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Jaime Polo | @lovacaine
En el cine español, los cortos suelen ser el sitio donde se prueba lo que los largometrajes no se atreven. Una cabeza en la pared (2024), de Manuel Manrique, es uno de esos casos. Veinte minutos que han recorrido el pais dejandome totalmente descolocado.
La historia es directa: tres años después de que España aboliera la tauromaquia, Rafael Jesús (Nacho Sánchez en estado de gracia) ya no puede ser la figura del toreo para la que lo entrenaron desde crío. El mundo ha decidido que la sangre en la plaza ya no toca, y él vaga por una ciudad que ha borrado todo rastro taurino como si nunca hubiera existido. Intenta encajar, reinventarse, pero cada intento lo empuja más lejos de la arena… y más cerca de la sangre. La suya propia, la que late dentro y que ya no sabe dónde derramar.
Manrique, que además de director es psicólogo, no hace un alegato taurino ni un manifiesto antitaurino. Eso sería fácil y aburrido. Lo que hace es mirar de cerca lo que pasa cuando una sociedad declara obsoleta una profesión entera y deja a sus practicantes sin manual de instrucciones para el después. ¿Cómo se despide uno de una identidad que te han metido con calzador desde pequeño? ¿Qué haces con la rabia cuando el enemigo no es un toro, sino un cambio cultural que te ha convertido en fósil viviente? El corto no responde; observa. Y observa muy bien.
En el fondo, Una cabeza en la pared habla de algo más grande que los toros: de cómo el progreso a veces avanza pisando gargantas sin mirar atrás. De oficios extinguidos, de masculinidades en crisis, de duelo por lo que fue y ya no puede ser. En un país donde seguimos debatiendo tradición vs. modernidad con la misma pasión de siempre, este corto llega en el momento justo para recordarnos que detrás de cada “prohibido” hay personas que se quedan sin guión.
No es un panfleto. Es un cine incómodo, bien hecho y con mala leche justa.
Disponible en Movistar Plus+ y circulando en ciclos y plataformas. Si no lo has visto, ponle remedio. Y si lo has visto, probablemente ya estés debatiendo con alguien.
Porque así somos en España.



