Manas: hermanas contra el abismo
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Jaime Polo | @lovacaine
El cine iberoamericano es cada vez más profundo. Manas (2024), dirigida por Marianna Brennand, es una gran contendiente para la noche de los Goya 2026 a la Mejor Película Iberoamericana. Esta ópera prima, ambientada en las profundidades acuáticas y selváticas de la isla de Marajó, en el corazón del Amazonas brasileño, es una historia de supervivencia infantil y, además, es un espejo implacable que refleja las grietas invisibles de una sociedad ribereña atrapada en ciclos de violencia generacional. Nominada con merecimiento, la película trasciende el mero entretenimiento para convertirse en un acto de denuncia sutil, pero demoledor, que obliga al espectador a confrontar realidades que preferiríamos ignorar.
La trama gira en torno a Marcielle, una niña de trece años interpretada con una madurez desgarradora. Vive en un archipiélago remoto donde las mujeres de su familia están encadenadas a un abismo de silencio familiar. Brennand, con un guión que destila años de investigación meticulosa teje una red de temas interconectados: la transmisión intergeneracional del abuso sexual infantojuvenil, la misoginia arraigada en tradiciones culturales, el moralismo religioso que asfixia la libertad, y hasta toques míticos como la leyenda del boto, esa figura folclórica que simboliza la seducción y el peligro en las aguas amazónicas. Sin embargo, lo que me interesa profundamente de Manas es su enfoque en lo imposible: la liberación de Marcielle y su hermana menor no es un acto heroico grandilocuente, sino un pulso desesperado por romper el ciclo.
La directora opta por el silencio como arma principal: diálogos escasos, gestos reprimidos y paisajes acuosos crean una atmósfera opresiva donde la violencia no necesita ser explícita
La maestría de Brennand radica en su aproximación subjetiva y contenida al horror. No hay gratuidad en las imágenes; todo es medido con un respeto que roza lo poético, pero que no dulcifica la crudeza. La directora opta por el silencio como arma principal: los diálogos escasos, los gestos reprimidos y los paisajes acuosos que parecen engullir a los personajes crean una atmósfera opresiva donde la violencia no necesita ser explícita para golpear como un puñetazo en el estómago.
Como crítica nacida en el contexto iberoamericano, no puedo evitar conectar Manas con una tradición de cine que denuncia sin panfletos: pienso en Pixote de Héctor Babenco o en las obras de Lucrecia Martel, donde lo íntimo se vuelve político. Para quienes provienen del norte brasileño esta película es un espejo potente: representa sotaques invisibilizados, sabores cotidianos como el açaí, y una realidad que clama por visibilidad sin caer en caricaturas. Es un honor ver cómo Brennand honra el territorio ribereño, evitando reducir Marajó a un cliché de explotación sexual. Al contrario, celebra su generosidad cultural mientras denuncia sus sombras.
En resumen, Manas no pide permiso para existir; ocupa el espacio con la fuerza de un río desbordado. Es un cine necesario, devastador y bello en su crudeza. Si gana el Goya, no será solo un premio a su excelencia técnica, sino un reconocimiento a su rol en romper silencios. Recomendada.