'Núremberg': antesala del infierno
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Arturo Prins | @prinsarturo
“Un acto malo ejecutado no da su fruto inmediatamente, igual que la leche no se vuelve agria enseguida. Tal como el fuego cubierto de cenizas arde, así el mal acto persigue al necio”.
— Dhammapada, sutras del Buddha
El budismo enseña que el mal no produce efectos inmediatos: fermenta. Como la leche al hervir, necesita tiempo. Crece en lo invisible, madura en silencio y solo después estalla en dolor, herida, historia. El siglo XX fue el gran laboratorio de esa fermentación: dos guerras mundiales, millones de muertos, una industria del exterminio. Núremberg no es solo un juicio: es el momento en que el mal se sienta en el banquillo para mirarse a sí mismo por primera vez sin uniformes, sin himnos, sin multitudes. Solo frente a la ley.
La película nos recuerda que el mal se combate en la conducta cotidiana, en la capacidad de resistir la obediencia ciega, en el pensamiento crítico
James Vanderbilt, el director estadounidense y guionista de “Zodiac” (2007 Dir. David Fincher), dirige “Núremberg”(2025), no como un film histórico al uso, sino como una autopsia moral del siglo XX. El espectador no asiste a una reconstrucción épica, sino a un descenso: a las celdas, a los pasillos de piedra, a la energía oscura de las mentes ejecutoras de la maldad, al infierno que les espera. No es una película sobre la guerra: es una película sobre lo que queda después. La resaca metafísica del horror.
Los Juicios de Núremberg marcaron el cierre judicial de uno de los episodios más oscuros de la historia de la humanidad, pero no clausuraron su herida más profunda: la constatación de que el mal no es ajeno, sino íntimo. El mal está en nosotros, en nuestra capacidad de elegir y actuar, y también impregna el cosmos, y solo podemos aspirar a reconocerlo, contenerlo y detenerlo, o transformarlo. Su fuerza es seductora: primero embriaga, luego enceguece. Opera como un espejismo que incapacita al hombre para percibir la belleza, para sostener los buenos propósitos y las intenciones nobles. Fue en las fuerzas del Eje donde se produjo la erupción del mal en el corazón de los hombres inclinados al mal. Pensamientos de odio, actos de crueldad, falsas palabras, acción sádica, intenciones egoístas y la forma detestable de egoísmo ambicioso, han creado una senda hacia la "puerta donde se halla el mal" que liberó sobre la tierra toda la furia de la Logia Negra, vehiculadas por Alemania, Italia y Japón.
Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, los Aliados organizan los juicios contra la cúpula del régimen nazi. Antes de hacer justicia, fue necesario algo más inquietante: demostrar que aquellos hombres eran conscientes, lúcidos, responsables. Para ello entra en escena el psiquiatra estadounidense Douglas M. Kelley (interpretado por Rami Malek), encargado de evaluar la salud mental de los principales acusados. Entre ellos, Hermann Göring (Russell Crowe), comandante en jefe de la Luftwaffe (La fuerza aérea alemana), mano derecha de Hitler, arquitecto del terror aéreo y engranaje esencial de la maquinaria del exterminio en la creación de la Gestapo en 1933; la policía secreta alemana que operó como un órgano clave del aparato represivo del Tercer Reich. Su misión principal era detectar y eliminar toda oposición al régimen de Adolf Hitler.
El mal ya no necesita botas: ahora usa trajes, pantallas, algoritmos, discursos de seguridad, promesas de orden
La película está basada en el libro de Jack El-Hai, El nazi y el psiquiatra, cuyo subtítulo, traducido, es revelador: “La verdadera historia del psiquiatra estadounidense que diagnosticó a Göring y desveló la psicología del poder, el mal y el colapso”.
Lo que Vanderbilt filma no es un pulso entre un médico y un criminal, sino un duelo entre dos formas de inteligencia. Una busca comprender para prevenir. La otra se justifica para sobrevivir.
El Dr. Kelley organiza su trabajo con método científico: test de Rorschach, cuestionarios de inteligencia, escalas de ansiedad y depresión, entrevistas prolongadas cara a cara. Busca signos de paranoia, demencia, impulsividad homicida. Necesita encontrar una patología que explique Auschwitz. Y lo que encuentra es mucho más perturbador: normalidad psíquica.
En las primeras pruebas, los líderes nazis se sitúan dentro de los márgenes estándar de la salud mental. No aparecen brotes psicóticos, ni delirios desorganizados, ni sadismo clínico como motor central. En su lugar: alta capacidad de adaptación, dominio emocional, disciplina interna, convicciones férreas. No monstruos: funcionarios del mal.
Las entrevistas con Göring son una anomalía dentro del experimento. Cada sesión se convierte en una escena de teatro político. El prisionero acepta los juegos de tinta, pero responde desmontando las preguntas y devolviendo ataques intelectuales:
“Yo jamás actué movido por la locura. Defendí a mi nación de sus enemigos internos y externos. ¿Acaso Washington o Stalin son insanos porque usaron la fuerza? ¿Me pide que haga confesiones para exculpar su conciencia?, ¿Le cuento lo que se hace en las cárceles soviéticas?”
Kelley comprende algo que lo inquieta profundamente: el mal no necesita del delirio para organizarse. Puede ser racional, elegante, incluso persuasivo. Lo que detecta en Göring no es enfermedad. La vida cotidiana en la prisión refuerza ese hallazgo. Göring se queja del menú, regatea cigarrillos, discute la iluminación del patio. Kelley anota con perplejidad:
“Buscan cualquier resquicio de dignidad para no volverse locos y luchan con armas ridículas por conservar la imagen de sí mismos. No encuentro patología, sino un narcisismo político irreductible.”
Ese es uno de los grandes aciertos del film: mostrar que el mal no siempre grita. A veces administra.
La película dialoga de forma directa con la tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Aquello que parecía inédito —la industrialización de la muerte— no fue producto de demonios, sino de hombres funcionales dentro de un sistema. El caso Eichmann —capturado por el Mossad israelí y juzgado en Jerusalén en 1961— completa el mismo mapa moral que traza la película Núremberg: no el del monstruo excepcional, sino el del burócrata del mal. Michel Onfray, en su ensayo “El sueño de Eichmann”, desmonta la coartada del engranaje obediente y revela el sistema de autojustificación racional que permitió a un hombre normal organizar la logística del exterminio sin odio visible ni sadismo explícito. Este mismo mecanismo es el que el film expone en Göring: la inteligencia puesta al servicio del crimen, la retórica como anestesia moral, el lenguaje cargado de eufemismos como escudo de la conciencia. Así, la película deja de ser un drama judicial para convertirse en una radiografía de la banalidad del mal que Hannah Arendt supo nombrar y que Onfray radicaliza: el mal no necesita demonios, le basta con funcionarios eficaces. La sala de juicio se transforma entonces en un espejo inquietante donde el espectador descubre que el infierno no siempre es violento; a veces argumenta, sonríe y firma documentos.
Russell Crowe compone un Göring excesivo, seductor, arrogante, físicamente desbordado: 120 kilos, adicto a la codeína, derivado de la morfina, al borde del colapso cardíaco. Frente a él, Rami Malek (el Dr. Kelley) retrata a un seductor, mago, empático, la alquimia de un acercamiento gradual e interesado. Dos modos de dominio: el del orgullo y el de la comprensión. Dos formas de manipulación: una explícita, otra invisible.
Entre ambos no se construye una amistad, sino algo más incómodo: una zona de empatía peligrosa. Kelley intenta comprender sin justificar. Göring intenta justificar sin comprender. La frontera es frágil.
El film enseña cómo el propio psiquiatra advierte al Fiscal general de EEUU, Robert H. Jackson (un excelente Michael Shannon) del talento retórico de Göring, de su capacidad para enredar al tribunal en discusiones técnicas, eufemismos, deslizamientos semánticos. Cuando se le interroga sobre la “solución final”, Göring habla de “expulsiones, hacer emigrar a los judíos”, de “reordenamientos”, de “seguridad nacional”. El lenguaje bajo malabarismos eufemísticos sobre el exterminio, deja noqueado al fiscal, a quien Göring se lo merienda.
El juicio de Núremberg no es solo un acto jurídico: es un ritual civilizatorio. La humanidad necesita verse a sí misma juzgando sus propios abismos. Por eso es imprescindible la ley. Porque sin ley, la ejecución sería solo venganza. Para matar legalmente a los verdugos nazis, fue necesario antes construir un sistema de derecho internacional. El mal debía ser derrotado sin convertirse en su reflejo exacto.
Aquí aparece uno de los grandes dilemas que atraviesa la película: ¿cómo castigar el horror sin reproducirlo? ¿cómo evitar que el castigo al mal se convierta en un nuevo acto de humillación histórica?
El film sugiere que una de las raíces del nazismo está en la humillación infligida a Alemania tras la Primera Guerra Mundial. El Tratado de Versalles fue un castigo económico, político y simbólico que abrió la puerta al resentimiento nacional. Hitler administró ese rencor y vergüenza, devolviéndoles a los germanos una Alemania grande y delirante, loca por conquistar patrias y realizar una limpieza étnica.
De ahí la advertencia de fondo: el mal no surge sólo de la violencia, sino también de la venganza.
Las imágenes de los campos liberados por los Aliados irrumpen en la sala del Tribunal de Núremberg como un golpe seco. Cuerpos amontonados, raquíticos, piel y hueso, miradas vacías. Seis millones de judíos asesinados. Gas, hambre, tortura. Perros devorando personas, ejecuciones arbitrarias, lanzados por precipicios, electrocutados, fusilamientos, asesinados a bastonazos o congelados de frío. El mal per se, sin retórica.
Estas imágenes fueron utilizadas para el proceso de posguerra de des-nazificación de Alemania y para hacer ver lo que se descubrió en los campos, a los jerarcas nazis durante el juicio. El objetivo era que la población viera aquello que el aparato propagandístico le había ocultado. Que entendiera que no había sido solo cómplice por ignorancia, sino por delegación. El horror no solo necesita verdugos: necesita silencio cómplice.
La película toca también, aunque en fuera de campo, una cuestión incómoda que atraviesa todo Núremberg como una sombra sin nombre: el lugar de la Iglesia ante el ascenso del nazismo. No hubo una bendición teológica del Reich ni de los juicios, pero sí una legitimación política temprana. En 1933, el Vaticano firmó con el régimen de Hitler el Reichskonkordat, un acuerdo que garantizaba la protección del culto católico a cambio de la retirada de la Iglesia de la vida política alemana. Aquel gesto, diplomático en la forma y devastador en sus consecuencias morales, contribuyó a normalizar al Tercer Reich en sus primeros pasos. En 1935, mientras se promulgaban las leyes raciales de Núremberg, ese vínculo no fue roto. Como siempre, la iglesia sale muy mal parada con sus juegos a dos bandas.
La película despliega toda la fuerza visual organizada por su excelente director de fotografía Dariusz Wolski, conocido por su trabajo en películas como Piratas del Caribe, en geometrías potentes, sombras y contraluces. El verde apagado, gris amarillento, lavado y mortuorio de las cárceles, el color del infierno.
Göring no espera a la horca. Se suicida con una cápsula de cianuro la noche anterior. Nadie sabe con certeza cómo la obtiene. Pero la película sugiere una relación ambigua, que roza un tipo de amistad, pero que no lo llega a ser con su psiquiatra: intercambio de cartas con su esposa, protección de su hija, mensajero voluntario de las últimas voluntades de los cónyuges. El suicidio de Göring no es un acto de culpa: es un último gesto de soberanía. Morir cuando uno quiere. Arrebatarle al tribunal incluso la ejecución final.
Años después, Kelley también se suicida. Alcoholismo, depresión, desencanto. Ambos mueren con el mismo veneno. La simetría es escalofriante. Como si el contacto prolongado con el mal dejará un residuo tóxico imposible de metabolizar.
El libro A Psychiatrist Examines the Master-Criminals at Nuremberg: 22 Cells in Nuremberg, de Douglas M. Kelley, apareció sin estruendo y sin éxito editorial, pero su valor es hoy abiertamente profético. Kelley no retrató a bestias delirantes ni a demonios clínicos, sino a hombres inteligentes, racionales, adaptados, dotados de una normalidad psicológica escalofriante. Allí donde el público esperaba monstruos, él encontró ejecutivos del mal: sujetos con autocontrol, convicciones firmes, dominio del lenguaje y una lógica interna intacta. Frederic Wertham, psiquiatra germano-estadounidense, lo expresó con claridad: Núremberg no solo juzgó crímenes, sino que reveló una crisis radical de la moral moderna, una pregunta sin resolver entre la responsabilidad individual y la maquinaria social que la disuelve. Sostuvo que el nazismo podía regresar sin esvásticas ni uniformes, bajo formas más limpias, más amables, más digitales podríamos añadir. Hoy resulta imposible no leer esta advertencia en clave contemporánea: Trump, Netanyahu, Putin, Kim Jong-un, o Mohamed bin Salmán los nuevos autoritarismos, las democracias erosionadas desde dentro.
Por eso, precisamente, este film deja un residuo —como me lo ha dejado al ver la película—: la sensación de que algo está esencialmente mal en el universo, de que el mal no es una excepción sino un clima, una atmósfera que lo impregna todo, y que detenerlo no es un gesto épico hacia afuera, sino una disciplina íntima hacia uno mismo, hacia la vigilancia de la propia conducta, no en la ilusión de corregir a la humanidad, sino en la exigencia de corregir las desviaciones de lo que no se hace y debería hacerse, y de lo que se hace pero nunca debió hacerse. Y esta es, justamente, una de las lecciones fundamentales de Núremberg, que urge repasar hoy para comprender: que los neofascismos europeos, asiáticos o estadounidenses no son anomalías del pasado, sino formas siempre disponibles del presente, dispuestas a resurgir allí donde la conciencia abdica; evitarlos es nuestra gran responsabilidad histórica si no queremos recaer en la vieja tentación de los líderes convertidos en mesías delirantes, falsos revolucionarios, impostores de la verdad y del bien, ocultos tras disfraces retóricos, discursos y fábulas que prometen sentido y sólo producen obediencia, como ocurrió con todo el aparato visual, artístico, logístico y propagandístico del nazismo, como ocurre hoy en Corea del Norte, como amenaza hacerlo en Rusia, en la República Popular China o en ciertas teocracias petroleras como Arabia Saudita, donde persistentes dictaduras reciclan, con guantes de seda y tecnología de alta gama, los mismos mecanismos de dominación —ya no tan burdos, pero acaso más peligrosos— que el Dr. Douglas Kelley supo anticipar antes incluso de que el siglo terminara de mostrar su verdadero rostro.
El mal ya no necesita botas: ahora usa trajes, pantallas, algoritmos, discursos de seguridad, promesas de orden. El mecanismo es el mismo: miedo, identificación de un enemigo (los inmigrantes), promesa de grandeza (Make America Great Again), suspensión de la ética en nombre de una causa (ejecuciones sumarias de lanchas del narco en el mar Caribe).
Núremberg no es solo una película histórica. Es un espejo moral. Nos recuerda que el mal no se combate solo en los campos de batalla, sino en la conducta cotidiana, en la capacidad de resistir la obediencia ciega, en el pensamiento crítico, en la negativa a delegar la conciencia.
El film sostiene una tesis incómoda: no basta con decir “yo no habría sido nazi”. La pregunta real es:
¿En qué condiciones yo también podría serlo? La respuesta no tranquiliza. Pero despierta.