jueves. 04.06.2026
FESTIVAL DE CINE

Crónica del Festival D’A 2025: otro abril que sí llegó

Foto: D'A Festival Cinema Barcelona 2025
Foto: D'A Festival Cinema Barcelona 2025

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Aleix Sales | @Aleix_Sales

“El pasado y el presente del cine de autor”, así rezaba el claim de la quincena edición del Festival D’A, una máxima que se ha cumplido a rajatabla viendo las nuevas voces y los nombres célebres programados a lo largo de 11 días en la ciudad condal. Un espíritu también trasladado a un palmarés diverso en la que Salomé, drama brasileño de una modelo que se topa con una “sustancia verde”, dirigido por André Antonio, fue la gran ganadora del Premio Talents x ESCAC, mientras que la marroquí Cabo Negro, de Abdellah Taïa, se hizo con el Talent Verd. La crítica prefirió distinguir la malasia To Kill a Mongolian Horse, de Xiaoxouan Jiang, contemplativa visión del desmoronamiento de la vida de un jinete mongol, mientras que el Jurado Joven se puso más juguetón, pero igualmente atmosférico, apostando por El diablo fuma (y guarda las cabezas de los cerillos quemados en las misma caja), de Ernesto Martínez Bucio.

  1. Las jóvenes y el duelo
  2. La feminidad en el punto de mira
  3. Las tres francesas y el amor
  4. Marcianadas de nombres consagrados

La imprescindible sección Un Impulso Colectivo, que cubre todo el espectro catalán y español, coronó a Jone, a veces, de Sara Fantova, y otorgó una mención al documental Turismo de guerra, de Kiko Grau, que mezcla la memoria histórica con el cariz experimental. Otra obra de no ficción recogió el Premio Un Impulso Colectivo x Antaviana, On eres quan hi eres?, retrato del cantautor Ovidi Montllor realizado desde la intimidad por su hija, Jana Montllor BlanesEl viento que golpea mi ventana, de Emilio Hupe, fue el Mejor Cortometraje, llevándose la mención Ohio Sonata, de Lluís Galter. El Premio del Público a Mejor Cortometraje, no obstante, recayó en El norte, de Cordelia Alegre, y el homólogo a Mejor Largometraje fue para la rumana El año nuevo que nunca llegó, de Bogdan Murenasu, que aborda los últimos días del régimen de Ceauceascu en el seno de la sociedad civil.

El D’A vuelve a demostrar que está bien vivo gracias a su cuidada programación y a un público que fielmente acude a ella. Y esto asegura que, el año que viene, nos volvamos a encontrar con el presente y el futuro del cine de autor

Las jóvenes y el duelo

De Bélgica llegó Têtes brulées, debut en el largometraje de Maja Ajmia Yde Zellama, avalada tras su paso por la Berlinale de este año, en la que una niña de doce años de origen tunecino, Eya, ve su infancia truncada por la muerte accidental de su hermano, Younès, en Bruselas. Zellama filma una obra basada en la observación y en los pequeños gestos, contenida y parca en palabras, casi documental, para retratar este doloroso proceso sin demasiados golpes de efecto, mostrando su buen ojo a la hora de retratar el costumbrismo del entorno de Eya, aunque pecando de un cierto estancamiento que cae en la reiteración más que en la aportación.

Otra ópera prima de una chica que se debe enfrentar a la (futura) muerte de un ser querido, en este caso su padre, es Jone, a veces, primer largometraje en solitario de Sara Fantova. Si en Têtes brulées era una preadolescente, ahora es una post-adolescente de 20 años quien lidia con el futuro de un padre aquejado de Parkinson mientras, inteligentemente, se desarrolla un contexto contrapuesto lleno de vida como es la Semana Grande de Bilbao, plagada de vivencias con amigos y espacio para el romanticismo. Un coming-of-age en el que Fantova hace gala de su sensibilidad tras la cámara para filmar personas y espacios de manera cercana, así como manejarse en el campo de la improvisación el algunas secuencias. Con algún que otro inherentes a la primera película, tales como un regodeo en el silencio o una cierta timidez para abordar la problemática principal en cuestión antes -que cuando lo hace es donde explota aún más la sensibilidad de la historia-, Jone, a veces es cine que te abraza con toda la sinceridad del mundo y una más que estimable carta de presentación en la que brilla su protagonista, Olaia Aguayo, actuando por primera vez.

La feminidad en el punto de mira

No están de duelo, pero las adolescentes de Toxic, ópera prima de la lituana Saulé Bliuvaité, ven en el modelaje una vía de escape de su entorno precario en el extrarradio rural que las somete a una presión estética digna del adjetivo que compone el título del film. Bliuvaité ofrece una obra sórdida y fría, filmada a veces con una distancia que descoloca como Harmony Korine, pero con sus pequeñas dosis de humor. Toxic es un desesperanzado coming-of-age de niñas que quieren hacerse mayores de golpe para abandonar su desolador panorama, cayendo en la ingenuidad propia de su edad. Un film bien anclado en la juventud del presente, muy influenciada por las redes sociales, que aborda la problemática de la imagen física de una manera menos efectista que otros títulos como Club Zero (Jessica Hausner, 2023) y que descubre a una directora capaz con ideas estimables y un estilo todavía más claro.

La georgiana Dea Kulumbegashvili sigue la senda formal que abrió con su largometraje previo, Beginning, que sacudió por completo el Festival de San Sebastián de 2020 y a la crítica por completo, para volver a hacer un retrato de la vulnerabilidad de la mujer en su país en April. Si aquella vez era la mujer de una testigo de Jehová, ahora es una ginecóloga de la zona rural del este la que está bajo escrutinio a raíz de la muerte de un bebé justo al momento de nacer en un parto al que asiste. Esta investigación puede poner en peligro el secreto que guarda: la práctica de abortos clandestinos a mujeres jóvenes de la zona. La cineasta mantiene su estilo propio del “slow cinema” a base de imponentes planos fijos y una poderosa composición del plano en la que el fuera de campo es muy elocuente para ejercer una denuncia del machismo y la violencia en contra de las mujeres -el aborto es legal en Georgia, pero socialmente poco aceptado, especialmente en entornos de provincias conservadores-, creando una atmosfera pausada pero profundamente perturbadora y terrorífica. Encontrando el horror en lo cotidiano como Michael Haneke, Kulumbegashvili también realiza unas fugas oníricas remitentes al mexicano Carlos Reygadas con la que establece una metáfora con el sentimiento de culpa de su protagonista (una contenida y fuerte Ia Sukhitashvili, que vuelve a asociarse con la directora tras Beginning), siendo lo más cuestionable de un film que, cuando apuesta por el realismo, llega a altas cotas cinematográficas generadoras de imágenes memorables. April es una obra sumamente dolorosa e inquietante que certifica la destreza de Kulumbegashvili para filmar los cuerpos y la asientan como una voz personalísima e inconfundible en el cine de autor contemporáneo. De lo más impactante que se pudo ver estos días.

Una habitual del D’A como Patricia Mazuy propone en La prisonnière de Bordeaux una historia de amistad entre dos mujeres de diferentes clases sociales que tienen a sus maridos presos en una cárcel cerca de la capital de Aquitania. La francesa sortea los clichés del drama social que puede suscitar la premisa evitando sentimentalismos baratos y arrebatos dramáticos hiperbólicos en un relato equilibrado y correctamente narrado que inevitablemente pierde algo de fuelle en su tramo final. La película esquiva el aura de feel-good movie al no apostar por la complacencia ni un desarrollo dramático obvio, pero aun así consigue brotar su espíritu humano en estas dos mujeres, estupendamente defendidas por Isabelle Huppert y Hafsia Herzi, que buscan consuelo mutuo frente al vacío presente de sus vidas.

Las tres francesas y el amor

No solamente se vino a sufrir, y muestra de ello es la deliciosa Tres amigas, otra entrega en la disertación sobre el amor que Emmanuel Mouret ya realizó en las notables Las cosas que decimos, las cosas que hacemos (2020) o Crónica de un amor efímero (2022). Mouret se sigue vistiendo con el traje de Woody Allen o Éric Rohmer para contarnos distintas vertientes y percepciones (de las infinitas que hay) del amor, en una historia de enredos y relaciones cruzadas la mar de simpática y con mucho fondo, pintada con el color de una comedia romántica fina y elegante, que tan bien saben hacer en el país vecino. Amparada por un reparto en estado de gracia, donde brilla Sara Forestier especialmente, la virtud de Tres amigas (y de la obra de Mouret) reside en la capacidad de penetrar desde la más absoluta ligereza a lo más profundo del alma humana, dejando momentos de clarividencia y pinchazos de desconsuelo entre sonrisa y sonrisa. Prueba de ello es la epifanía final del personaje de India Hair, resignada pero con un halo de luz en el horizonte.

Raffaella Carrà pregonaba que para hacer bien el amor hay que venir al sur, pero lo sorprendente es la calidez que lleva mostrando el cine noruego estos últimos años para retratar las relaciones sexoafectivas, teniendo como principal exponente a Joachim TrierLa peor persona del mundo (2021). Dag Johan Hauregund es otro nombre a tener en cuenta desde que, discretamente, iniciará su trilogía Sex-Love-Dreams, culminando este año con el Oso de Oro en Berlín por su tercera entrega, todavía inédita. Tras el perspicaz lienzo de una masculinidad frágil o en proceso de reconfiguración de Sex, se pudo ver Love, que persiste en el halo discursivo para radiografiar el amor y las relaciones interpersonales en la contemporaneidad. Pudiendo ser prima hermana de Emmanuel Mouret, mencionado unas líneas más arriba, solamente que con un tinte más grave, Haugerud también fija el ojo en el alma humana y se adentra en ella con naturalidad y sensibilidad hablando de Tinder, cruising y otras actividades, pero también de cuidados y aspiraciones evitando toda altivez y sorteando los excesos melodramáticos más maniqueos. Love es una tierna caricia con la que identificarse que va calando poco a poco gracias a su magnífico libreto y que deja al espectador el clima idóneo para hacer balance de su propia situación. Un gustazo para todo aquel que disfrute con el diálogo fluido y palabras que dan en la diana.

Marcianadas de nombres consagrados

Es de admirar la imprevisibilidad y audacia de Bruno Dumont a la hora de escoger sus historias, ya que puede pasar de un musical de Juana de Arco al drama de una periodista mediática en France (2021). En L’empire se lanza al vacío creando su particular space opera inspirada en La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), ambientándola en su habitual campiña francesa. En una trama donde dos imperios se enfrentan, Dumont despliega unas cuantas ocurrencias simpáticas como catedrales góticas a modo de nave o el uso de sables láser, pero la película no trasciende estos múltiples gags sueltos y no aguanta su duración porque no avanza a ninguna parte, además de poseer un punto misógino en la mirada hacia la mujer. Es una gamberrada con la que Dumont sacia su deseo de probarse en otro género, repleta de su humor absurdo y con la rara avis de tener unos efectos visuales bastante logrados, en contraposición a la tónica habitual de apostar todo a la cutrez en este tipo de propuestas que parodian y releen el género espacial.

Más anclado en la tierra (o bajo tierra) está The Shrouds, última cinta de David Cronenberg hasta la fecha que, como la anterior Crímenes del futuro (2022), funciona como una suerte de compendio de los temas y estilo de su obra. Nacida al filo del fallecimiento de la esposa del director, el film parte de una premisa muy jugosa (una empresa funeraria que retransmite en directo el interior de las tumbas para los seres queridos), con la que explorar el vínculo entre la tecnología y la muerte, así como el duelo. De hecho, aquí Cronenberg ya supera la mutación y generación de la “Nueva Carne” para, simplemente, grabar su descomposición y putrefacción en tiempo real. Una idea brillante y lúcida que, sin embargo, pierde el foco y se va enredando en una trama conspiranoica confusa y sobrante, destellos de erotismo incómodo en los que apuntar a una excitación a través de los cuerpos no del todo bien explotada y unos diálogos por momento risibles. Vincent Cassel compone un alter ego del director adecuado, pero es una lástima que uno de los fondos más sentidos con los que trabaja Cronenberg como es el duelo acabe siendo una propuesta tan fría y distante, aunque estimulante a pesar de su descalabro. Al contrario que los cadáveres consumiéndose, el D’A vuelve a demostrar que está bien vivo gracias a su cuidada programación y a un público que fielmente acude a ella. Y esto asegura que, el año que viene, nos volvamos a encontrar con el presente y el futuro del cine de autor.

Crónica del Festival D’A 2025: otro abril que sí llegó