lunes. 26.02.2024
Fragmento
Fragmento

Juan Moro (Madrid, 1974), lleva treinta años instalado en Zaragoza, donde fue alumno becado de la galería/escuela Spectrum Sotos. Es Master en Dirección de Arte por la Complutense de Madrid; ha sido paracaidista y experto en salto base. Pero es, sobre todo, fotógrafo aplicado a las diferentes vertientes técnicas de la imagen. Trabaja para sí y para otros y figura en elencos crediticios tan sugerentes como Xtreme Flight, Canal +, Discovery Max o Pixion.

-23.03.24 MARINA0324-Editar
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Su fotografía nos sustrae del convencionalismo y escapa lúcidamente del lugar común al que han sido relegadas determinadas situaciones sociales por los hábitos políticos y, sobre todo, por las rutinas léxicas de la psicopolítica, que convierten el lenguaje en un repertorio de eufemismos evadidos de la realidad. Uno de ellos ha sido ‒y es‒ el campo semántico que atañe a la mujer. Baste el solo ejemplo de «violencia de género» como equívoco sintagma para eludir la verdad y debilitar la semántica de los execrables actos contra tantas mujeres en nuestro país. Confundir adrede o por ignorancia el significado de las palabras se ha hecho proverbial en el lenguaje sociopolítico: salvo el constructor de ese sintagma híbrido y anómalo, todos los demás sabemos que el género que se cita es un concepto gramatical y el sexo –que se elude‒ es un concepto biológico, orgánico. ¿No sería mejor llamar al pan, pan y describirlo francamente como «terrorismo machista» o «terrorismo de sexo» porque eso es lo que es? Disculpen la arrogancia, pero vengo reclamándolo desde el mismo año (2010) en que apareció semejante denominación redactada en la Ley que regulaba esa ‘violencia’ y que –dicho sea de paso‒ ignoró por completo el informe contrario de la RAE.  

Las fotografías de Moro conforman una unidad activa, una respuesta ética ante el drama por medio de su constatación representativa

Pero a lo que íbamos (como le gustaba decir a Ortega y también a Gasset). La fotografía de Juan Moro llama al pan, pan, y así lo explicita en su proyecto Occulta verita para censurar algunas de las situaciones de marginación y maltrato social que todavía perviven en la conciencia de una sociedad mal educada en éste y otros aspectos que incumben a la esfera de la mujer. Las fotografías de Moro se convierten en una respuesta válida y veraz: conforman una unidad activa, una respuesta ética ante el drama por medio de su constatación representativa. Juan Moro tiene en su mesilla de noche dos títulos significativos: el Decamerón y la Divina comedia. No es ninguna casualidad: Boccaccio y Dante, junto a Petrarca, son modelos de desinhibición en el uso literario de la lengua vernácula y en la cruda desnudez del sensualismo tanto etimológico como figurado. 

Nuestra sociedad ha sido adepta a la idealización de vivencias que nos han sido transmitidas a través de hermosas mentiras. Hemos recuperado la belleza en muchas de sus formas por ser precisamente eso, bellas; hemos recuperado el mundo de la magia y de la fantasía basándonos en una certeza para nosotros indiscutible: que son mentira; hemos conquistado un ámbito mítico, rico y profuso en embaimientos y nuestro nuevo paganismo ha sabido fundar un entorno ecléctico donde hoy tienen cabida antagonismos antes proverbiales e irreconciliables, fundamentalmente realismo, idealismo, utopía y positivismo. En cierta manera, habíamos generado el caos y poner orden sólo era posible a través de la reconocibilidad de las formas. El éxito ha sido precisamente éste: armonizar bajo un lenguaje reconocible todos los demás lenguajes irreconocibles: un logos nuevo, una nueva koiné. Dicho de otro modo: un espacio según Einstein lo definió como finito, pero ilimitado. Sin embargo, esas bondades y nuestra diletante autocomplacencia han velado la austeridad gris, el gozo opaco de una ética ortodoxa arraigada en la senectud de su discurso retórico. Quizá hemos matado a un dios, pero hemos propiciado el nacimiento de otros cuya perversidad asoma la patita por debajo de la puerta. Valéry tiene razón: «Jamás pensamos que lo que pensamos oculta lo que somos». Nos ha faltado sentido didáctico, una pedagogía crítica especular para los continuadores.  

La fotografía de Moro es portadora de un sentido notablemente crítico y detentadora de amplios recursos líricos capaces de guardar imágenes para nuestra admiración

Pero la obra de Juan Moro llega aquí para desmentirnos. Nos sitúa en el plano de una realidad altamente reflexiva, intelectualizada, diríamos; sus imágenes son auténticas sinécdoques, metasemánticas cuya literariedad reside en la atmósfera vacía de sus contextos en los que el verbo se hace carne de mujer crudamente estigmatizada en los diversos topoi en que nos es mostrada. La descripción de los cuerpos es austera magnificando así la atención del argumento mollar; se opone al debatiente horror vacui para destacar la firme convicción del cuerpo femenino entrañado en una prosa poética por su templada redacción y por la sugerencia de una luz discreta que neutraliza el color para soslayar todo fútil ornamento. Queda la verdad manifiesta, la singularidad versátil de los cuerpos sin atavíos que huelgan y se expresan prendidos a la luz de su brillante soledad. Una de las especificaciones de la fotografía de Moro consiste en que, presentándose como una realidad artística, es a su vez portadora de un sentido notablemente crítico y detentadora de amplios recursos líricos capaces de guardar imágenes para nuestra admiración. El espectador experimenta en ese instante de la contemplación admirativa el éxtasis del ser absoluto y, como todo éxtasis, éste es antes que nada conocimiento: para saber, por ejemplo, que en una obra crítica toda presencia no significativa carece de presencia; que todo olvido consciente acerca del papel histórico de la mujer no supone nada olvidado y es independiente de una memoria sin certezas y sin ‘nuncas’. Esta obra crítica es ya otra, otra palabra, desfragmentada, rota en su sintaxis lógica. Una palabra, una sola palabra, última o primera, interviene en la fotografía de Moro con todo el discreto brillo de una palabra patrimonio de los dioses: destruir… el convencionalismo diacrónico de la figura social femenina, abortar la desfeminización de la sociedad. Sin embargo, esa erosión, esa devastación o ese movimiento infinito de morir que existe en ellas como el único recuerdo de sí mismas, además de dejar las cicatrices a las que fatalmente nos habíamos habituado, se liberan con exigente ‒aunque delicada‒ crudeza por mano de Juan Moro como testimonio de una realidad definitivamente evidenciada, viva.

La fotografía literaria de Juan Moro