Moribundo. El mito del vampiro al servicio del trauma
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Mónica Grau Seto | @monmislilith
Ficha técnica:
Guion e ilustración: Fran Mariscal Mancilla.
Realización técnica: Héctor Márquez (Lufisina Studio)
Editorial: Norma Editorial
Género: Terror, ficción.
1ª edición: octubre 2025
Formato: Cartoné
Tamaño: 19x26
Páginas. 228
Color
Sinopsis:
EL LUTO CON VAMPIROS
Novelista de terror en cierne, Egon trata de mantenerse a flote mientras su vida entera se va a pique. La causa de su caída se llama Liz Tombstone y es la única heredera del antiquísimo clan de vampiros que gobierna la localidad de Hollow Hill. Juntos, Liz y Egon han establecido una relación tóxica que solo puede conducir a un destino peor que la muerte. Fran Mariscal debuta con una historia angustiosa y sobrenatural a medio camino entre el horror y el delirio, una historia que expresa al mismo tiempo el miedo a la separación y la esperanza de construir una vida mejor.
UN RELATO MUY PERSONAL CON LA ATMÓSFERA DE VAMPIROS Y LA CIUDAD
Hay debuts que se anuncian con discreción y otros que irrumpen como un animal herido: vibrantes, incómodos e imposibles de ignorar. Moribundo, ópera prima de Fran Mariscal, pertenece sin duda a la segunda categoría. Más que un simple cómic de vampiros, es un descenso emocional sostenido por una poética visual que transforma el dolor en materia narrativa. Un relato que articula el duelo, la toxicidad afectiva y la imaginería vampírica como vasos comunicantes.
Mariscal viene de una sólida formación artística, desde la Escuela de Arte de Jerez hasta la Escola Joso de Barcelona, pasando por colaboraciones en revistas, fanzines y portadas, obras colecticas como Graphic Sound o Diferentes y publicaciones como el artbook Black Clothes. Fran se mueve en un terreno que va desde la metáfora a la fábula, siguiendo la tradición de los cuentos oscuros de los hermanos Grimm y recordando las clásicas historias de Vertigo
Ese bagaje estético se manifiesta en un estilo híbrido entre la pintura y el comic, por un lado, hay homenaje a Schiele, Klimt y Goya, pero también de McKean, Mignola, Sienkiewicz, Muth, sin olvidar la tradición española de Font, Vernet u Ortiz.
La herida como origen narrativo
Moribundo nació lejos de cualquier aspiración editorial, ya que antes de ser cómic, fue una herramienta de supervivencia con ilustraciones sueltas creadas durante un episodio depresivo, guiadas por un terapeuta, y sin intención de ensamblarse en una historia. Dicen que el arte es terapéutico y esa génesis explica la textura íntima, errática y onírica de sus primeras páginas: reacciones más que escenas, estados mentales antes que secuencias.
Tras el bloque creativo, Mariscal regresa a ese material y lo somete a una estructura consciente, desde el marco de los cinco capítulos que coinciden con las fases del duelo, propuestas por la psiquiatra Elizabeth Kübler-Ross (1969): negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No es un recurso académico, es un esqueleto emocional que ordena el caos inicial sin domesticarlo.
Este planteamiento convierte la lectura en un tránsito más que en un argumento, la obra no busca explicar el dolor, sino acompañarlo, tampoco pretende representar el descenso, sino hacerlo palpable y ser un aviso a navegantes. En ese sentido, Moribundo se sitúa en un territorio poco habitual dentro del cómic español: el de la autoficción emocional filtrada por el horror.
La historia toma como eje a Egon Ditkowicz que es un escritor de terror, un avatar o alter ego confesado del autor, que se desliza hacia una caída personal guiada por el influjo de Liz Tombstone, su antagonista y heredera de un antiguo clan vampírico de Hollow Hill. Ella encarna ese tipo de monstruo emocional que no necesita colmillos para devorar: la figura seductora, dañada y dañina que precipita al otro hacia una forma lenta de extinción. La relación entre ambos es tóxica y se construye como un ciclo: fascinación, entrega, desgaste y vacío. Un bucle que recuerda que, en ocasiones, los vampiros más peligrosos pertenecen al mundo real.
Aunque en Moribundo hay clanes, linajes, reglas, poderes y ciudades malditas, Mariscal no se deja llevar por la épica sobrenatural. Su vampirismo es más íntimo, casi doméstico, y se acerca a la decadencia existencial de El ansia o a la melancolía nocturna de Sólo los amantes sobreviven. Hollow Hill no es un escenario fantástico, sino un espacio liminar, una ciudad en ruinas interiores donde lo gótico sirve para hablar de lo emocional.
Liz Tombstone, por su parte, se convierte en una alegoría del trauma y de su capacidad para contaminar todo lo que toca. Su pasado la define tanto como la destruye, y es precisamente esa herida la que arrastra a Egon hacia una muerte simbólica: “maldito, marcado, ultrajado”. En ella confluyen la seducción, la dependencia y la pulsión autodestructiva. Es un personaje que devora sin intención, como si la maldición fuera simplemente su manera de sentir, y nos recuerda al fin de la Casa Usher.
A Fran le gusta la técnica tradicional, aunque no es contrario al dibujo digital, pero abre su estuche y utiliza sus lápices, rotuladores y correctores con una pasión sorprendente, aquí trabaja en tonos oscuros y grises en momentos de destrucción y desesperación, momentos difuminados vinculados al estado de ánimo o hasta a la embriaguez del personaje, siendo una historia que funciona por etapas y evoluciona, pasando por páginas donde la sangre y el rojo están presente, y llegando a la parte de investigación y catarsis, donde esos tonos se van tornando en color terraceo.
Una obra doble: terror y catarsis
En su superficie es un relato de vampiros, con secretos familiares y seducciones fatales, pero su eje profundo es la representación honesta de un proceso depresivo del propio autor y del esfuerzo titánico por recuperar el control de una vida que parecía perdida.
Esa doble lectura es su mayor fortaleza, y el cómic funciona como advertencia, mostrando las “red flags, a la vez que también sirve como compañía para quien haya pasado por un vínculo dañino. Mariscal no moraliza, muestra y en esa exposición cruda reside su poder.
Estamos ante una obra primeriza, sí, pero no ingenua, siendo un debut adulto, herido, y por eso mismo profundamente luminoso. Fran Mariscal demuestra que el arte es terapéutico y como un cómic de terror es capaz de convertir un derrumbe en una forma de belleza feroz. Su próximo proyecto dará un giro hacia el Lejano Oeste y la venganza, confirmando que este autor no ha venido a repetir fórmulas, sino a explorar mundos desde la oscuridad.