lunes. 26.02.2024
Cinemanía
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Aleix Sales | @Aleix_Sales

Hace unas semanas Pedro Almodóvar desmontaba y reconstruía en clave queer los códigos del género más conservador y con más testosterona por minuto como el western en el cortometraje Extraña forma de vida, ahora otro cineasta, el debutante David Wagner, en un país y contexto histórico distintos, indaga en los recovecos emocionales de otro mundo “inequívocamente de machos” como es el ejército. Habitualmente centrado en la acción de la batalla y los valores como la camaradería o el honor, el cine bélico o de ambiente militar habitualmente ha dejado en segundos y más lejanos planos su aspecto sentimental –más allá de los habituales melodramas romances exacerbados del cine clásico-, obviamente siempre delimitado en un mundo cishetero. Sirviéndose de un hecho real acaecido hace pocos años en Austria, Eismayer mira al tabú de la homosexualidad en uno de sus entornos donde permanece más oculta.

Sirviéndose de un hecho real acaecido hace pocos años en Austria, “Eismayer! mira al tabú de la homosexualidad en uno de sus entornos donde permanece más oculta

Y no lo hace desde un punto de vista simplista ni maniqueo, sino tomando a un personaje central contradictorio acomodado en una mentira reforzada por la institución militar. En el film se repite la imagen de un muro considerable nevado, frío y gris, con la que metafóricamente se plantea esa idea del ejército como una prisión, un lugar de represión de las pulsiones naturales no-normativas, como una “terapia de reeducación” que anula y amarga el carácter a su protagonista, notablemente interpretado por Gerhard Liebman. Sosteniéndose inicialmente en la trama de oficial implacable severo que deviene obstáculo para un cadete recién llegado, la cinta deja que la atracción empiece a surgir y a desmontar la coraza que ha oprimido el verdadero ser del subteniente Eismayer.

Evitando rodeos estériles en su narrativa y, aunque pasando por encima algunos aspectos que merecen más profundidad, Eismayer no resulta un melodrama particularmente sutil, pero para nada es burdo, el cual vira hacia un desenlace más optimista de lo esperado. Como decían en otra película que pretendía romper otro molde, el de la romcom de gran estudio, como Bros: Más que amigos (Nicholas Stoller, 2022), no hace falta hacer sufrir a los homosexuales absolutamente todo el tiempo. El film de Wagner lo hace lo justo mientras aporta luz a la oscuridad del tabú y dota de deseo a unos personajes constreñidos por el peso de la moral retrógrada de su universo. Porque seguramente lo de Charles Rogers y Richard Arlen en Alas (William A. Wellman, 1927) sí que era un beso.

Eismayer: la coraza metálica