CINE

'El arte de los analfabetos': un viaje familiar que explora memoria y vocación

La película tiene un metalenguaje sutil y ameno, concebido en la sala de montaje, donde las imágenes se reinterpretan y dialogan con la memoria familiar.

Necesitamos tu ayuda para seguir informando
Colabora con Nuevatribuna

 

Guillermo Barrera | @guille_barrera

El documental “El arte de los analfabetos” (2024), que llega finalmente a Amazon Prime en 2026, se presenta como una road movie familiar que conecta memoria y vocación de manera profundamente personal. Dirigido por Edu Hirschfeld y Kevin Castellano, el filme arranca reflexionando sobre que la vida es el cine, y está ahí esperando que alguien la atrape. Al final, todo es rodar y jugar con esas imágenes intentando contar una historia.

El documental se centra en las vivencias del abuelo de uno de los directores (Kevin Castellano), una de tantas historias de esta generación silenciosa marcada por la guerra y la posguerra en España. Siendo niño, y viviendo como un mendigo, recorrió miles de kilómetros a pie desde Valencia hasta los Pirineos para sobrevivir. Ahora, 75 años después, nieto y director se embarcan en un viaje que recrea esa misma ruta, conectando pasado y presente en una travesía tanto física como emocional.

Son sus reflexiones y el juego de metalenguaje lo que más me resulta interesante: cómo el cine puede capturar la memoria, reinterpretar la vida y dialogar con el espectador

Aunque el documental se acerca más al mediometraje que al largo y se centra en vivencias muy personales, lo que realmente destaco son las reflexiones que surgen a lo largo del camino. La película tiene un metalenguaje sutil y ameno, concebido en la sala de montaje, donde las imágenes se reinterpretan y dialogan con la memoria familiar. La combinación de cine dentro del cine enriquece, y tiene un encanto especial: cuando las imágenes dejan de ser vistosas, pasan a capturarse con la cámara casera, (la primera, o una de las primeras que tuvo el director), aporta un toque nostálgico y cercano que refuerza la intimidad del relato.

El film cita la filosofía de Werner Herzog, uno de los grandes autores europeos de la historia del séptimo arte, quien celebraba el cine como ese arte que puede disfrutarse sin necesidad de leer ni escribir. De manera ingeniosa, esa idea conecta con el título de la película: “El arte de los analfabetos”.

En resumen, son sus reflexiones y el juego de metalenguaje lo que más me resulta interesante: cómo el cine puede capturar la memoria, reinterpretar la vida y dialogar con el espectador. La historia personal del abuelo, un hombre tierno y entrañable, aporta un matiz íntimo, pero cuanto más nos adentramos en el núcleo familiar de uno de los directores —una familia obrera, normal y corriente—, más me resulta irrelevante: unas vivencias familiares que, como espectador, me son indiferentes. En suma, es un mediometraje que funciona mejor por sus ideas y reflexiones que por el relato personal en sí.