Constelaciones, de Peris-Mencheta: el teatro como multiverso del dolor y el amor
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Vicente I. Sánchez | @Snchez1Godotx
En la física cuántica, el observador no es pasivo: al mirar, interviene y transforma lo que ocurre. Antes de ser observado, todo existe como posibilidad; nada termina de suceder sin una mirada que lo active. Esta idea está muy presente en Constelaciones, texto del dramaturgo británico Nick Payne, versionado y dirigido por Sergio Peris-Mencheta, que puede verse en el Teatro Valle-Inclán (Centro Dramático Nacional) hasta el 29 de marzo.
Peris-Mencheta parte de la teoría del multiverso y de la física cuántica para articular una obra que ofrece múltiples perspectivas desde un mismo punto. Así, la función comienza con la salida a escena del maestro de ceremonias —el músico y showman Litus Ruiz—, encargado de explicar las reglas del juego teatral que estamos a punto de presenciar. El público deberá escoger de manera aleatoria a dos intérpretes de un elenco formado por tres actrices (Paula Muñoz, María Pascual y Clara Serrano) y tres actores (Jordi Coll, Diego Monzón y David Pérez-Bayona). Además, también se decide cómo comienza la historia: en un cumpleaños, un baby shower, etcétera. Elementos que reaparecerán a lo largo de la función. Es decir, cada representación es potencialmente distinta.
En el caso de quien suscribe, que pudo asistir al estreno, el azar eligió a María Pascual y Jordi Coll, con una historia que partía de un encuentro en un cumpleaños. Así comienza esta versión de Constelaciones, donde una pareja —ella, física cuántica; él, apicultor— se conoce y, a partir de ahí, su relación amorosa se despliega a través de múltiples universos, activando una infinidad de posibilidades.
¿De qué modo se aplican el multiverso y la física cuántica en escena? A través de la repetición de situaciones y de lo que podríamos llamar variaciones sobre un mismo tema. En un universo, él la rechaza porque tiene pareja; en otro, simplemente no le presta atención; en otro es ella quien lo rechaza; en otro, sencillamente, no se entienden. Así se va expandiendo un entramado de posibilidades que construye una dramaturgia no lineal, abierta, en la que los caminos se multiplican.
En ocasiones, la vida se articula a partir de pequeñas elecciones, circunstancias o coincidencias capaces de condicionar una existencia entera. Peris-Mencheta explora este territorio en un universo dramático que se inclina más hacia el desencuentro que hacia la unión: son muchas menos las escenas en las que la pareja logra entenderse. Quizá —y solo quizá— la obra ignore aquello que escribía Quevedo: “polvo serán, mas polvo enamorado”.
El director se apoya en una escenografía de Javier Ruiz de Alegría que sitúa a los intérpretes sobre un escenario circular en constante movimiento, clara alegoría de la rotación del universo y de la vida misma, que nunca se detiene. Un recurso que funciona con precisión, sin conceder descanso ni a los actores ni al espectador. Todo ello maridado por la música de Litus Ruiz y su banda, que dan a la obra un tono muy interesante.
En el plano más personal, no parece casual la elección de esta obra por parte del actor y director Sergio Peris-Mencheta, quien en 2024 fue diagnosticado de leucemia, lo que le obligó a atravesar un durísimo proceso médico culminado con un trasplante de médula en Los Ángeles. Una experiencia extrema que se filtra inevitablemente en una función donde la enfermedad y sus devastadoras consecuencias están muy presentes. Tras verla, resulta comprensible que este texto haya servido de detonante creativo. Porque Constelaciones, más allá de su brillante planteamiento teórico, es una obra sobre el dolor, la pérdida y la fragilidad, y sobre cómo la enfermedad puede trastocarlo todo. Tan personal es esta lectura que uno tiene la sensación de que Peris-Mencheta la ha vivido como propia.
Finalmente, Constelaciones plantea profundas reflexiones filosóficas sobre el sentido de la vida y de la muerte. No es una obra sencilla: transita de la sonrisa al dolor más descarnado en cuestión de segundos, y algunos cuadros pueden resultar emocionalmente devastadores, con el consiguiente riesgo de desconexión para parte del público. Sin embargo, estamos ante un ejemplo de teatro inteligente, exigente y profundamente comprometido con la cultura. No propone un viaje cómodo, pero sí uno necesario. Sin duda, una de las propuestas más demoledoras que podrán verse esta temporada en el Centro Dramático Nacional.