jueves. 25.04.2024

He comenzado mi Berlinale con la película Blackberry. Su contenido no puede ser más interesante, ahora que la IA desborda nuestra imaginación,  y por eso se merecía otro pulso narrativo. Tiene grandes aciertos pero no deja de tener una estética francamente mejorable, al igual que lo es el tratamiento de los personajes. Aunque debo reconocer que su colofón logró conquistarme y gana según la evoco.

Al comienzo, mientras están dándose los títulos de crédito, hay unas declaraciones fechadas en los ochenta o por ahí, donde se afirma que, aún cuando pueda parecer increíble, la comunicación de larga distancia permitirá trabajar en lugares muy diversos y relacionarse con gente de las antípodas instantáneamente. La ciudad como lugar de socialización perdería su sentido. Tan escalofriante como cierto.

En este universo tecnológico la genialidad es tan efímera como todo lo demás. Luce con una gran brillantez y se quema muy pronto, bajo la sombra de otro descubrimiento genial que hace obsoleto al predecesor. Da que pensar.

Al escribir esto en un medio de transporte público, quienes me rodean utilizan sus móviles para jugar, remitir mensajes o leer. Pero casi nadie anda pendiente de lo que le rodea en este momento. La profecía tecnológica se ha cumplido. Incluso en el pase de prensa, mi acreditada vecina utiliza su móvil mientras visiona la película, lo cual para mí es todo un anatema, un delito de lesa cinematografía. No acabo de habituarme, si cuando yo mismo recurro a mi teléfono inteligente con más frecuencia de lo que me gustaría. Pero hay cosas que requieren atención, como cuando se visita ese templo laico que siempre ha sido el cine para mi.


La película narra una historia ya conocida pero que conviene recordar por sus múltiples moralejas. Un tipo brillante tuvo la visión de meter el ordenador en un teléfono portátil. Así nace Blackberry, que copó el mercado hasta la irrupción de iPhone, con el que por cierto escribo estas líneas. El teclado que los usuarios de Nokia o Blackberry reverenciábamos deviene virtual.

A mi me costó hacerme a la idea, pero sólo había que probarlo. Nuestro héroe sin embargo no supo rendirse a la evidencia y fue aceptando cosas que tenia muy claras navegando contra corriente. Ya ni siquiera recordamos cómo se llamaba y los Blackberry son objeto de museo. En este universo tecnológico la genialidad es tan efímera como todo lo demás. Luce con una gran brillantez y se quema muy pronto, bajo la sombra de otro descubrimiento genial que hace obsoleto al predecesor. Da que pensar.


Ahora estoy en la sala que ha sustituido al clásico Friedrichpalast, el teatro de la DDR situado en la céntrica y bien comunicada Friedrichtrasse. Se le ha cambiado por el Verti Music Hall, una sala polivalente con sillas de tijera que vale para muchas cosas, pero desde luego no recrea el ambiente recogido de un cine clásico. Habrá que acostumbrarse, o no. Quizá sea preferible no hacerlo. Los Cinemax, el Berlinale Palast o la Haus der Berlinale Festspiele resultan mucho más acogedores. Puede que sea cosa de gente mayor.

Crónicas de la 73 Berlinale: Blackberry