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lunes. 27.06.2022
LECTURAS SUMERGIDAS | REVISTA LITERARIA

Carlos Castán, el contagioso virus de la literatura

Por Emma Rodríguez | Los lectores que hayan seguido las huellas de Castán no dejarán de reconocer en esta entrega los hallazgos de quien se ha dedicado a buscar en sus relatos esas esquinas inesperadas hacia las que dirigir el foco de la linterna...

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Carlos Castán © Lydia Solans Andreu

lecturassumergidas.com |  @lecturass | Por Emma Rodríguez | Como lector de novelas el narrador de “La mala luz”, de Carlos Castán, se declara “francés y melancólico”, confiesa que siempre ha preferido “el monólogo interior a las historias enrevesadas que avanzan entre revólveres, pistas fiables o falsas, enigmas y coartadas” y asegura que siempre se ha sentido perdido en ese tipo de aventuras, no logrando nunca llegar a entender del todo, ni en el cine ni en la literatura, historias como “L. A. Confidential” o “El sueño eterno”. Si empiezo por aquí este artículo es por dos razones: porque el propio autor nos está ofreciendo una pista certera acerca de sus gustos literarios, definiendo las búsquedas de sus propias creaciones, y porque ese párrafo marca el punto de inflexión de la novela, el giro, el cambio de registro hacia una especie de “thriller”, una particularísima investigación que Castán se anima a poner en pie, pese a sus reticencias, y que se queda en un simple esbozo de algo que podría haber llegado a más.

No, no es la acción, lo que interesa a este escritor. No es tampoco la novela el género que mejor se ajusta a sus palpitaciones. Carlos Castán (Barcelona, 1960), quien lleva algún tiempo levantando una interesante obra desde la periferia; actualmente vive en Zaragoza, donde comparte la escritura con la enseñanza, es un extraordinario autor de cuentos que ha conseguido en su primer intento de correr la larga distancia una obra cautivadora en su imperfección, de altas intensidades emocionales, estremecedora a ratos, poética y profunda en sus reflexiones.

Los lectores que hayan seguido las huellas de Castán no dejarán de reconocer en esta entrega los hallazgos de quien se ha dedicado a buscar en sus relatos esas esquinas inesperadas hacia las que dirigir el foco de la linterna, esos instantes en los que se abren huecos a través de los cuales es posible introducir las manos y alcanzar los prodigios que permanecen agazapados, escondidos, en los recovecos del tiempo, de las distancias, de la memoria, de lo que no puede ser explicado. En cierto modo Castán es como uno de esos viajeros, perseguidores de prodigios, que protagonizan una de sus piezas inolvidables, “El andén de nieve”, relato que abre “Frío de vivir”, el sorprendente libro con el que se dio a conocer hace ya 16 años y que simplemente con su título ya presagiaba en cierto modo lo que es “La mala luz”.

Estamos ante una crónica de la desilusión frente a la complicada práctica de existir, ante ese momento en el que, habiendo realizado ya buena parte del trecho, se constata que faltan las fuerzas, la energía suficiente, para volver a creer que es posible levantarse de la última pérdida y empezar de nuevo. Poco importa en esta novela que la parte detectivesca se quede coja, poco importa que la narración se cierre demasiado abruptamente después de un comienzo, tal vez, excesivamente lento. De la resolución del crimen que tiene lugar, de las motivaciones, de las circunstancias en torno al mismo, esperará mucho más, sin duda, el lector habituado a disfrutar con el rastreo de enigmas, a correr tras las pistas del delito, pero no es éste el caso. Quien eso espere se habrá equivocado de historia, espoleado sin duda por el texto de la contraportada con la que la editorial ha querido confundir a los muchos adictos al género negro…

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