista la maniobra.

-  Échalo en el cajón de las velas, le indicaron.

Así lo hizo; removieron unas cuantas velas para ocultar el objeto peligroso.

Conducidos por uno de los muchos milicianos, bajaron Agustín y el Juez a la calle. Montaron en el coche de Beltrán con dos milicianos armados hasta los dientes. La hoguera seguía ardiendo, aunque con una menor fuerza. Muchos hombres, mujeres y chiquillos de La Puebla estaban alborozados en la plaza, que despedía un olor a quemado. Alguien se acercó al juez y le saludó con cara sonriente a través de la ventanilla del coche:

- ¡Hola, señor Juez!, por aquí ¿eh?

-  Sí, por aquí, replicó maquinalmente,

Mientras el Juez pensaba en lo que le podía ocurrir en aquel preciso momento, si aparecía por allí cualquiera de los cenetistas de Albalate del Arzobispo, a quienes había perseguido durante tres años; como algún Gracia Pina, por ejemplo.

Tras un largo espacio de tiempo, que se hizo interminable, arrancó el coche y tomaron la carretera hacia a la estación, que estaba muy iluminada. Descendió del coche un miliciano y los demás continuaron dentro, silenciosos y preparados para cualquier eventualidad. Por fin, después de quince minutos, volvió el miliciano y emprendieron el regreso. Pararon de nuevo ante la Casa Consistorial y descendieron todos.

Se acercó Laín al Juez y le dijo en voz baja:

-  Ha habido que hacer tiempo para que fuera a cenar aquel individuo y nombrar otra escolta.

Laín se dirigió a un grupo de jóvenes que debían ser de la comarca, y les dijo:

-  Muchachos, no ignoro que tenéis heridas en el alma y profundos desgarros en el corazón; pero ha llegado nuestra hora y hay que ser generosos; sed generosos, muchachos, no penséis en la venganza, que es el peor vicio del ser humano.

Por fin se produjo el regreso. Agustín y el Juez subieron el coche de Andrés Beltrán. Frente a ellos, de pie, se colocaron dos milicianos con otros dos fusiles ametralladoras; en el momento de subir les advirtió, uno de los que les habían acompañado a la estación:

-  Ojo con estos, que son pájaros de cuidado.

En otro coche, el del director de la fábrica azucarera, llegaron detrás Laín y el Tío Rinconero. Cruzaron todos la avanzadilla cerca del hospital y pararon; bajaron los milicianos, subieron al coche de Andrés Beltrán Laín y el Tío Rinconero, emprendieron el regreso. En el camino de vuelta, nadie habló, ya que había un abismo insondable entre ellos. Únicamente Agustín preguntó:

-  Don Pedro, ¿usted quemaría las iglesias?

Y Laín, lentamente, después de meditar un buen rato, replicó:

-  No, no las quemaría.

Llegaron a Híjar sobre las diez de la noche. En el puente sobre el río Martín, que iba bastante seco, descendieron Laín y el Tío Rinconero. Agustín preguntó al Juez:

- ¿Usted qué va a hacer?

- Marcharme ahora mismo, respondió; y preguntó a Beltrán:

- ¿Qué coches hay en el pueblo?

Beltrán le contestó que Mallor, el fabricante de jabón, tenía un camión.

Usando de nuevo una fuente del lado anarquista, tenemos nuevos detalles muy interesantes. El periódico de la C.N.T, “Solidaridad Obrera” de Barcelona,  con fecha de 6  de agosto de 1936, con la firma de Martínez Rizo.

Nos dice que el miércoles, día 29 de julio, ocuparon pacíficamente el pueblo de Híjar. Al día siguiente, día 30, jueves, el grupo de los Treinta decidió por cuenta propia, aunque con autorización del Comité Revolucionario local avanzar sobre Azaila. En este ataque el grupo de los Treinta, abandonó su camión rojo y perdió ocho hombres. Martínez Rizo critica al Grupo de los Treinta de actuar siempre por su cuenta, por lo que es difícil contar con ellos en un plan orgánico. Se aprovisionan con independencia del resto de las fuerzas, lo que les conduce a procurar siempre entrar los primeros en las poblaciones ocupadas. Son valientes y decididos y recuerdan a los guerrilleros de la Independencia. Pero son molestos y alborotadores; compañeros de pelea algo molestos. Hasta hay quien los encuentra sospechosos.

Este grupo de los Treinta está mal considerado por los mismos anarquistas, acusándolos de alborotadores. La misma opinión tiene Pilar Gálvez que les acusa de prender fuego a las iglesias de Híjar.

Martínez Rizo, continúa afirmando que llevaron a Caspe once mil y pico pesetas en billetes de Banco, plata y calderilla; 33 monedas de oro, además de objetos de plata y oro de ley con un peso aproximado de dos kilos. Estos valores han sido requisados en iglesias y conventos, así como en los domicilios abandonados por los fascistas. Además, los primeros enemigos que, tras las oportunas averiguaciones, no resultan merecedores de la pena de muerte, son castigados con crecidas multas. Esta guerra la han de pagar los ricos. (Según el testimonio de Mariano Esteban, criado de Luis Collados en julio de 1936 en Híjar, debió ir a buscar 2.000 pesetas como rescate por su amo).

Martínez Rizo,  nos sigue contando que el día 31 de julio, intervino personalmente en la requisa de un convento de monjas.

En pro de la expresividad, voy a presentar la crónica, tal como nos la cuenta el corresponsal anarquista:

“Fue encargada de la requisa del convento gente de confianza, a la que me sumé curioso. Se trataba de un caserón enorme en el que las monjitas se daban la gran vida y en el que recorrimos todas las habitaciones, y abrimos todos los cajones y armarios recogiendo cuanto encontramos de valor y destruyendo cuanto considerábamos pernicioso, pero respetando cuanto podía tener alguna utilidad. Nosotros no somos vándalos que gozan con la destrucción. Había allí mucha roña, pidiendo ser arrojada por los balcones a la calle. Y nos cansamos de arrojar cuadros religiosos e ídolos, tras de requisar, para entregarlos al Comité, algunos objetos de metales preciosos y unas pocas monedas encontradas en los cepillos.

Entre tanto, otras iglesias ardían. Después se hizo un gran montón con todos los documentos del Archivo Municipal, y aún está ardiendo, y hay para días. El Registro de la Propiedad ardió también íntegramente. La bandera roja y negra flamea gloriosa presenciando estas cosas tan buenas.”

En la misma crónica de “Solidaridad Obrera”, se reflejan otros aspectos muy interesantes, sobre el grado de coordinación militar de estas milicias. Señala que el día 31 de julio, visitó Híjar el camarada Ortiz, jefe de la segunda columna anarquista, la primera era la de Durruti. Además recibieron la visita de numerosas tropas de infantería de Tarragona, que se encontraban en Alcañiz. El contraste con las tropas anarquistas era claro y contundente. Las primeras de Esquerra Republicana estaban muy uniformadas y disciplinadas, atentas a los toques de corneta, y llevando todos en la manga sendas banderitas catalanas y tricolores. Las segundas, las anarquistas llevaban la severidad del negro y el rojo.

Un teniente de los recién llegados preguntó: ¿alguno de ustedes es militar? Contestó García Miranda diciendo que era capitán. Replicó de nuevo el teniente, si hubiese usted llevado insignia me hubiese cuadrado ante usted. Respondió García Miranda, diciendo que entre nosotros no hay capitanes, sólo camaradas. A lo que añadió el cronista ni tampoco órdenes. En esta anécdota queda patente las distintas maneras de entender la milicia, una plenamente jerárquica y organizada; y la otra más impulsiva y anárquica. Cuestión que generará fuertes tensiones meses después, y que en estos momentos en el que todos deseaban vencer al bando rebelde, todavía no afloraban.

Las milicias anarquistas pronto se percataron de la imperiosa necesidad de crear algún tipo de organización militar, aunque no a la manera de un ejército tradicional.  Para tal fin los milicianos celebraron una asamblea en el Cine Goya de Híjar, el día 2 de agosto, a las 10 de la mañana. En ella manifestó el cronista, Martínez Rizo, que debemos dejar a los marxistas que nombren sus jefes revestidos de autoridad indiscutible y que se asignen graduaciones y títulos militares; que ellos, los anarquistas, se organizarían libertariamente, como lo habían hecho en las luchas sindicales contra la burguesía.

La Asamblea fue convocada por los delegados políticos del camarada Ortiz y por el asesor militar García Miranda. Los dos primeros fueron, Alfonso Domínguez (“Máximo Sirio”), del Sindicato de Profesiones Liberales, y el camarada Señier, del Fabril. La mesa de discusión la presidió el cronista, Martínez Rizo.

García Miranda presentó un informe detallado de las operaciones militares desarrolladas hasta entonces. Todo el mundo estuvo de acuerdo. Manifestó que debían organizarse en base, no a la disciplina militar, sino por el acuerdo mutuo, la compenetración y el entusiasmo general.

Determinaron crear grupos de lucha, como mínimo de 20 hombres. Cada grupo nombrará un delegado para integrar el Comité General de la agrupación que será un intermediario entre la Asamblea y el Comité Ejecutivo.

Los diferentes grupos debían reunirse todos los días para deliberar, así como el Comité General.

El Comité Ejecutivo lo constituyeron Domínguez y Señier, como delegados del jefe de la columna el compañero Ortiz; por García Miranda, como asesor militar; por Martínez Rizo, como asesor técnico; finalmente, por un delegado del Comité General elegido por dicho Comité.

La misión del Comité Ejecutivo había de ser llevar a la práctica los acuerdos de la Asamblea y en caso de urgencia los del Comité. Las Asambleas ordinarias tendrán lugar cada quince días, aparte de las extraordinarias. Todos los cargos serán revocables, en cualquier momento y estarán sometidos, en todo momento al juicio de la colectividad.

No hay desorden ni caos militar. Hay organización, porque son conscientes de su necesidad. Se apercibieron muy pronto de que no podían luchar cada uno por su lado. Unos días antes el Grupo de los Treinta, había tenido 8 bajas en una escaramuza en Azaila, luchando contra los rebeldes. La disciplina militar podía ser sustituida por la compenetración general entre ellos, sin perjuicio para el éxito en el campo de batalla.

La llegada de los milicianos a Híjar generó unos cambios profundos, y a veces, traumáticos. Hay hechos incuestionables, como el incendio de iglesias, conventos, archivos de la propiedad, saqueos y requisas en las casas de los ricos. encarcelamientos de personas de derechas, como también algunas de ellas fusiladas lamentablemente. Pero, esto es otra historia.

Diez días, de fines de julio e inicios de agosto de 1936, que estremecieron el pueblo...