Crónica Festival l’Americana 2025: una cosecha que certifica el brillo en la pantalla
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Aleix Sales | @Aleix_Sales
La imagen de unos vaqueros que homenajeaban a la famosa portada del célebre álbum Born in the U.S.A., de Bruce Springsteen, precedió cada una de las sesiones de la duodécima edición del Festival l’Americana, consagrada al cine independiente norteamericano desde su inicio y, posteriormente, acogiendo el continente entero. La buena cosecha del año se hizo patente en su nutritiva programación y, precisamente, la “cosecha” fue la gran vencedora. Harvest, drama rural de la cineasta griega Athina Rachel Tsangari, se alzó con el Premio Tops de la Crítica ACCEC por la imaginación desbordante a la hora de crear un universo alternativo.
Familiar Touch, de Sarah Friedland, fue la ganadora del Premio del Jurado Cineclubista FCC
Familiar Touch, de Sarah Friedland, fue la ganadora del Premio del Jurado Cineclubista FCC, reconociendo, en sus propias palabras, el “retrato muy delicado y tierno de la vejez y de las relaciones intergeneracionales, rompiendo con la idea generalizada que tenemos de una mujer mayor”. Los premios ATRAE a los Mejores Subtítulos en catalán y español fueron a parar, respectivamente, a Marina Torruella por National Anthem (catalán), y Jara Segura por Look into my eyes (español). Donde coincidieron tanto los cineclubistas como la crítica fue en otorgar sendas menciones para la hipnótica I Saw the TV Glow, de Jane Schoenbrun, una de las sensaciones del año desde su paso por el Festival de Sundance de 2024. El Jurado Joven de La Casa del Cine nombró como mejor película a Janet Planet, ópera prima de Annie Baker.
El público coronó a Beetween the Temples (Nathan Silver) como mejor película de ficción, Group Theraphy (Neil Berkeley) como mejor largometraje de no ficción, mientras que Rock Paper Scissors (Alex Kweskin y Lauren Ward) fue el mejor cortometraje. Ira Sachs fue la figura homenajeada del año, con una retrospectiva que se alarga hasta finales de marzo en la Filmoteca de Catalunya.
La diversidad del coming-of-age
El chupinazo de salida lo dió In the Summers, la ópera prima de la colombiana Alessandra Lacorazza, basada en sus experiencias de juventud junto a su padre y hermana. Estructurada en cuatro actos, correspondientes a cuatro veranos en la infancia y adolescencia de su protagonista, en los que pasaba unos días en casa de su padre en una ciudad sin personalidad de Texas, el film es un coming-of-age calmado y sigiloso basado en la captura de lo mundano y enfocado en la progresiva comprensión de una figura paterna fracasada, ausente y tocada por la mala vida. A pesar de algún breve desliz dramático sobrante, In the summers se mueve en un tono coherentemente contenido con el que Lacorazza logra conmover en esta oda a su imperfecto progenitor -notablemente interpretado por René-Pérez Joglar, Residente, en su primer papel de peso en el cine-, que establece una sincera conexión con sus hijas, adecuadamente encarnadas por Sasha Calle y Lio Mehiel. La colombiana filma una carta de presentación bañada por la luz en sus múltiples sombras que debería abrirle las puertas de par en par a otros retos.
El chupinazo de salida lo dió In the Summers, la ópera prima de la colombiana Alessandra Lacorazza
Contribuyendo a la hornada de directores norteamericanos de raíces asiáticas que miran en su propia experiencia para encontrar sus historias, como Lee Isaac Chung, Lulu Wang o Céline Song, está Sean Wang, que se estrena en el largometraje de ficción con Dìdi, después de rascar una nominación al Oscar el año pasado con su cortometraje documental Nai Nai & Wài Pó (2023). Dìdi, que significa “hermano pequeño” en chino, es una dramedia sobre la integración de aquellos niños resultado de la inmigración de sus padres en los Estados Unidos, que todavía son diferenciados por su origen identitario. Wang, bebiendo de sus vivencias, juega muy eficazmente con la nostalgia dosmilera, apelando a esa generación milenial nacida a principios de los noventa, para la que el concepto de Youtube era el espacio donde grabarse haciendo retos y chorradas. Simpática y bien equilibrada emocionalmente, el film se apoya en las sólidas composiciones del niño Izaac Wang y una gratamente recuperada Joan Chen.
De la socialización adolescente en los 2000 a querer encerrarse en un mundo cotidiano hermético y sacralizado creado junto a una madre en 1991. De eso trata Janet Planet, primera película de Annie Baker con la que retrata una relación materno filial en una apacible casa en el campo, la cual se ve interrumpida por la irrupción de tres personas, en distintos momentos, que reclaman la atención de la madre, interpretada por la cumplidora Julianne Nicholson. Cada uno de los personajes visitantes constituye un largo capítulo en el que, desde la observación más que desde la peripecia dramática, se traza el complejo lazo entre las dos protagonistas. Y, tratando de adentrarse en un planeta aparentemente impenetrable, Baker se adentra paulatinamente mediante la puesta en escena, empezando con una fotografía distante de planos generales y avanzando progresivamente hacia los rostros, como si ya formaramos parte de su universo naturalmente establecido entre ellas. Fundamentalmente contemplativa, Janet Planet es una obra que brilla más por escenas -esa conversación en la cama o la secuencia final son una delicia- que en su conjunto, ya que puede caer en una cierta repetición y estancamiento. Una propuesta que, sin duda, puede ahuyentar a mucho público, pero cautivar a otros.
En un reverso más inocente y luminoso está Griffin in summer, posiblemente la película más divertida de la edición
Desde hace más de un año que todo aquel que la ve puede entrar o no en su atmósfera, pero para nada se siente indiferente ante su visionado. Entre las múltiples lecturas que suscitan sus soñadoras y perturbadoras imágenes, I Saw the TV Glow es un coming-of-age entre dos adolescentes que, en medio de un desalentador y poco prometedor entorno medio en la década de los 90, abrazan una ficción televisiva fantástica, inspirada en muchos productos de la época como Buffy, cazavampiros o Embrujadas. A partir de entonces, veremos las dos posiciones de los protagonistas frente a sus vidas: aceptarla y seguir el camino establecido o romper con ella y escapar a los mundos que ofrece la ficción. Siendo una descorazonadora visión de una sociedad desgastada y hastiada por las fallas del sistema capitalista, la película de Jane Schoenbrun sigue anclada en las luces y neones de We’re All Going to the World’s Fair y se contagia del clima onírico y sumamente inquietante de David Lynch o el David Cronenberg de Videodrome (1983), capturando a la perfección esa ficción banal y cutre de finales del siglo XX que acompañó y alivió a muchos jóvenes. Aunque sus piezas no estén ensambladas al 100% -completamente seguro de que cada revisionado sumará puntos a ello-, se trata de una obra atrevida y única.
En un reverso más inocente y luminoso está Griffin in summer, posiblemente la película más divertida de la edición. Con un título poco enigmático, cuenta la historia de Griffin, un niño precoz que se cree muy maduro para su edad y ambiciona ser un dramaturgo de prestigio. En verano, mientras prepara su nueva obra junto a sus compañeros, conoce en su casa a un joven de 25 años, con el que se encapricha y, por ende, empieza a transformar su obra creativa. Entrañable y muy graciosa, el film de Nicholas Collia es un abrazo tierno con el que abordar las problemáticas de la primera adolescencia tales como el descubrimiento de la sexualidad (tratada de una forma muy natural), el cambio de dinámicas y relaciones de amistad, o la necesidad de comprender la etapa vital que uno vive y el error de querer avanzar experiencias. Siendo una mezcla de Theater Camp (Molly Gordon, Nick Lieberman, 2023) y un Call Me By Your Name (Luca Guadagnino, 2017) pasado por el molde de la comedia indie estadounidense, el film de Nicholas Collia usa ágilmente sus referencias y funciona como un tiro, beneficiándose de un cast de niños actores en estado de gracia, destacando al protagonista, Everett Blunck, y Johanna Colón.
Finales y comienzos para hombres maduros
El teatro también acaba siendo el refugio del protagonista de Ghostlight, un obrero de la construcción maduro que, en una situación familiar complicada, se enrola secretamente a una humilde compañía de teatro amateur que representará una versión de Romeo y Julieta. Después de Saint Frances (2019), Alex Thompson vuelve, esta vez junto a Kelly O’Sullivan, a una conmovedora dramedia que sortea bien la glucosa acerca de segundas oportunidades y nuevas ilusiones con las que remontar una existencia. Apoyada en un sólido Keith Kupferer, no es una propuesta revolucionaria, pero sí supone un más que agradable visionado gracias a su eficaz y sencilla ejecución, con el que demostrar, nuevamente, el poder curativo de las artes escénicas.
En Bang Bang, cambiamos la disciplina teatral por el boxeo, en la historia de un púgil cansado y amargado que, debiendo cuidar a su nieto, decide entrenarlo concienzudamente en este deporte. La película de Vincent Grashaw desmitifica los tópicos del pugilismo mientras trata la masculinidad frágil de la generación boomer, tal vez cayendo en la reiteración, pero resultando una más que correcta propuesta. El gran atractivo de Bang Bang se debe a su centro de gravedad, Tim Blake Nelson, que encarna robustamente a un animal herido que se levanta en cada asalto, evitando afectaciones dramáticas innecesarias y coqueteando orgánicamente con la comedia.
Para ser una ópera prima, Eephus posee un aura crepuscular bañado por, efectivamente, la dramedia
Para ser una ópera prima, Eephus posee un aura crepuscular bañado por, efectivamente, la dramedia. Dos equipos de béisbol compuestos por hombres ya canosos disputan el último partido antes de la demolición del campo por especulación urbanística, ofreciendo una mirada con una pizca de nostalgia al pasado y a un futuro incierto. Carson Lund retrata el compañerismo de hombres del siglo XX con naturalidad en los diálogos (tiene mucho de Richard Linklater), recontextualizando la película de deportes prototípica en un contexto corriente, así que no esperen una obra trepidante, pero sí con corazón. Tal vez le falte explotar con más valentía las enormes posibilidades de su premisa, pero es un loable intento de ofrecer una cara más terrenal y mundana a un imaginario mil veces vendido por el cine norteamericano.
Las maldades del poder social y económico
De los hombres de retirada a los del futuro que se cuecen en las universidades. El primer largometraje de Ethan Berger, The Line, ofrece la cara B de un pilar de la cultura norteamericana como son los años universitarios en clave de thriller. La película plasma las dinámicas de poder y vejaciones de la fraternidad ficticia Kappa Nu Alpha mediante la posición comprometida de Tom, estudiante becado de segundo año que está por encima de los novatos y subyugado a la mano dura de la presidencia. Y lo hace con cierto brío, aunque dejando la sensación de no ir a fondo en la psique de sus personajes ni en lo jugoso de su premisa, quedando como una propuesta correcta que no saca nota.
El primer largometraje de Ethan Berger, The Line, ofrece la cara B de un pilar de la cultura norteamericana como son los años universitarios en clave de thriller
Alejado de las élites fraternales vive Alejandro, el protagonista de la mordaz Problemista, que dirige, escribe y protagoniza el mismo Julio Torres. En su puesta de largo, Torres aúna la experiencia dura del trabajador migrante en Estados Unidos optando por un satírico cuento con elementos fantásticos y cósmicos que remite a nombres como Michel Gondry, Luis Buñuel, Charlie Kaufman o Alejandro Jodorowsky. Problemista tiene un humor afinado y absurdo a partes iguales -en ocasiones excediéndose, debilitando el conjunto un poco-, pero da en la diana a la hora de capturar los males de la lógica capitalista de nuestro presente y futuro. Con una Tilda Swinton fascinante como diabólica jefa narcisista de la escuela de Miranda Priestly de El diablo viste de Prada (David Frankel, 2006) o la Katharine Parker de Armas de mujer (Mike Nichols, 1988), el film presenta al mundo el ojo de gran inventiva de Torres, con el que comenzar un prometedor camino.
Todo esto da fe del buen estado en el que l’Americana encara su adolescencia como festival y el inicio de su propio coming-of-age, tan resplandeciente como los que muestran sus pantallas.