miércoles. 24.07.2024
feria libro 2022

La Feria del Libro de Madrid es uno de mis momentos mágicos del año. Desde que recuerdo, en mi familia era cita fija -normalmente al menos dos días-; largos paseos de caseta en caseta viendo portadas, prefigurando historias, oliendo a papel nuevo y sopesando los ahorros para calcular cuánto ceder al deslumbramiento antes de seguir el plan trazado de antemano. La mañana o la tarde solían terminar con una visita a la mejor horchatería de Madrid, Alboraya, para apaciguar el calor o resistir preludiando la lluvia frente a una leche merengada, un agua de cebada helada o una copa de horchata raspando de fondo el paladar. Sigue siendo una de esas liturgias familiares que se convierten en legado; la memoria de la alegría también necesita hitos y cartografía.

La FLM es también un lugar extraño. Allí vi al poeta Ángel González muy solo, en una caseta, rodeado de filas de lectores que buscaban la firma de otros, no siempre habituales en el oficio de escribir. Disfruté de veinte minutos hablando de poesía y de literatura con uno de mis escritores favoritos, sin poder desasirme de la impresión de que la marabunta rompería ese momento brujo en algún momento, porque quien ha escrito poemas como “La luz a ti debida”, dialogando a través del tiempo con Salinas y Garcilaso, no puede verse solo en una caseta. Y sin embargo la feria es también muchas cosas que no son literatura y que ni siquiera son arte pero están en un libro, y eso está bien. El libro no es ni más ni menos que el mapa y los viajes son muy diversos.

Durante los últimos tres años he reflexionado a menudo sobre el oficio de escribir y sobre la imagen de este trabajo que se tiene desde fuera en general. Cuando una escribe y piensa en buscar editorial aún no sabe, aunque sospecha, la medida de la pared vertical que se propone escalar. Si se tiene suerte, como es mi caso, al menos el primer libro llega de forma inesperada y la alegría es un espejismo que llena de niebla el camino incierto, cambiante y desconocido de los siguientes pasos. Lo que una no sospecha es hasta qué punto va a depender de sus propias fuerzas para vender ese libro. De la noche a la mañana se espera de ti, aunque esto no siempre se verbaliza, que te conviertas en comercial de tu literatura y de ti misma: que te prodigues en redes sociales y sometas los algoritmos; que encuentres librerías en donde, a pesar de no conocerte, te abran las puertas para hacer presentaciones; que logres meter tu libro en clubs de lectura; que consigas escribir en un medio de comunicación para que tu nombre suene (no se sabe dónde, ni para quién y no hay manera de saber a cuántos quiénes llega este eco de sirena); que logres participar en encuentros, lecturas públicas, recitales, rutas literarias; que elijan tu libro como lectura en un colegio. Todo en el primer año. La novedad manda. Las epopeyas tienen fecha de caducidad.

Las grandes editoriales tienden a ir a lo seguro, supongo; publican libros de personas con proyección mediática de algún tipo, que saben que venderán a espuertas. Eso no les resta calidad; hay muchos prejuicios con los best seller y es otra forma de elitismo rancio y miope. Las editoriales independientes, pequeñas en general pero frecuentemente con un catálogo muy interesante, necesitan equilibrar el número de apuestas arriesgadas y sin embargo significativas en su economía con libros más seguros.

La vida y la creación no siempre se llevan bien, además. Me atrevo a decir que muy pocos autores se dedican a escribir como oficio principal, de forma que un trabajo de ocho horas -en el mejor de los casos-, los desplazamientos, las tareas de la casa y el cuidado de los otros compiten con la escritura en tiempo, en espacio mental, en fuerzas, que tienden a flaquear al final de un día que se alarga mientras una ve cómo las agujas del reloj se acercan a la hora marcada en el despertador. Así que las notas de voz, las notas escritas, los apuntes rápidos de ideas, conexiones y bosquejos se acumulan en la memoria del móvil, en la libreta que se guarda como una Ítaca en el bolso, en papelitos en una corchera-isla en la pared de un rincón. Amamos el viaje y, a pesar de la marejada, seguimos navegando.

Por eso les voy a pedir que estos días de Feria del Libro de Madrid, mientras van ustedes brújula en mano buscando la caseta en que firman Fulanito o Menganita, que admiran desde siempre o desde hace poco, y que disfrutan merecidamente de una silla en una caseta bien situada de una gran editorial, se paren a mirar a las autoras y los autores de otras casetas, les pregunten en alguna ocasión por sus libros, y que se dejen sorprender y deslumbrar, que sean arriesgados, que compren un libro desconocido. Qué hubiera sido de Odiseo sin las aventuras.

Brújula y aventuras en la FLM