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sábado. 26.11.2022
RELATOS DEL CONFINAMIENTO

Cuarentena

Daniel Yates

En la terraza,mientras tomaba el aperitivo, pensaba que ya estaba harto de la cuarentena. Este cabrón de coronavirus no respetaba nada. Tenía que haberse cebado con los pobres, que viven hacinados, sucios, indisciplinados y vagos, mal alimentados, antes porque no tenían que comer, ahora atiborrados de comida basura, pero no, también se nutría delas clases altas.Él conocía a muchos afectados, algunos habían muerto. ¡Era cosa de los chinos! mucha economía capitalista, pero seguían siendo unos comunistas de mierda. Trump era el único que lo tenía claro, así nos va. Le dio otro trago saboreando al Yzaguirre reserva rojo que tanto le gustaba buscando cambiar de tema, pero la dichosa cuarentena no se le iba de la cabeza y así llevaba más de un mes. Sabiendo que no sería posible, como siempre, buscó verlo desde otro ángulo. El coronavirus no contagia al dinero, aunque la crisis que provoca también contagiará la economía.Pero él bien lo sabía por experiencia, toda crisis supone una oportunidad. En el mundo que se movía, el financiero, siempre había sido así.

Su mujer, mientras pone la mesa, va y viene a la terraza para darle un sorbo a su vaso de vermut y unas veces coger un taco de queso y otras una loncha de jamón.Así que aprovecha para cambiar los pensamientos y piensa en ella.Pasar la cuarentena sin ella sería mucho más difícil,¡qué guapa es! Se casaron hace casi quince años y siguen haciendo una buena pareja. Cuando empezaron a salir llevaba tiempo divorciado. A su primera mujer la conoció mientras estudiaba en Madrid. Cuando triunfaba como bróker, a ella le detectaron un cáncer de mama. El avance de la metástasis fue lento, lo sufrió en soledad, porque él estaba absorbido por un trabajo que le exigía todas las horas y más. Cuando, como ahora, buceaba en su interior, tenía que reconocer que su muerte fue un alivio para ella y una liberalización para él. Fue en aquella época cuando conoció al «viejo» que lo introdujo en el meollo de las finanzas... desde el lado oscuro. Pronto dominó la ingeniería financiera en todas sus variantes y todos los caminos, atajos, trochas por el que el dinero se perdía para renacer en un paraíso fiscal, mientras multiplicaba su valor. Sus pensamientos se interrumpieron cuando ella le preguntó si rellenaba su vaso, a lo que dijo que sícon una sonrisa. ¡Llevamos 15 años juntos, joder! pensó. La conoció en una fiesta en la finca de un amigo, ella era una de las invitadas del hijo del anfitrión. Nada más verla se sintió atraído por sus ojos y su sonrisa. No paró, utilizó todos sus recursos y sus encantos hasta conseguir la primera cita y a los pocos meses llevarla al altar en una discreta ceremonia en Los Jerónimos. Procedía de una de las familias de muchos apellidos venida a menos, era guapa, lista y le gustaba vivir bien, con la boda lo había conseguido.

Más por el que dirán que por otra cosa salen a las ocho en punto a la terraza a aplaudir. Son pocos residentes en la urbanización de lujo en el noroeste de Madrid. Los espaciados edificios son de tres plantas, dos pisos en cada una, que tienen más de 200 m. Cuentan con servicios comunes, piscina, canchas de pádel, barbacoas… Con los vecinos eran más los saludos con la mano que los aplausos. La vida social en el confinamiento se reducía a eso.Mirándolos, volvió a sonreír pensando que el diminuto bichito de las narices tenía encerradas en sus casas a la gente poderosa, prepotentes, soberbios de voz autoritaria, mano que no tiembla, ojos que no saben llorar, oídos que no saben escuchar, corazones que no saben abrirse, para quienes los que los rodean, el mundo todo está al servicio de su ambición desmedida, su codicia voraz, su egoísmo. Solo respetan a sus iguales y desprecian a todos los demás por débiles y fracasados. Ahora entre ellos se saludan de terraza a terraza, sonríen, alzan sus copas, hacen bromas escondiendo el miedo que sienten ante un bichito que mide algo más de 50 nanómetros ¡y un nanómetro es la millonésima parte de un milímetro!Mientras aplaudiendo, intercambia bromas con el vecino, ve de reojo como ella deja el vaso sobre la mesa y entra corriendo dentro de la casa.

Terminados los aplausos, se dejó caer en el sillón y rellenó el vaso de whisky. Se preguntó sobre la precipitada entrada de su mujer en la casa, no le dio importancia centrándose en disfrutar del Mortlach 20 años. Puso el vaso contra el sol que se desplazaba para desaparecer entre las montañas y poder apreciar los reflejos dorados en su hermoso color ámbar, después le dio un largo sorbo para sentir como en su paladar se desarrollan distintas notas, con profundidad de roble, tabaco terroso y almendras.Tenía que reconocer que,al principio,la cuarentena le había venido bien para «sacar el pie del acelerador». Estaba satisfecho, había conseguido un enorme patrimonio porque había trabajado mucho y se había arriesgado más y ahora, confinado, era consciente del estrés acumulado. En su mundo, moviendo enormes capitales que no admiten errores, no solo se debe proteger el patrimonio ajeno, hay que multiplicarlo y uno metido en el asunto, no se da cuenta de lo que eso agota. Además, se vive al borde de la legalidad, siempre en la frontera, porque como decía un amigo, «no eran más que contrabandistas de capitales» y siempre existía la posibilidad de que la policía entrara en su despacho y terminar en la cárcel. Se sentía protegido por una tupida red de relaciones que había ido tejiendo con el tiempo,eran su seguro y su mayor capital. Sus pensamientos se vieron cortados abruptamente. Demoró unos segundos en darse cuenta de que su mujer, histérica, llorando, lo estaba llamando. Se levantó y se dirigió rápidamente al salón.

Cuando levantó la cabeza y la miró, se asustó, no la reconocía. Despeinada, los ojos rojos apenas se distinguían ocultos por unos parpados hinchados y manchados de rímel, la boca transformada en una mueca que temblaba mientras babeaba, hablaba, gritaba, de forma casi inteligible. Creyó entender algo sobre una voz…un amigo… que se había terminado el plazo... amenaza de muerte… Se quedó paralizado, no entendía nada. Ella se levantó y avanzó decidida, él se asustó, la cogió de las muñecas y ella se revolvió. «¿qué te pasa?», le preguntó. Ella estalló«¿Cómo que qué pasa? ¿qué has hecho?, ¿qué has hecho?, ¿qué has hecho?». Él la llevo de nuevo al sofá y de cuclillas, frente a ella, le preguntó nuevamente, con voz tranquila, qué había pasado. Ella cerró los ojos tratando de calmarse, fue en vano.Cuando los abrió, atropelladamente, le repitió que «cuando estábamos aplaudiendo, sonó el teléfono, pensé que podría ser mi padre y salí corriendo. Cuando atendí una voz desconocida preguntó por ti, cuando le contesté que ahora no podías ponerte, dijo que era un amigo y que te diera un mensaje urgente: el plazo había terminado y te han sentenciado, van a por ti y tienes que huir, ¡ya!». Mientras ella continuaba con su llanto histérico, angustiado, él la miraba desconfiado, el mensaje no tenía sentido, ¿ella estaba alucinando?

Se levantó para ir al baño del dormitorio donde estaba el botiquín, tenía que calmarla. Ella iba detrás, seguía balbuceando sobre la amenaza, repitiendo que qué había hecho, dónde iba a huir, la cuarentena, qué iba a ser de ella...En un estante del botiquín encontró un frasco de diazepam 10, intuyó que era un tranquilizante, cogió tres o cuatro en el puño. Cuando iba a cerrarlo lo vio. En el estante inferior estaba el frasco de Asenapina. Se le prendió la luz.Llenó el vaso de agua y se dio vuelta, ella se negó moviendo la cabeza, cerrando firmemente la boca. Forcejearon y la obligó a tomárselos.Después la llevó a la cama, le tapó los pies y pronto entró en un estado de somnolencia. Cuando estuvo seguro que dormía, volvió a salir a la terraza.

Se dejó caer en el sillón y se sirvió una generosa cantidad de whisky buscando tranquilizarse. Pero en su cabeza se arremolinaban las ideas, necesitaba ponerles orden. Cerró los ojos. ¿Qué le había pasado? Seguro que ella tenía un brote psicótico, la Asenapina le dio la pista.Rebuscó en su memoria, poco antes de la boda, ella le contó que hacía unos años, después de un incidente del que no quiso dar detalles, había sido diagnosticada de esquizofrenia. Desde entonces tomada diariamente Asenapina, además por una temporada había ido al psiquiatra, pero ya hacía tiempo que solo iba una vez al año a una consulta de control y seguimiento. En su momento buscó información y sabía que cuando esto sucedía la persona podía llegar a ver, oír o sentir cosas que claramente no son reales, que pueden llegar a escuchar voces que les indican qué es lo que tienen que hacer. Estaba claro, se dijo, el confinamiento,continuado, intenso,durante tantos días, le había provocado un estrés que desembocó en el brote psicótico ¿fue el confinamiento ose olvidó de tomar la pastilla? Sea lo que fuere, tenía que averiguar quien fue el psiquiatra que la atendió y llamarlo.

Todo era muy raro. Pero no le cabía duda, los esquizofrénicos imaginan hechos o situaciones que confunden con la realidad. El mensaje que le dijo haber recibido no tenía sentido, en sus actividades iba todo bien, más que bien, últimamente había ganado mucho dinero, su despacho era de los mejores en el blanqueo de dinero ¿quién iba a querer desprenderse de él? Es verdad, reconoció que con un fondo de inversiones había tenido un «problemilla» del que no era responsable, las medidas contra la pandemia lo habían retrasado un poco, pero estaba a punto de resolverlo.Eso no podía ser el motivo, seguro había sido un delirio de su esposa. Ella era el problema… y el coronavirus.

Aunque no hubiera estado sumido en sus pensamientos y, sobretodo, embotado por el whisky, tampoco hubiera escuchado los leves sonidos que hacían las ganzúas en la cerradura. Ni las posteriores pisadas sobre la alfombra recorriendo la casa. El visitante, con una burda peluca y barba falsa, entró en el dormitorio yvio a la mujer tumbada en la cama, estaba profundamente dormida. En el baño vio caído el frasco de diazepam, pastillas desparramadas, el vaso en el lavabo, agua desparramada en el suelo y comprendió el estado de la mujer. Volvió al salón. Detrás del amplio ventanal, vio que una cabeza sobresalía del respaldo de un sillón. Solo podía ser él. Saco la pistola calibre 22, con silenciador y cargada con 15 balas dum dum y tapándola con la otra mano para amortiguar el ruido la amartilló. Salió a la terraza, la pistola al costado del cuerpo. Él seguía sumido en sus pensamientos, la mirada perdida en las montañas, el vaso de whisky vacío todavía en su mano, no lo vio hasta que lo tuvo enfrente. Del sobresalto se le cayó el vaso. No tuvo tiempo a decir nada. El otro levanto el brazo, apuntó entre los ojos y disparó. Confirmó que estaba muerto, se dio la vuelta y entró en el salón. Tranquilamente fue al dormitorio, estuvo un par de minutos, después se dirigió a la puerta y salió. Ya en la autovía A6, se sacó la peluca, se desprendió de la barba y con el manos libre realizó una llamada. «Hecho» fue lo única palabra que pronunció.

Muchas horas después, amaneciendo, ella se despertó. Estaba atontada, confundida, no se acordaba de nada de lo que había pasado desde que estaban aplaudiendo en la terraza. Estiró el brazo, estaba sola en la cama. Se levantó, le costó ponerse en pie. Con esfuerzo, porque las piernas apenas le respondían, sin poder caminar derecho, teniéndose que cogerse con lo que tuviera a mano, buscó a su marido por toda la casa, no lo encontró. Recordó que estaban en cuarentena, no debía haber salido, era muy escrupuloso con ello. Entonces salió a la terraza y lo vio. Estaba sentando en el sillón, la cabeza hacia atrás, el brazo colgando y un agujero entre ceja y ceja. Se quedó petrificada, sin poder apartar la vista de la cara con el obsceno circulo rojo en la frente. Cuando al final recuperó la movilidad fue en busca de un teléfono. Llamó a la policía. Los esperó mientras desesperada, llena de angustia y ansiedad, trataba de recordar lo que había pasado. Ignoraba que el baño había sido ordenado y en su dormitorio había una pistola calibre 22 sobre la mesilla de luz. Los medios no tardaron en dar la noticia, en plena cuarentena, la esposa, durante un brote psicótico había matado a su marido, un reconocido asesor financiero. Luego informaban de las cifras de infectados, muertos y altas por el coronavirus.

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