CINE

'A la deriva': el antes, el durante y el después

A la deriva es una manera de pensar en el cine y sus posibilidades sin pasarse de pretenciosidad, llevada a cabo con sencillez, gusto y magnetismo.

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

La obra de Jia Zhangke siempre ha sido intrínseca al retrato social de su país, un cronista del desarrollo de las últimas décadas de la China del siglo XX y el siglo XXI, transitando del modelo comunista al gigante económico que es hoy en día. Y lo ha hecho inscribiendo naturalmente sus pequeñas historias en momentos o situaciones que capturan una época o momento orgánicamente. Tras tres décadas de prolífico trabajo, ha acumulado una enorme cantidad de material con el que, por necesidades de producción -la película se plantea en 2021, cuando la pandemia de la COVID-19 sigue vigente y existen muchas limitaciones para rodar-, se viste de Richard Linklater y firma su propio Boyhood (2014), su personal trilogía de Antes de... (1995-2013). Porque A la deriva es una historia narrada en tres tiempos (2001, 2005 y 2022), cuyas dos primeras partes se constituyen de escenas eliminadas y metraje rodado para Placeres desconocidos (2002) y Naturaleza muerta (2006), mientras que el epílogo son imágenes propiamente rodadas expresamente para el film, en plena atmosfera de mascarillas y geles hidroalcohólicos.

Es una proeza muy estimulante, cargada de belleza, que merece toda celebración.

Zhangke entrega un ejercicio virtuoso de reutilización y recomposición de imágenes para darles un nuevo sentido e inscribirlas en una lógica diferente de la que se desprende una narración. En este aspecto, la trama del film resulta lo más endeble de la propuesta –historia de vínculos y separación en distintos momentos vitales de una pareja-, ya que en más de una escena el contenido se tambalea y añade dificultad a su descodificación. Pero, francamente, eso es lo de menos conociendo la génesis, las intenciones y la ejecución de la propuesta, las cuales compensan esa indefinición o aleatoriedad.

Lo verdaderamente importante aquí es el testimonio visual de un tiempo capturado, de unas imágenes riquísimas en textura –del digital de las cámaras DV a la tendencia presente- con las que atrapar una época, un país y unos cuerpos que van madurando, puestos por unos sugestivos Li Zhubin y Zhao Tao, esposa de Zhangke, a quienes les hace un conmovedor álbum libre de edulcorantes. Mientras, como siempre en el corpus fílmico del cineasta, está como telón de fondo bien integrado la evolución trascendental de un estado, desde la designación de su capital como sede Olímpica, la inauguración de la mastodóntica presa de las Tres Gargantas o el impacto de un virus de abasto mundial. Con un estilo fundamentado en la improvisación, no en vano lo que empezó Zhangke a rodar a inicios del milenio pretendía ser una réplica a la observación del día a día de una nación que hacía Dziga Vertov en El hombre de la cámara (1929), rebautizada como The man with the digital camera por la índole del aparato que el director acarreaba, es un ejemplo de cómo se pueden repensar las imágenes y ponerlas al servicio de un propósito, de una idea, de un espíritu, de un efecto, de una sensación que transmitir. 

A la deriva es una manera de pensar en el cine y sus posibilidades sin pasarse de pretenciosidad, llevada a cabo con sencillez, gusto y magnetismo. Pero, por encima de todo y al margen de sus debilidades, es una proeza muy estimulante, cargada de belleza, que merece toda celebración.