CINE

'La primera escuela': un normativo dictado sin faltas

La cinta del cineasta Éric Besnard satisfará a su público objetivo de afines al cine galo más convencional.

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

El cineasta Éric Besnard, caracterizado por sus prototípicas feel-good movies campestres de aire muy francés, pasó a un nuevo ciclo en su filmografía en el que decidió contar los pilares que constituyen la nación francesa. Esta etapa se inició en 2021 con Delicioso, en la que se apoyaba en un cimiento tan universal como es la gastronomía, contando la apertura de un restaurante en los alrededores de la Revolución Francesa. En la que nos ocupa, aborda otro de sus elementos característicos como es la escuela pública, laica y gratuita, de la que tanto se enorgullecen sus ciudadanos y que tantos otros estados admiran y pretenden imitar.

El director compone una película sin trampa ni cartón: agradable, muy académica, reposada y que pone por delante de todo el mensaje

Besnard no se rompe los sesos y apuesta por el argumento clásico de la forastera que llega a una nueva comunidad y altera su funcionamiento. En este caso, es una maestra que se instala en un pueblo occitano de ganaderos y agricultores para abrir una escuela rural a finales del siglo XIX. Frente a la oposición de sus habitantes, ella intentará convencer de las bondades y necesidad de que los niños asistan para formarse y crecer a nivel personal. Con este escenario, el director compone una película sin trampa ni cartón: agradable, muy académica, reposada y que pone por delante de todo el mensaje, aunque resultando menos obvia de lo que cabía esperar. La primera escuela no se sale de su marco y eso la instala en una medianía y corrección que frenan ese “revulsivo” que debería despertar su tema principal. Es decir, resulta una lección sin errores y con cierta vivacidad, pero le falta ese plus de apasionamiento para que logre seducir al espectador del mismo modo que acaba conquistando a los pueblerinos.

Despuntando de su ABC está su reparto, destacando especialmente a su institutriz, Alexandra Lamy, moderada y fuera de su usual registro cómico. Lamy llena la pantalla y establece una buena dupla con el siempre competente Grégory Gadebois, actor fetiche de Besnard. Con todas las cartas sobre la mesa, La primera escuela satisfará a su público objetivo de afines al cine galo más convencional, de buenos sentimientos y discursos poderosos socialmente relevantes, pero se echa en falta más riesgo en su mensaje y abrir más su abanico de casuísticas, ya que no todo es blanco o negro. Por no mencionar la prédica centralista inherente a todo producto nacional, en los que la lengua francesa está en una posición de superioridad, y las regionales son despreciadas. Un hecho perverso propio de la época y que, hoy en día, sigue bien vigente en el país de la Ilustración.