jueves. 04.06.2026
TEATRO

'El veneno del teatro', la psicopatía y la muerte como un espectáculo “real”

La adaptación de este thriller psicológico que se escenifica en el Teatro Fernán Gómez resulta fallida por sus cambios respecto a la obra original y por sus 'fríos' giros de guion. Pero la psicopatía del juego macabro de interpretar la muerte de forma “real” convierte el veneno literal en una metáfora del teatro como una experiencia intensa, peligrosa y que atrapa. 
Foto: ©JesusRobisco
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Pedro Javier Díaz-Cano | 

Las adaptaciones de un clásico contemporáneo como es la obra El veneno del teatro de Rodolf Sirera (Valencia, 1948), que solo en España ya ha tenido más de una treintena de versiones desde su estreno en 1978 en una producción para la televisión autonómica de Cataluña (titulada originalmente en catalán El verí del teatre), no dejan de ser muy arriesgadas cuando los aficionados al teatro más veteranos todavía retienen en su memoria la que protagonizaron José María Rodero y Manuel Galiana, estrenada el 10 de noviembre de 1983 en el Teatro María Guerrero inaugurando la temporada del Centro Dramático Nacional. Aquella adaptación y dirección de escena llevaban la firma de Emilio Hernández sobre la versión en castellano de José María Rodríguez Méndez, la misma que ahora se ha estrenado en la Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez con adaptación y dirección de Robert Torres

El texto de El veneno del teatro precisa de dos intérpretes mayúsculos que vayan ‘a muerte’ en su tour de force, como lo fueron Rodero y Galiana

Foto: ©JesusRobisco
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Lo que la hizo histórica y memorable fue precisamente la interpretación de dos actores en estado de gracia. No me resisto a recordar el titular con el que encabezaba su crítica el escritor Francisco García Pavón (autor de las novelas policíacas de Plinio, entre otras) en el diario Ya: “José María Rodero y Manuel Galiana, toda una lección”, resumió sobre el célebre tour de force de Rodero y Galiana. El último antecedente en Madrid fue el montaje que se estrenó en los Teatros del Canal en diciembre de 2012 con dirección de Mario Gas y la sabia elección de otros dos actores capaces de elevar una función como Miguel Ángel Solá y Daniel Freire. Porque sí, lectores, este texto precisa de dos intérpretes mayúsculos que vayan ‘a muerte’ con sus personajes.

Antes de nada, hay que advertir al público que Robert Torres ha hecho dos cambios significativos en su adaptación de El veneno del teatro: un cambio de género en los dos protagonistas masculinos, pasando a ser dos mujeres, y un cambio temporal pues si la obra original se enmarca en el racionalismo ilustrado del siglo XVIII (una época caracterizada por un énfasis en la razón), la propuesta que puede verse en el Fernán Gómez sitúa la pieza en un futuro cercano en profunda transformación, impulsada por la revolución tecnológica y marcada por la incertidumbre, la crisis climática y la inestabilidad política en una época de polarización y posverdad. ¿Les suena? Una ‘distopía’ muy actual…

La señora Marquesa pide a la actriz que represente la muerte de Sócrates por cicuta buscando la verdad dentro de su interpretación

Es en el París de este futuro cercano donde Gabrielle de Beaumont, una actriz de moda con aires de diva, es invitada por una marquesa decadente de aficiones extravagantes a visitarla en su palacete. La señora marquesa le dice que ha escrito una pieza teatral sobre la muerte de Sócrates (recordemos que el filósofo griego fue condenado por Atenas en el 399 a.C. a beber cicuta), inspirada en la Apología de Sócrates de Jenofonte, y quiere que sea ella quien represente la muerte de Sócrates por cicuta buscando la verdad dentro de su interpretación. El diálogo entre la aristócrata y la comediante reflexiona sobre la naturaleza del arte y la actuación, pero la actriz comprobará pronto que se trata de una trampa, una tela de araña, para que la marquesa la someta a un experimento mortal… 

Foto: ©JesusRobisco
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De entrada, ya resulta una boutade (literalmente ‘broma’ en francés) que estando en París el recibimiento a la actriz en el palacete lo haga una criada vestida de geisha sobre un fondo de acuarelas japonesas, por mucho que esta la agasaje con la ceremonia del té japonesa utilizando los preceptivos utensilios de bambú, como el batidor para espumar el té matcha y la cuchara para servirlo. La única conexión con esta ambientación oriental en el comienzo de la función es el ofrecer y dar a beber a la diva una copita de umeshu, el tradicional licor de ciruelas nipón, que en el texto original es una copa de vino de Chipre de sabor exótico, el predilecto del marqués. Mientras esperan a la presencia de la Marquesa, la criada y la actriz mantienen una acalorada conversación sobre el teatro ante cuestiones como si en este género, ¿se imita o se siente? ¿Es un arte exagerado o natural? ¿Cuáles son las cualidades de una buena actriz?

Entre pregunta y respuesta se va destapando la verdadera identidad de la criada-geisha, que no es otra que la de la Marquesa disfrazada, lo que da pie a una primera reflexión sobre la superficialidad de la actriz al tener una actitud diferente con la Criada, a la que trata de manera soberbia y con superioridad, y con la Marquesa, con la que es condescendiente y suave como un guante. La señora Marquesa lo relacionara también desde su posición clasista con el propio arte de la interpretación. “En la vida real actuamos siempre, todos nosotros en todo momento. Pero esta actuación cotidiana es por otra parte absolutamente necesaria para la supervivencia del estatus social… Incluso para nuestra propia supervivencia como individuos…”.

La criada y la señora Marquesa son interpretadas en este montaje por Marta Sangú, que resulta más afinada en su papel como ‘geisha’ con su ritmo, su templanza y su manera de caminar a la japonesa que como la aristócrata depravada y psicópata que envenena a la actriz por su obsesión loca de una experiencia fisiológica aplicada a la técnica del actor. Seguramente, al ser un estreno en castellano su dicción se resiente por venir de hacer la función en catalán, no ayudándole la disposición de la sala, un espacio muy recogido en el que las interpretaciones tienen que primar.

Silvia Maya, en su rol de la actriz, debe fingir de manera cerebral pero su desesperación va in crescendohasta su angustiosa representación final

Por su parte, la barcelonesa Silvia Maya encarna a la actriz Gabrielle de Beaumont con un corte de pelo a lo garçony el vestuario andrógino ad hoc pudiéndosele aplicar lo que el escritor y filósofo francés Denis Diderot (autor también de obras de teatro) decía al respecto de que el mejor actor es aquel que permanece lo más alejado posible de su personaje, que el teatro es solo ficción, por lo tanto, el actor debe fingir de una manera cerebral… No obstante, su desesperación va in crescendo hasta su angustiosa representación final. 

Foto: ©JesusRobisco
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La música original de Marcelo Barros ayuda a que la función sea percibida como un thriller psicológico, así como el diseño de escenografía de Llorenç Corbella de una estancia opresiva con un suelo de espejo que realza la frialdad del salón, y con paredes igualmente de espejo en las que se reflejan los espectadores de las dos primeras filas. La iluminación de Elena Santos también potencia la atmósfera claustrofóbica para subrayar el engaño y la tensión psicológica. El diseño de vestuario de Lluna Albert es moderno y acorde a un futuro cercano en el caso de la actriz, pero no lo resulta tanto en el caso de la Marquesa en consonancia con la exclusividad que se predica a sí misma.

La adaptación y dirección de Robert Torres tiene un claro trasfondo de reflexión meta teatral, con un primer mensaje principal sobre la muerte como espectáculo “real” que plantea la obsesión de la Marquesa por el arte de la interpretación buscando la máxima verdad. En este momento, la psicopatía de la aristócrata resulta una metáfora de la comentada psicopatía de Donald Trump relacionándolo asimismo con el extracto del texto de su obra, cuando la actriz declama “porque la muerte es la consagración, es la gran ceremonia del terror”. En todo caso, el título El veneno del teatro tiene asimismo una doble lectura metafórica pues la expresión literal se emplea para describir la adicción, pasión o fascinación irresistible que sienten los actores y profesionales por la vocación teatral, a pesar de los riesgos, fracasos o dureza de la misma. 

Esta adaptación resulta fallida, máxime al ser un thriller con giros de guion en los que el espectador ha de dar un sobresalto, pero no escuché ninguno

La adaptación y dirección de Robert Torres con sus dos cambios ostensibles respecto a la obra original de Rodolf Sirera (el del género de las protagonistas con una versión feminizada y el temporal situándola en un futuro cercano) resulta fallida a todas claras, sobre todo porque esta se relaciona estrechamente con el contexto histórico de la Ilustración francesa citándose además en la obra al poeta y dramaturgo Jean Racine, a Jean-Jacques Rousseau y su figura conceptual de el “buen salvaje” y al citado Diderot. 

Máxime también porque la obra es un thriller psicológico con numerosos giros de guion en el que el espectador debiera estar cogido a su butaca y sobresaltarse con cada plot point argumental. Pero en la función a la que asistí no escuché ningún comentario del tipo “uy, es esto, no lo otro”, y la ‘línea de telón’ de “Una noche de estreno” y el apagón súbito final del escenario dejaron muy fríos a los espectadores tras una hora condensada de representación.

P. D.: Respecto al género femenino de los personajes, se hace muy difícil no recordar a José María Rodero y Manuel Galiana en su duelo dialéctico e interpretativo mencionado al principio de esta crítica. Y si no me creen, queridos lectores, pueden comprobarlo viendo en YouTube el vídeo de una función de El veneno del teatro con Rodero y Galiana grabada por TVE en 1986 (hace 40 años) en el Teatro Calderón de Valladolid con público. Posiblemente unas actuaciones y un montaje de esta pieza insuperables.


FICHA ARTÍSTICA

Autor: Rodolf Sirera
Versión en castellano: José María Rodríguez Méndez
Adaptación y Dirección: Robert Torres
Intérpretes: Silvia Maya (Gabrielle de Beaumont) y Marta Sangú (La señora marquesa)

Música original: Marcelo Barros
Diseño de escenografía: Llorenç Corbella
Diseño de iluminación: Elena Santos
Diseño de vestuario: Lluna Albert
Ayudante de dirección: Celes Galindo
Regiduría: Ana Sampere
Técnico en gira: Guillem Fernández
Fotografía: Jesús Robisco
Comunicación: Raquel Berini
Producción ejecutiva: Marta Guzmán
Compañía: Cía Robert Torres
Producción y distribución: MGM Marta-Guzmán-Management


FICHA TÉCNICA

FECHAS: Del 9 de abril al 3 de mayo de 2026
HORARIO: De martes a domingo a las 19:30 horas
DURACIÓN: 60 minutos
LUGAR: Sala Jardiel Poncela (Teatro Fernán Gómez)
PRECIO: 20€ (Entrada general) y 16€ (Tarifas reducidas)
DURACIÓN: 60 min
Calificación: **

'El veneno del teatro', la psicopatía y la muerte como un espectáculo “real”