martes. 05.03.2024
FERIA_LIBRO
Feria del libro. (Imagen de archivo).
Cassirer define certeramente al ser humano como un animal simbólico, para destacar que va construyendo su propio universo cultural mediante su portentosa creatividad. Quizá conviniera rescatar esta dimensión eclipsada por el imperio del simulacro de una política que no merece tal nombre y una hegemonía económica que ha reemplazado a los dogmas religiosos. 

Para la mentalidad mercantil el ámbito cultural solo supone una inversión cuando las obras de arte son subastadas a precios astronómicos o cabe hacer algún tipo de negocio como desgravar impuestos con fundaciones culturales que deben ser bienvenidas en cualquier caso. Ciertas políticas de pacotilla ven la cultura como mero adorno que debe tolerarse a regañadientes y bajo una estricta vigilancia porque considera su influjo potencialmente contrario a sus intereses. 

La cultura sin embargo es la mejor argamasa de nuestras comunidades. Vivimos en sociedad gracias a los fenómenos culturales y su ausencia denota una grave ruptura del pacto social. Asistencia, educación y sanidad son los tres pilares básicos de un Estado democrático. Pero su clave de bóveda es la cultura. Promoverla en cualquiera de sus facetas y facilitar el acceso a los bienes culturales, constituye una tarea primordial de quienes gestionan la esfera pública. Siempre que respeten a la ciudadanía y no se propongan tutelarlos paternalmente, instrumentalizándola para fines particulares. 

Una ciudadanía culta es más difícil de manejar con subterfugios y consignas infantiloides

Una ciudadanía culta es más difícil de manejar con subterfugios y consignas infantiloides. La RAE define a la cultura en una de sus acepciones como “el conjunto de conocimientos que permiten desarrollar el espíritu crítico”. Sin esta capacidad para cribar los datos y discernir el grano de la paja, prolifera la desinformación y los hechos ficticios reemplazan a las evidencias bien contrastadas. Prescindir del discernimiento no hace víctimas de la propaganda demagógica. Los bienes culturales nos alimentan de símbolos y son imprescindibles para configurar nuestra sensibilidad estética e incluso nuestro carácter ético, al abonar las raíces de nuestras costumbres.

El Diccionario de la RAE también recoge una definición más extensa, describiendo a la cultura como el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grados de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etcétera”. Esto último no es corriente, pero el etcétera indica que la lista de rasgos concebidos para trazar un retrato fidedigno es prácticamente inabarcable. En realidad, no tenemos o pertenecemos a una determinada cultura, sino que somos cultura de uno u otro modo. Renunciar a la cultura es tanto como no reconocer nuestra humanidad. Buena parte de nuestro bienestar se cifra en no menospreciar su radical importancia 

Nuestra vida erótico-afectiva, profesional o familiar seguirá rumbos muy distintos en función de los bienes culturales que pueda disfrutar con una u otra intensidad. La incultura genera malestar social y auspicia el conflicto político. Aunque no sea una solución mágica, deberíamos reflexionar si el papel de la cultura debe ser estelar o meramente decorativo. Primar la cultura podría contribuir a que nuestro disfrute no precisara tanto del endeudamiento económico y el malvivir para pagar las facturas. Demanda otro estilo de vida. Un contrato social con otras prioridades y valores. Cultivemos el huerto de nuestro ánimo y nuestra mente para que puedan germinar en ellos los frutos culturales. 

El bienestar de la cultura