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miércoles. 01.02.2023
Laura Restrepo
Laura Restrepo

“El desierto murmura, las dunas cantan como ballenas o como flautas… o rugen como lobos… Siento que la arena me habla pero su mensaje es cruel como un último suspiro del tiempo. No es ninguna música de dunas, es el zumbido de los drones”.

Novela histórica, crónica de viaje, novela coral, crónica periodística, novela filosófica, poesía, realismo mágico, mitología, leyenda, novela superrealista… múltiples géneros y estilos se mezclan en esta obra cumbre de la escritora colombiana cuyo relato se desarrolla en las tierras que una vez formaron parte del reino de Saba: Etiopía, Yemen y la frontera somalí.

Zahra Bayda, médica y matrona somalí de Médicos sin Fronteras, se dedica en cuerpo y alma a atender a inmigrantes llegados de cualquier parte de África a los campamentos yemeníes. Campamentos que dejaron de ser lugares de paso para convertirse en prisiones y albañales permanentes de miseria. “Quienes llegan buscando refugio acaban atrapados en las alambradas”, dice Zahra Bayda. 

Allí conoce a Bos Mutas, joven escritor que, inspirado en el rey Salomón y en Tomás de Aquino, recorre el mundo en busca de la reina de Saba, una vez el santo le “revelara” que era aquélla un despertar del alma mística dual y visionara de rostro cornudo, símbolo de luz y clarividencia, señal de transformación y poderes extraordinarios: conjunción de dos reinos en uno, lo masculino y lo femenino, lo terreno y lo celestial.

Múltiples géneros y estilos se mezclan en esta obra cumbre de la escritora colombiana cuyo relato se desarrolla en las tierras que una vez formaron parte del reino de Saba

Durante un tiempo, la partera y el escritor emprenden la búsqueda por el desierto yemení de mujeres huidas de la violencia, la miseria, la guerra y la muerte. Hijas de Sheba, herederas de Pata de Cabra -la de pie torcido, hija de virgen, repudiada y enterrada viva-, son las descendientes de la reina de Saba, gallardas y esbeltas, las más bellas de la tierra, que saben arrancar con las uñas dignidad a la pobreza con su elegancia imperial, sus hijos de mirada adulta y la boca “con tanta dentadura y tanta hambre” (Borges).

Vienen de Eritrea, de Kenia, de Somalia, de Uganda, de Etiopía, salen de la nada y atraviesan el desierto sin dejar huella, “vestidas en brocado de oro con faralaes de perlas, azabaches y zafiros”, tal como las describió Flaubert, “envueltas en sedas tan sutiles como el aire… Aunque no tienen zapatos, hay un aire imperial en su forma de andar”. Encandiladas por el saber, entregan a los viajeros que encuentran papelitos de socorro a modo de mensajes en botellas echadas al mar. Consigo llevan la dignidad de las desposeídas, el poder femenino de su identidad, pero también la tradición de sangrientas dinastías y ancestrales odios.

Odio que sufrió en sus propias carnes Zahra Bayda, madre de una niña fruto de la violación grupal de un clan enemigo de su familia -uno de los peores estigmas que puede tener una mujer somalí-, razón por la que huyó de Somalia con su hija, para no tener que sufrir las penalidades impuestas a las mujeres obligadas a casarse, víctimas de continuas palizas y de la ablación y del clítoris o mandorla, origen del mundo, mito y secreto, víctima sacrificial y diosa coronada, el adentro de lo adentro, el corazón del diamante: la reina de Saba. 

Otro estigma que padecen las mujeres, sean somalíes, yemeníes, etíopes y de muchos otros países musulmanes, es quedarse preñadas sin marido, como era el caso de la muchacha embarazada que Zahra Bayda y Bos Mutas encontraron en el desierto. Su estado era lamentable, nadie le había ayudado en el parto, a punto de morir, desgarrada con dolores terribles a causa de la presión que el niño ejercía contra el útero para salir. El olor fétido de su podredumbre cuando el niño no puede nacer y lo infecta todo es también causa de repudio. Zahra Bayda logra que la muchacha dé a luz a una niña llamada Birihari: luz en lengua amhárica. 

Lucy celebra haberse puesto de pie y mirar a la lejanía para contemplar cómo miles de hombres y mujeres aún andan buscando una vida amable en el mundo

En su cumpleaños 3,5 millones, Lucy celebra haberse puesto de pie y mirar a la lejanía para contemplar cómo miles de hombres y mujeres aún andan buscando una vida amable en el mundo. “Contigo comienza el alma inmemorial de la raza humana cuya ciudad más bella, Sana’a, está a punto de desaparecer bajo los misiles y las bombas” (pp. 347-350). Lucy, ancestro de Eliana, violada por militares y policías; de Fátima, que perdió ahogadas en el Egeo a su madre y hermanas y ahora sobrevive con Huna, su hermano bebé en brazos. 

“No soy una mujer, soy un mundo, sólo tengo dejar caer mis ropas y descubrirás una sucesión de misterios” (Flaubert).

Zahra Bayda y Bos Mutas acudieron en ayuda de los supervivientes de un bombardeo occidental en un hospital de MSF ante la sospecha de atender a infiltrados de Al Qaeda. “Cuando te buscan personas heridas o enfermas no les preguntas de qué bando son”, piensa Bos Mutas. Ante la terrible tragedia de los cuerpos malheridos, mutilados, Bos Mutas pensaba: “lo mejor es dejarte llevar por el sueño y sentarte a escribir. El sueño y la escritura te transportan donde quieras… las muertes me husmeaban, sombras húmedas que se arrastraban hasta lamer mis pies… lo aterrador no eran ellas sino su dolor”. Durante horas estuvo recogiendo y enterrando cadáveres “bajo la lenta ternura lunar y el último beso del viento” (Pizarnik). Un territorio donde “los muertos podían reconciliarse con su propia muerte”. Los muertos ya no le eran ajenos. “Soñar es mi forma de estar y escribir es mi forma de hacer”. 

A los propios odios ancestrales que desde el inicio de los tiempos acontecen en el reino de Saba -la soledad, la niebla, el fanatismo, los estragos de sus guerras-, se suman los provocados -la peste, la sequía, el olvido, los bombardeos occidentales-… “porque cuanto sucede en el Yemen es el coletazo de un apocalipsis general”. Los Eurofighter Typhoon vendidos por España a Arabia Saudí causan desastres, pérdida de los astros o el vacío de las cuencas de los ojos de los niños yemeníes. Occidente no entiende que “es en lugares como éste donde se decide la disyuntiva global entre vida y muerte”.

Los Eurofighter Typhoon vendidos por España a Arabia Saudí causan desastres, pérdida de los astros o el vacío de las cuencas de los ojos de los niños yemeníes

La reina de Saba, también conocida como Pata de Cabra, es descendiente de la erudita dinastía femenina de los pedauques o ‘pata de ganso’ o ‘de cabra’, de origen prehistórico, caracterizada por sus mujeres inteligentes, cuyo equivalente masculino son los labdácidas, y Edipo su miembro más conocido. Dinastía que perdura en el tiempo con otros destacados integrantes como Frida Kahlo, cuya unión con Diego Rivera es la imagen de la paloma y el elefante, ella amante de las tetas de Diego, él del bigote de Frida, cuya cojera no es defecto sino signo de hermosura, estirpe, belleza y energía sexual. Por ello Salomón, rey de los judíos, pretende a Pata de Cabra, pues consolida el mito de la reina de Saba. Ávida lectora en varias lenguas, recibe del rey judío, poseedor de una magnífica biblioteca, un cofre con valiosos incunables que su madre desprecia.

Un buen día descubre la reina que su antigua aldea ha caído en manos de un matarife que sacrifica animales y personas inocentes. Por ello renuncia a quedarse en su aldea y forma un caravanserai en las afueras. “La caravana agota su significado en su mismo desplazamiento” (Álvaro Mutis). El matarife y La Doncella, unidos no por el amor “sino por el espanto” (Borges), han pactado acabar con la reina de Saba tendiéndole una trampa: encargarle a una nodriza la entrega a Pata de Cabra de un escarabajo de amatista con el lema “No tengas temor del universo”, que la reina había impreso como regalo para su hermana Alegría, quien, sin aquélla saberlo, había muerto a causa de una caída del caballo. Al encontrarse con la nodriza, la reina es degollada. Igual que todo mito, ésta revive como el descuartizado Osiris, Odín iluminado por el conocimiento o Proserpina ascendiendo cada primavera del Hades (pp. 333-346).

Al encuentro de Salomón, la reina de Saba atraviesa desiertos sacudidos por Is-Tiff o Malandro, joven viento rojo ladrón de niños que deben caminar con una mochila cargada de piedras para que el viento no los arrebate. 

A pesar de sus siete esposas, Salomón anhela a la reina, quien, a su vez, se tienta por sus riquezas y dominios a sabiendas de que podría optar a los mercados de Damasco, de Sión o de Tiro. Es experta hacedora de perfumes con cuatro componentes: el olíbano; la glándula almizclera del ciervo rojo, animal místico que sucumbe ante los encantos de la reina de Saba, aporta la nota de pasión, cuyo “bramido de sed y amor esparce por el aire el fértil caldo de feromonas que atrae y cautiva, cuyo llamado es hondo como el trueno lejano”. De su glándula, los alquimistas de Hadramaut extraen un espeso bálsamo de sabor amargo, conocido como almizcle; la black baccara o rosa esotérica, néctar pecaminoso e incluso venenoso, es el tercer componente de sus perfumes con el que Pata de Cabra da una gota luctuosa y gótica, al que añade pequeñas partículas muertas de su cuerpo, como un filo de una de sus uñas, la punta de un cabello, una gota de impureza cadavérica, fluidos corporales o escamas de su piel, átomos de carne en descomposición que insuflan vida. “No hay perfume verdadero si el perfumero que lo produce no se deja la piel en ello”. El perfume de la reina de Saba se compone de sustrato épico y poético que relata amoríos desesperados y sangre de viejas batallas, pizca de sensualidad y de pudrición, dulzura y perversión. Esparcido en pequeñas dosis por axilas, muñecas, entrepierna, cuello, el calor de la piel despierta su alma y la embriaguez se derrama (p. 303-305). 

El perfume de la reina de Saba se compone de sustrato épico y poético que relata amoríos desesperados y sangre de viejas batallas, pizca de sensualidad y de pudrición

“El ritual es aromático, hormonal: hay en esas estrofas arcaicas un vivo olor de seducción, sustancias afrodisíacas, secreciones. La leche que se derrama, la miel y la mirra que corren entre los dedos, el nardo que exhala un perfume que convoca. Penetrar a la amada es entrar a un jardín vallado, a una fuente sellada. El fruto del amado es dulce al paladar. Los besos embriagan más que el vino… La amada besa los pechos del amado. Hembra y macho se amalgaman en un solo ser… Con la misma gozosa ductilidad, los amantes se refunden en lo vegetal y se disuelven en el reino animal, ellos son los huertos y son las granadas; son a la vez ovejas y pastores; son el ciervo y son el monte, rozan lo divino sin dejar de ser humanos” (pp. 382-383).

El imperio de Saba acaba desvaneciéndose, Salomón, derrotado, sus esposas, fugitivas, sus concubinas languidecen en mazmorras. A pesar de su derrota, el rey proclama a su reina diosa coronada, reina de Saba, símbolo sagrado de luminosidad eterna. Inaugura el culto a la deidad femenina: Sheiba, gloria de Sheba; Asherah, madre ugarítica; Ishtar, prostituta venerable de Mesopotamia; Lucy Australopithecus, primerísima mujer; Temaxcaltechi, corazón de la tierra; Kukulkán, serpiente emplumada; Bachué, la que emerge cada madrugada de la laguna.

Este encuentro milagroso sucedido mil años antes del Cantar de los Cantares lo conocemos porque está escrito en este cantar

Con el fin de su reinado, Salomón descubre el gusto por lo otro, las lenguas desconocidas. Se ve a sí mismo en lo distinto, come flores, conversa con los pájaros, en cuyos trinos distingue cuatro tonalidades. Monta una fastuosa ceremonia para desposarse simbólicamente con Pata de Cabra, lo que enardece a los patriarcas ante la invasión de hembras solicitantes con los pechos al aire meneando el trasero con hordas de niños negros, mulatos, amarillos, morenos, rojos que no paran de chillar y alborotar. Salomón es juzgado y destronado, despojado de sus bienes y arrojado fuera de la muralla.

Pata de Cabra cruza la oscuridad en busca de su rey azul y pudo llegar “porque siempre acabamos llegando a donde nos esperan” (Saramago). “El encuentro con el otro es un enigma, una incógnita, un misterio” (Kapúscinsky). Ambos, Pata de Cabra y Salomón se encuentran, convertidos en la primera y última reina, ella, transformada en pastora, él, en rey, único amante y postrero, transformado en mago y mendigo. Amor cortesano entre reyes, su elegante cortejo en la distancia alcanza la plena erotización de los cuerpos y el arrobamiento de los sentidos si ambos se convierten en pastores. Todo sucede vertiginosamente y a la vez con la lentitud de las estrellas (380). 

Este encuentro milagroso sucedido mil años antes del Cantar de los Cantares lo conocemos porque está escrito en este cantar, “ese delirio erótico de cadencia ambigua, fastuosa y mágica, testimonio de aquella noche de noches que se prolonga a lo largo de los siglos… celebración plena y gozosa del acto de amar, convertido en única verdad infinita” (381)

“El único sonido en el Cantar es la música callada, la soledad sonora de las que hablara Juan, o quizá también Chopin al componer sus Nocturnos, que todavía no existían, pero que ya desde entonces venían en camino” (p. 382).

Canción de antiguos amantes, de Laura Restrepo